jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 12

LA MAGIA ES PODER

Mientras agosto se agotaba, la plaza de desaliñado césped en medio de Grimmauld Place se marchitó al sol hasta quedar quebradiza y marrón. Los habitantes del número doce nunca eran vistos por ninguno de los ocupantes de las casas circundantes, ni tampoco el número doce en sí mismo. Los muggles que vivían en Grimmauld Place hacía mucho que habían aceptado el divertido error en la numeración que había causado que el número once se asentara junto al número trece.
Y aún así la plaza atraía ahora a todo un flujo de visitantes que parecían encontrar esta anormalidad de lo más intrigante. Apenas transcurría un día sin que una o dos personas llegaran a Grimmauld Place sin otro propósito, o al menos así lo parecía, que el de apoyarse contra el pasamanos de cara a los números once y trece, observando la unión entre las dos casas. Los acechadores nunca eran los mismos dos días seguidos, aunque todos parecían compartir cierto desagrado por la ropa normal. La mayoría de los londinenses que pasaban junto a ellos vestían de forma excéntrica y tomaban poca nota, aunque ocasionalmente uno de ellos podía mirar atrás, preguntándose por qué todo el mundo llevaba capas tan largas con este calor.
Los observadores parecían obtener poca satisfacción de su vigilia. Ocasionalmente uno de ellos se inclinaba hacia adelante excitado, como si hubiera visto algo interesante al fin, sólo para volver a caer hacia atrás, con aspecto decepcionado.
El primer día de septiembre había más gente que nunca acechando en la plaza. Media docena de hombres con capas largas estaban de pie silenciosos y vigilantes, mirando como siempre hacia las casas once y trece, pero lo que fuera que estuvieran esperando al parecer seguía eludiéndoles. Cuando cayó la noche, trayendo una inesperada bocanada de lluvia fría por primera vez en semanas, tuvo lugar uno de esos inexplicables momentos en los que parecían haber visto algo interesante.
El hombre de la retorcida cara puntiaguda y su compañero más cercano, un hombre rechoncho y pálido, se echaron hacia adelante, pero un momento después se habían relajado a su anterior estado de inactividad, pareciendo frustrados y decepcionados.
Entretanto, dentro del número doce, Harry acababa de entrar en el vestíbulo. Casi había perdido el equilibrio al Aparecerse sobre el escalón más alto justo fuera de la puerta principal, y gracias a eso, los mortífagos pudieron haber captado un vistazo de su codo momentáneamente expuesto. Cerrando la puerta cuidadosamente tras él, se quitó la Capa de Invisibilidad, colgándosela del brazo, y se apresuró a lo largo del sombrío pasillo hacia la puerta que conducía al sótano, con un ejemplar robado del El Profeta aferrado en la mano.
El acostumbrado susurro de "Severus Snape" le saludó, un viento frío le azotó, y su lengua se enrolló por un momento.
—Yo no te maté —dijo. Al instante su lengua se había desenrollado, después contuvo el aliento mientras la polvorienta figura del maleficio explotaba. Esperó hasta estar a mitad de la escalera que llevaba a la cocina, fuera del alcance del oído de la señora Black y de la nube de polvo, antes de gritar:
—Tengo noticias, y no os gustarán.
La cocina estaba casi irreconocible. Ahora cada superficie estaba pulida. Ollas de cobre y sartenes habían sido bruñidas hasta darles un brillo rosado; la superficie de madera de la mesa brillaba; las copas y platos ya estaba preparados para la cena destellando a la luz de un fuego que ardía alegremente, y sobre éste hervía un caldero. Nada en la habitación, sin embargo, estaba más dramáticamente cambiado que el elfo doméstico que se acercó apresuradamente hasta Harry, vestido con una esponjosa toalla blanca, el pelo de sus orejas tan limpio y sedoso como algodón, y el guardapelo de Regulus rebotando contra su delgado pecho.
—Zapatos fuera, por favor, Amo Harry, y manos limpias antes de cenar —graznó Kreacher, cogiendo la Capa de Invisibilidad y colgándola de un gancho en la pared, junto a un buen número de capas pasadas de moda que habían sido recientemente lavadas.
—¿Qué pasa? —preguntó Ron aprensivamente. Hermione y él habían estado estudiando una larga lista de notas manuscritas y mapas hechos a mano que se apilaban descuidadamente al final de larga mesa de la cocina, pero ahora observaron a Harry mientras éste se acercaba a ellos y tiraba el periódico sobre los pergaminos esparcidos por todas partes.Una gran foto de un hombre moreno muy familiar de nariz ganchuda les miraba a todos. Debajo un titular decía:

SEVERUS SNAPE CONFIRMADO COMO DIRECTOR DE HOGWARTS

—¡No! —dijeron Ron y Hermione ruidosamente.
Hermione fue la más rápida; agarró el periódico y empezó a leer la historia que acompañaba a la foto en voz alta.

—"Severus Snape, durante largo tiempo Profesor de Pociones del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, ha sido hoy designado director en el más importante de los muchos cambios de personal del antiguo colegio. Tras de la renuncia de la anterior profesora de Estudios Muggles, Alecto Carrow ocupará el puesto, mientras su hermano, Amycus, ocupará el cargo de Profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. »"Doy la bienvenida a la oportunidad de defender nuestra más fina cultura mágica y sus valores..." ¡Como cometer asesinatos y cortar las orejas a la gente, supongo! ¡Snape director! Snape en el estudio de Dumbledore... ¡Por los pantalones de Merlín! —chilló, haciendo que Harry y Ron saltaran. Se puso de pie de un salto y salió corriendo de habitación, gritando mientras lo hacía—. ¡Vuelvo en un minuto!
—¿Por los pantalones de Merlín? —repitió Ron, que parecía divertido—. Debe estar realmente cabreada —Empujó el periódico hacia él y estudió el artículo sobre Snape.
—Los demás profesores no apoyarán esto. McGonagall y Flitwick y Sprout, todos saben la verdad, saben cómo murió Dumbledore. No aceptarán a Snape como director. ¿Y quienes son esos Carrows?
—Mortífagos —dijo Harry—. Hay fotos de ellos dentro. Estaban en lo alto de la torre cuando Snape mató a Dumbledore, así que todos son muy amiguitos. Y —siguió Harry con amargura, acercando una silla—, no veo cómo los demás profesores van a tener algo que decir al respecto. Si el Ministerio y Voldemort están tras Snape, será una elección entre quedarse y enseñar, o unos agradables añitos en Azkaban... y eso si tienen suerte. Apuesto a que se quedarán e intentarán proteger a los estudiantes.
Kreacher se acercó apresuradamente a la mesa con una gran sopera en las manos, y sirvió la sopa en inmaculados cuencos, silbando entre dientes mientras lo hacía.
—Gracias, Kreacher —dijo Harry, pasando las páginas de El Profeta para no tener que ver la cara de Snape—. Bueno, al menos ahora sabemos donde está Snape exactamente.
Empezó a llevarse la cuchara de sopa a la boca. La calidad de la comida de Kreacher se había incrementado dramáticamente desde que le habían dado el guardapelo de Regulus. Hoy las cebollas francesas estaban más buenas de lo que Harry nunca hubiera saboreado.
—Todavía hay un montón de mortífagos vigilando la casa —dijo a Ron mientras comía—, más de lo normal. Es como si estuvieran esperando a que saliéramos con nuestros baúles y nos dirigiéramos al Expreso de Hogwarts.
Ron miró su reloj.
—He estado pensando en eso todo el día. Partió hace casi seis horas. Es raro no estar en él, ¿verdad?
En su imaginación a Harry le pareció ver la máquina de vapor escarlata a la que Ron y él habían seguido una vez por el aire, reluciendo entre campos y colinas, con el retumbar de la locomotora escarlata. Estaba seguro de que Ginny, Neville y Luna estaban sentados juntos en este momento, quizás preguntándose donde estaban Ron, Hermione y él, o debatiendo muevas formas de minar el nuevo régimen de Snape.
—Casi me vieron volver ahora mismo —dijo Harry—. Aterricé de mala manera sobre el escalón más alto y la Capa resbaló.
—A mí me pasa a cada rato. Oh, aquí está —añadió Ron, girándose en su asiento para ver como Hermione volvía a entrar en la cocina—. ¿Y de qué, en nombre de los pantalones más desgastados de Merlín, va todo esto?
—Recordé esto —jadeó Hermione.
Llevaba una gran pintura enmarcada, que bajó al suelo antes de agarrar su pequeño bolso de cuentas del mostrador de la cocina. Abriéndolo, procedió a meter dentro a la fuerza la pintura, y a pesar del hecho de que resultaba patente que ésta era demasiado grande para caber dentro del diminuto bolso, en unos segundos se había desvanecido, como todo lo demás, en la espaciosa profundidad del bolso.
—Phineas Nigellus —explicó Hermione mientras tiraba el bolso sobre la mesa de la cocina con su usual sonoridad de choques y rechinamientos.
—¿Perdona? —dijo Ron, pero Harry lo entendió. La imagen pintada de Phineas Nigellus Black podía viajar entre su retrato en Grimmauld Place y el que colgaba del despacho del director en Hogwarts, en la habitación circular en lo alto de la torre donde sin duda Snape estaba sentado ahora mismo, en triunfante posesión de la colección de delicados y plateados instrumentos mágicos de Dumbledore, el Pensadero, el Sombrero Seleccionador, y a menos que hubiera sido trasladada a algún otro sitio, la espada de Gryffindor.
—Snape podría enviar a Phineas Nigellus a mirar dentro de la casa por él —explicó Hermione a Ron mientras volvía a su asiento—. Dejemos que lo intente ahora, todo lo que Phineas Nigellus podrá ver es el interior de mi bolso.
—¡Bien pensado! —dijo Ron, que parecía impresionado.
—Gracias —sonrió Hermione, acercando su sopa—. Entonces, Harry, ¿qué más ha pasado hoy?
—Nada —dijo Harry—. Vigilé la entrada del Ministerio durante siete horas. Ni rastro de ella. Sin embargo vi a tu padre, Ron. Parecía estar bien.
Ron asintió, apreciando esta noticia. Habían estado de acuerdo en que era demasiado peligroso intentar comunicarse con el señor Weasley mientras entraba y salía del Ministerio, porque siempre estaba rodeado por otros trabajadores del Ministerio. Sin embargo era tranquilizador verle de tanto en tanto, aunque pareciera agotado y ansioso.
—Papá siempre nos decía que la gente del Ministerio utiliza la Red Flu para ir a trabajar —dijo Ron—. Por eso no hemos visto a Umbridge, nunca camina, cree que es demasiado importante como para eso.
—¿Y que hay de esa curiosa vieja bruja y el pequeño mago de la túnica azul marina? —preguntó Hermione.
—Oh, si, el tipo de Mantenimiento Mágico.
—¿Cómo? —preguntó Hermione, con la cuchara suspendida en medio del aire.
—Papá dice que todos los de Mantenimiento Mágico llevan túnicas azul marinas.
—¡Pero nunca nos habías dicho eso!
Hermione dejó caer la cuchara y empujó hacia ella la hoja de notas y mapas que ella y Ron habían estado examinando cuando Harry había entrado en la cocina.
—No hay nada aquí sobre túnicas azul marino, ¡nada! —dijo, pasando fervientemente las páginas.
—Bueno, ¿importa realmente?
—Ron, ¡todo importa! Si vamos a entrar en el Ministerio sin que nos cojan cuando deben estar a la búsqueda de intrusos, ¡cada pequeño detalle importa! Hemos estado repasando esto una y otra vez, quiero decir, ¿de qué sirven todas estas salidas de reconocimiento si no te molestas en contarnos...?
—Caray, Hermione, olvidé una cosita...
—Lo comprendes, ¿verdad?, que ahora mismo probablemente no haya lugar más peligroso en el mundo entero para nosotros que el Ministerio de....
—Creo que deberíamos hacerlo mañana —dijo Harry.
Hermione se quedó congelada, con la mandíbula colgando. Ron se atragantó un poco con su sopa.
—¿Mañana? —repitió Hermione—. ¿Hablas en serio, Harry?
—Solo digo —dijo Harry— que no creo que vayamos a estar mucho mejor preparados de lo que estamos ahora si rondamos por la entrada del Ministerio un mes más. Cuando más lo alarguemos más lejos podría estar el guardapelo. Ya hay muchas posibilidades de que Umbridge lo haya tirado a la basura, esa cosa no se abre.
—A menos —dijo Ron—, que encontrara una forma de abrirlo y ahora esté poseída.
—No habría ninguna diferencia en su caso, ya era malvada para empezar. —Harry se encogió de hombros.
Hermione se estaba mordiendo el labio, profundamente pensativa.
—Sabemos todo lo importante —siguió Harry, dirigiéndose a Hermione—. Sabemos que han acabado con las Apariciones y Desapariciones dentro del Ministerio. Sabemos que ahora solo a algunos de los miembros de mayor antigüedad del Ministerio se les permite conectar sus casas con la Red Flu, porque Ron oyó a esos Innombrables quejarse de ello. Y sabemos más o menos dónde está la oficina de Umbridge porque tú oíste a ese tipo barbudo contárselo a su compañero...
—“Subo al primer piso, Dolores quiere verme” —recitó Hermione inmediatamente.
—Exactamente —dijo Harry—. Y sabemos que acostumbran a utilizar esas curiosas monedas, o esas señales, o lo que sean, porque yo vi a esa bruja pedirle prestada una a su amiga...
—¡Pero no tenemos ninguna!
—Si el plan funciona, la tendremos —continuó Harry serenamente.
—No sé, Harry, no sé... Hay un enorme montón de cosas que podrían ir mal y tantas oportunidades de...
—Eso será igual de cierto si pasamos otros tres meses preparándonos —dijo Harry—. Es hora de actuar.
Podía ver, por las caras de Hermione y Ron, que estaban asustados; él mismo no se sentía particularmente confiado tampoco, aunque estaba seguro de que éste era el momento de poner en funcionamiento su plan.
Habían pasado las últimas cuatro semanas haciendo turnos con la Capa de Invisibilidad y espiando la entrada oficial de Ministerio, que Ron, gracias al señor Weasley, conocía desde la niñez. Habían seguido a trabajadores del Ministerio, oído a hurtadillas sus conversaciones, y aprendido por medio de cuidadosa observación cuales de ellos solían aparecer, solos, a la misma hora cada día. Ocasionalmente habían tenido oportunidad de escamotear un ejemplar de El Profeta del maletín de alguien. Lentamente habían elaborado los mapas y notas que ahora se apilaban delante de Hermione.
—De acuerdo —dijo Ron lentamente— digamos que lo hacemos mañana... Creo que deberíamos ser sólo Harry y yo.
—¡No empieces otra vez con eso! —suspiró Hermione—. Creía que ya lo habíamos aclarado.
—Una cosa es rondar por las entradas bajo la Capa, pero esto es diferente, Hermione —Ron pinchó con un dedo la copia de El Profeta fechada diez días atrás—. ¡Estás en la lista de nacidos muggles que no se presentaron al interrogatorio!
—¡Y se supone que tú estás muriéndote de granulosis en la Madriguera! Si hay alguien que no debería ir, ese es Harry, ofrecen una recompensa de diez mil galeones por su cabeza...
—Vale, me quedaré aquí —dijo Harry—. ¿Me lo haréis saber si derrotáis a Voldemort, verdad?
Mientras Ron y Hermione reían, el dolor se disparó en la cicatriz de la frente de Harry. Su mano saltó hacia ella. Vio los ojos de Hermione entrecerrarse, e intentó disimular el movimiento apartándose el pelo de los ojos.
—Bueno, si vamos a ir los tres tendremos que Desaparecer por separado —estaba diciendo Ron—. Ya no cabemos todos bajo la capa.
La cicatriz le estaba doliendo más cada vez. Se puso de pie. Al instante, Kreacher se adelantó.
—El Amo no ha terminado su sopa. ¿Preferiría el Amo un sabroso guiso, o algo de la tarta de melaza que al Amo le gusta tanto?
—Gracias, Kreacher, pero volveré en un minuto... er... voy al baño.
Consciente de que Hermione le estaba mirando suspicazmente, Harry se apresuró escaleras arriba hacia el vestíbulo y después al primer piso, donde se metió en el baño y cerró la puerta con cerrojo otra vez. Gruñendo de dolor, se derrumbó sobre la bañera negra con las patas en forma de serpientes con las bocas abiertas, y cerró los ojos...
Se deslizaba por una calle grisácea. Los edificios a ambos lados de él eran altos y de madera; parecían casas de jengibre.
Se aproximó a uno de ellos, entonces vio la blancura de su mano de dedos largos contra la puerta. Llamó. Sentía una gran excitación...
La puerta se abrió. Una mujer sonriente estaba allí de pie. Su cara se quedó blanca cuando miró a la cara de Harry; el humor desapareció reemplazado por terror.
—¿Gregorovitch? —dijo una voz alta y fría.
Ella sacudió la cabeza. Estaba intentando cerrar la puerta. Una mano blanca la sujetaba, evitando que la cerrara.
—Quiero a Gregorovitch.
—¡Er wohnt hier nicht mehr! —gritó ella, sacudiendo la cabeza—. ¡No vive aquí! ¡No vive aquí! ¡No le conozco!
Abandonando el intento de cerrar la puerta, empezó a retroceder por el vestíbulo oscuro, y Harry la siguió enseguida, y su mano de dedos largos sacó la varita.
—¿Dónde está?
—¡Das weiß ich nicht! ¡Se mudó! ¡No lo sé, no lo sé!
Él alzó la varita. Ella gritó. Dos niños pequeños llegaron corriendo al vestíbulo. Ella intentó escudarlos con sus brazos. Se produjo un destello de luz verde...
—¡Harry! ¡HARRY!
Abrió los ojos; estaba tirado en el suelo. Hermione estaba aporreando de nuevo la puerta.
—¡Harry, abre!
Había gritado, lo sabía. Consiguió levantarse y abrió la puerta. Hermione cayó dentro al instante, recuperó el equilibrio, y miró alrededor suspicazmente. Ron estaba justo tras ella, con aspecto nervioso mientras apuntaba su varita a las esquinas del frío baño.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Hermione severamente.
—¿Tú qué crees que estaba haciendo? —preguntó Harry en una débil bravata.
—¡Estabas gritando a pleno pulmón! —dijo Ron.
—Oh, si... debo haberme quedado dormido o...
—Harry, por favor, no insultes nuestra inteligencia, —dijo Hermione, tomando aire profundamente—. Sabemos que abajo te dolía la cicatriz, y estás blanco como una sábana.
Harry se sentó en el borde de la bañera.
—Bueno, acabo de ver a Voldemort asesinar a una mujer. En estos momentos probablemente ya haya matado a toda su familia. Y no tenía necesidad. Fue como lo de Cedric otra vez, estaban sólo...
—Harry, ¡se supone que no ibas a dejar que esto volviera a ocurrir! —gritó Hermione, su voz resonó a través del baño—. ¡Dumbledore quería que usaras la Oclumancia! Creía que la conexión era peligrosa… ¡Voldemort puede usarla, Harry! ¿Qué tiene de bueno observarlo matar y torturar, cómo puede ayudar?
—Porque así sé qué está haciendo —dijo Harry.
—¿Así que no vas ni siquiera a intentar cerrarla?
—Hermione, no puedo. Tú sabes que soy malísimo en Oclumancia, nunca le he cogido el truco.
—¡Nunca lo has intentado realmente! —dijo Hermione amargamente—. No consigo entender que te guste tener esta conexión especial o relación o… lo que sea…
Hermione vaciló ante la mirada que le echó él mientras se levantaba.
—¿Gustarme? —dijo en voz baja—. ¿A ti te gustaría?
—Yo… no… lo siento, Harry, no quería decir…
—Lo odio, odio el hecho de que pueda estar dentro de mí, de tener que verle cuando es más peligroso. Pero voy a utilizarlo.
—Dumbledore…
—Olvídate de Dumbledore. Ésta es mi elección, de nadie más. Quiero saber por qué va tras Gregorovitch.
—¿Quién?
—Es un fabricante de varitas extranjero —dijo Harry—. Hizo la varita de Krum y él dice que es el mejor.
—Pero según tú —dijo Ron—, Voldemort ya tiene a Ollivander encerrado en algún lugar. ¿Si ya tiene un fabricante de varitas, para qué necesita otro?
—Tal vez coincide con Krum, tal vez piensa que Gregorovitch es el mejor... o quizás piensa que Gregorovitch podrá explicar lo que hizo mi varita cuando me estaba persiguiendo, porque Ollivander no lo sabe.
Harry echó un vistazo al rajado y polvoriento espejo y vio a Ron y Hermione intercambiar miradas escépticas a su espalda.
—Harry, tú sigues hablando de lo que hizo tu varita —dijo Hermione—, ¡pero fuiste tú quien lo hizo! ¿Por qué estás tan decidido a no asumir la responsabilidad de tu propio poder?
—¡Porque sé que no fui yo! ¡Y Voldemort también lo sabe, Hermione! ¡Los dos sabemos lo que pasó en realidad!
Le miraron furiosos. Harry sabía que no había convencido a Hermione y que ésta estaba preparando argumentos para contraatacar, tanto contra su teoría sobre su varita como sobre el hecho de que estuviera permitiéndose entrar en la mente de Voldemort. Para su alivio, Ron intervino.
—Déjalo —la aconsejó—. Es su decisión. Y si vamos a ir mañana al Ministerio, ¿no crees que deberíamos repasar el plan?
De mala gana, lo que fue evidente para los otros dos, Hermione dejó estar el tema, aunque Harry estaba bastante seguro de que atacaría de nuevo a la primera oportunidad. Mientras tanto, regresaron a la cocina del sótano, donde Kreacher les sirvió estofado y tarta de melaza.
No se acostaron hasta bastante tarde esa noche, después de pasar horas repasando el plan hasta que cada uno pudo recitárselo a los demás al dedillo. Harry, que ahora dormía en el dormitorio de Sirius, estuvo tendido en la cama a la luz de su varita contemplando la vieja foto de su padre, sirius, Lupin y Pettigrew, y murmurando el plan para sí durante otros diez minutos. Cuando se extinguió la luz de su varita, sin embargo, no pensó en Pociones Multijugos, Pastillas Vomitivas, o en las túnicas azul marino de los de Mantenimiento Mágico, sino en el fabricante de varitas Gregorovitch, y en cuánto tiempo podría permanecer escondido cuando Voldemort empezara a buscarlo en serio.
El amanecer pareció seguir a la medianoche con indecente velocidad.
—Se te ve fatal —le saludó Ron cuando entró en la habitación a despertarle.
—No durará mucho —dijo Harry, bostezando.
Encontraron a Hermione abajo, en la cocina. Kreacher le estaba sirviendo café y bollos calientes, y tenía esa expresión levemente maníaca que Harry asociaba con los exámenes.
—Túnicas —masculló, advirtiendo su presencia con una inclinación de cabeza nerviosa, mientras seguía hurgando en su bolso bordado—. Poción Multijugos… Capa de Invisibilidad… Detonadores Trampa… deberíais llevar un par cada uno por si acaso… Pastillas Vomitivas, Turrón Hemorragia Nasal, Orejas Extensibles...
Se bebieron de un trago el desayuno y se fueron arriba, mientras Kreacher les hacía reverencias y les prometía tener un pastel de carne y riñones preparado para cuando regresaran.
—Bendito sea —dijo Ron cariñosamente—, y pensar que solía fantasear con cortarle la cabeza y clavarla en la pared.
Se abrieron paso hasta el primer escalón con una precaución inmensa. Podían ver a un par de mortífagos con los ojos como platos mirando hacia la casa desde el otro lado de la nebulosa plaza.
Hermione Desapareció primero con Ron, luego volvió a por Harry.
Después de la breve y habitual adaptación a la oscuridad y la desorientación tras el hechizo, Harry se encontró en el diminuto callejón en el que habían programado que tuviera lugar la primera fase del plan. Estaba desierto, salvo por un par de contenedores de basura grandes. Los primeros trabajadores del Ministerio no aparecían generalmente por allí hasta al menos las ocho.
—Todo bien —dijo Hermione, verificando su reloj—. Debería estar aquí en aproximadamente cinco minutos. Cuando la haya dejado sin sentido…
—Hermione, lo sabemos —dijo Ron severamente—. ¿Y quién se supone que iba a abrir la puerta antes de que llegue?
Hermione chilló.
—¡Casi se me olvida! Quedaos atrás…
Apuntó con su varita a la salida de incendios cerrada con candado y llena de pintadas que había junto a ellos, que se abrió con un estallido. El oscuro corredor desembocaba, como sabían gracias a su cuidadoso reconocimiento previo, en un teatro vacío. Hermione tiró de la puerta hacia ella, de forma que pareciera que todavía estaba cerrada.
—Y ahora —dijo, volviendo a mirar a los otros dos en el callejón—, nos ponemos la capa otra vez…
—… y esperamos —terminó Ron, haciendo un gesto sobre la cabeza de Hermione como si echara una manta sobre una jaula de pájaros, y poniendo los ojos en blanco hacia Harry.
Poco más de un minuto después, se produjo una diminuta explosión, y una pequeña bruja de Ministerio con el cabello corto y gris Apareció junto a ellos. Parpadeó un poco a causa del repentino brillo, ya que el sol acababa de salir de detrás de una nube, pero apenas tuvo tiempo de disfrutar de su inesperada tibieza antes de que el silencioso Hechizo Aturdidor de Hermione la golpeara en el pecho y se desplomara.
—Bien hecho, Hermione —dijo Ron, surgiendo de detrás de un poste junto a la puerta del teatro mientras Harry se quitaba la Capa de Invisibilidad. Juntos llevaron a la pequeña bruja por el oscuro pasillo que llevaba a los bastidores. Hermione arrancó algunos cabellos de la cabeza de la bruja y los añadió a un matraz de barro con Poción Multijugos que había sacado de su bolso. Ron estaba rebuscando en el bolso de la pequeña bruja.
—Es Mafalda Hopkirk —dijo, leyendo una tarjetita que identificaba a su víctima como ayudante de la Oficina Contra el Uso Incorrecto de la Magia—. Será mejor que lleves tú esto, Hermione, y aquí están las monedas.
Le pasó algunas monedas de oro pequeñas, todas grabadas con las siglas M.D.M., que había cogido del monedero de la bruja.
Hermione se bebió la Poción Multijugos, que tenía ahora un agradable color heliótropo, y en unos segundos, estuvo de pie ante ellos la doble de Mafalda Hopkirk. Cuando le quitó las gafas a Mafalda y se las puso, Harry comprobó su reloj.
—Estamos tardando, el tipo de Mantenimiento Mágico llegará en cualquier momento.
Se apresuraron a cerrar la puerta tras la verdadera Mafalda. Harry y Ron se echaron la Capa de Invisibilidad por encima, mientras Hermione se quedaba a la vista, esperando. Varios segundos después se produjo otro estallido, y un mago pequeño y de aspecto perruno apareció ante ellos.
—Oh, hola, Mafalda
—¡Hola! —dijo Hermione con voz temblorosa—. ¿Cómo estás?
—No demasiado bien, en realidad —respondió el pequeño mago, que parecía cabizbajo.
Cuando Hermione y el mago fueron hacia la calle principal, Harry y Ron se deslizaron tras ellos.
—Siento oír que estás mal —dijo Hermione hablando firmemente al pequeño mago que trataba de explayarse con sus problemas; era esencial detenerlo antes de que llegara a la calle—. Toma, ten un dulce.
—¿Eh? Oh, no gracias.
—¡Insisto! —dijo Hermione agresivamente, agitando la bolsa de pastillas en su cara. Un poco alarmado, el pequeño mago se tomó una.
El efecto fue instantáneo. En cuanto la pastilla tocó su lengua, el mago empezó a vomitar tanto que ni siquiera notó cuando Hermione le arrancó unos cuantos cabellos de la coronilla.
—¡Oh querido! —Dijo, mientras él salpicaba el callejón con su vómito—. ¡Quizás sea mejor que te tomes el día libre!
—No… ¡no! —Se ahogó y tuvo arcadas, tratando de seguir su camino pese a ser incapaz de caminar derecho.
—Debo… hoy… debo ir…
—¡Pero eso es absurdo! —dijo Hermione, alarmada—. No puedes ir a trabajar en este estado… ¡creo que deberías ir a San Murgo a que te curen!
El mago se había derrumbado, intentando todavía, a cuatro patas, gatear hacia la calle principal.
—¡No puedes ir al trabajo así! —lloriqueó Hermione.
Por fin pareció aceptar la verdad de sus palabras. Utilizando un Encantamiento Repulsor, Hermione le ayudó a volver a sentarse. Él giró en el lugar y se desvaneció, sin dejar atrás al marcharse nada más que la bolsa que Ron le había quitado de las manos y algunos restos de vómito.
—Urgh —dijo Hermione, sujetando en alto el ruedo de su túnica para evitar los charcos de vómito—. Habría sido mucho menos molesto Aturdirle.
—Si —dijo Ron, emergiendo de debajo de la capa y sujetando la bolsa del mago—, pero entonces tendríamos una enorme pila de cuerpos inconscientes que habrían atraído mucho más la atención.
En dos minutos, Ron estaba allí ante ellos, tan pequeño y perruno como el mago enfermo, y vistiendo la túnica azul marino que había estado doblada en su bolsa.
—Es raro que no la lleve puesta todo el día, ¿verdad?, viendo lo mucho que quería ir a trabajar. De cualquier modo, soy Reg Cattermole, de acuerdo con la etiqueta de mi bolsa.
—Ahora espera aquí —dijo Hermione a Harry, que todavía estaba bajo la Capa de Invisibilidad—. Y volveremos con algunos cabellos para ti.
Tuvo que esperar diez minutos, pero a Harry le parecieron muchos más, acechando solo en el callejón salpicado de vómito junto a la puerta que ocultaba a la Aturdida Mafalda. Finalmente Ron y Hermione reaparecieron.
—No sabemos quién es —dijo Hermione, pasando a Harry varios cabellos negros rizados—, ¡pero se fue a casa con una horrorosa hemorragia nasal! Aquí tienes, es bastante alto, necesitarás una túnica más grande...
Sacó un conjunto de túnicas viejas que Kreacher había lavado para ellos, y Harry se retiró para tomar la poción y cambiarse.
Una vez la dolorosa transformación estuvo completa, tenía más de metro ochenta de estatura, a los que acompañaba unos brazos bien musculados y una poderosa constitución. También tenía barba. Guardando la Capa de Invisibilidad y sus gafas dentro de su nueva túnica, se unió a los otros dos.
—Caray, es escalofriante —dijo Ron, mirando a Harry, que ahora se erguía sobre él.
—Cojamos algunas de las fichas de Mafalda —dijo Hermione a Harry— y entremos, son casi las nueve.
Salieron juntos del callejón. A cincuenta metros a lo largo de la acera atestada había barandillas negras que bordeaban dos juegos de escalones, uno etiquetado como CABALLEROS y otro DAMAS.
—Os veo en un momento entonces —dijo Hermione nerviosamente, y bajó tambaleante los escalones de DAMAS. Harry y Ron se unieron a un buen número de hombres extrañamente vestidos que descendían a lo que parecía ser un baño público subterráneo ordinario, con mugrientos azujelos blancos y negros.
—¡Buenos días, Reg! —llamó otro mago de túnica azul marina y se metió en un cubículo insertando su ficha dorada en una ranura de la puerta—. Menudo grano en el culo, este, ¿eh? ¡Obligarnos a todos a ir al trabajo de esta forma! ¿Quién creen que va a colarse dentro, Harry Potter?
El mago rugió de risa ante su propia ocurrencia. Ron soltó una risita forzada.
—Sí —dijo—, estúpido, ¿verdad?
Y él y Harry se metieron en cubículos adyacentes.
De derecha a izquierda a Harry le llegaba el ruido de tirar de la cadena. Se agachó y espió a través de la abertura del fondo del cubículo, justo a tiempo para ver un par de pies calzados con botas entrar en el baño de la puerta de al lado.
Miró a la izquierda y vio a Ron parpadeando hacia él.
—¿Tenemos que tirarnos por el retrete? —susurró.
—Busca cómo —le respondió Harry en susurros; su voz salió profunda y grave.
Ambos se pusieron de pie. Sintiéndose excepcionalmente tonto, Harry trepó al retrete.
Supo al instante que había hecho lo correcto; a pesar de que parecía estar de pie en el agua, sus zapatos, pies y ropa permanecían secos. Extendió la mano hacia arriba, tiró de la cadena, y al momento siguiente bajaba zumbando por un corto tobogán, emergiendo de una chimenea en el Ministerio de Magia.
Se puso en pie torpemente. En él había un montón más de cuerpo del que estaba acostumbrado a manejar. El grandioso Atrio parecía más oscuro de lo que Harry recordaba. Anteriormente una fuente doraba había llenado el centro del vestíbulo, lanzando chorros dorados de luz sobre la madera pulida del suelo y las paredes. Ahora una estatua gigante de piedra negra dominaba la escena. Era bastante aterradora, una vasta escultura de una bruja y un mago sentados en tronos muy ornamentados, bajando la mirada hacia los trabajadores del Ministerio que salían despedidos de las chimeneas bajo ellos. Grabadas en letras de treinta centímetros de altura en la base de la estatura estaban las palabras LA MAGIA ES PODER.
Harry recibió un fuerte golpe en la parte de atrás de las piernas; otro mago acababa de salir de la chimenea tras él.
—¡Fuera de mi camino, no puedes... oh, lo siento, Runcorn!
Claramente asustado, el mago parcialmente calvo se apresuró a alejarse. Aparentemente el hombre al que Harry estaba representando, Runcorn, era intimidante.
—¡Psst! —dijo una voz, y Harry miró alrededor para ver a una bruja de cabello corto y al mago de aspecto perruno de Mantenimiento Mágico gesticulando hacia él junto a la estatua. Se apresuró a unirse a ellos.
—¿Todo bien entonces? —susurró Hermione a Harry.
—No, todavía está embutido dentro de ese cerdo —dijo Ron.
—Oh, muy divertido... es horrible, ¿verdad? —dijo a Harry, que estaba mirando la estatua—. ¿Ves en qué están sentados?
Harry miró más atentamente y comprendió que lo que había pensado que eran tronos con tallas decorativas eran en realidad montones de seres humanos esculpidos; cientos y cientos de cuerpos desnudos, hombres, mujeres y niños, todos con caras bastante estúpidas y feas, retorcidos y presionados todos juntas para soportar el peso del los magos bien vestidos.
—Muggles —susurró Hermione—. En el lugar que les corresponde. Vamos, entremos.
Se unieron a la marea de brujas y magos que avanzaban hacia las verjas doradas al final del vestíbulo, mirando alrededor e intentando parecer tan poco sospechosos como fuera posible, pero no había señales de la inconfundible figura de Dolores Umbridge. Pasaron a través de las verjas a un vestíbulo más pequeño donde se formaban colas delante de veinte rejas doradas que albergaban otros tantos ascensores.
—¡Cattermole!
Miraron alrededor; el estómago de Harry dio un vuelco. Uno de los mortífagos que habían presenciado la muerte de Dumbledore se acercaba a zancadas a ellos. Los trabajadores del Ministerio que estaban junto a ellos se quedaron en silencio. El hombre fruncía el ceño, su cara ligeramente animal contrastaba extrañamente con su magnífica y abrumadora túnica, bordada con mucho hilo dorado. Algunos de entre la multitud que se reunía alrededor de los ascensores gritaron aduladoramente: —¡Buenos días Yaxley!
Yaxley los ignoró.
—Solicité a alguien de Mantenimiento Mágico para ocuparse de mi oficina, Cattermole. Todavía está lloviendo allí.
Ron miró alrededor como si esperara que algún otro interviniera, pero nadie habló.
—¿Lloviendo... en su oficina? Eso... Eso no es bueno, ¿verdad?
Ron soltó una risa nerviosa. Los ojos de Yaxley se abrieron de par en par.
—¿Te parece divertido, Cattermole?
Un par de brujas se separaron de la cola del ascensor y se alejaron apresuradamente.
—No —dijo Ron—. No, por supuesto...
—¿Comprendes que voy de camino abajo para interrogar a tu esposa, Cattermole? De hecho, me sorprende bastante que no estés allí abajo cogiéndola de la mano mientras espera. Ya la has dado por perdida, ¿verdad? Probablemente astuto. Asegúrate de casarte con una sangre limpia la próxima vez.
Hermione emitió un pequeño grito de horror. Yaxley la miró. Ella tosió débilmente y se giró.
—Yo... yo... —tartamudeó Ron.
—Pero si mi esposa fuera acusada de ser una sangre sucia —dijo Yaxley—... no es que ninguna mujer con la que yo me casara pudiera ser confundida con esa basura... y el Jefe del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica necesitara que se hiciera un trabajo, convertiría en mi prioridad el hacer ese trabajo, Cattermole. ¿Me comprendes?
—Si —murmuró Ron.
—Entonces atiéndelo, Cattermole, y si mi oficina no está completamente seca dentro de una hora, el Estatus de Sangre de tu mujer será más grave incluso de lo que ya es ahora.
La reja dorada ante ellos se abrió traqueteando. Con un asentimiento y una sonrisa complacida a Harry, de quien evidentemente se esperaba que apreciara este tratamiento a Cattermole, Yaxley se alejó hacia el otro ascensor. Harry, Ron y Hermione entraron en el suyo, pero nadie les siguió. Era como si fueran contagiosos. Las rejas se cerraron con un sonido metálico y el ascensor empezó a subir.
—¿Qué voy a hacer? —preguntó Ron a los otros dos, parecía afligido—. Si no aparezco, mi esposa... quiero decir la esposa de Cattermole...
—Iremos contigo, deberíamos permanecer juntos... —empezó Harry pero Ron sacudió la cabeza fervorosamente.
—Eso es una locura, no tenemos mucho tiempo. Vosotros dos encontrad a Umbridge, yo iré y arreglaré lo de la oficina de Yaxley... ¿pero como hago para que deje de llover?
—Intenta con Finite Incantatem —dijo Hermione en seguida—, eso debería detener la lluvia si es un maleficio o una maldición; si no lo es, algo va mal con el Encantamiento Atmosférico, lo que sería más difícil de arreglar, así que como medida provisoria intenta Impervius para proteger sus pertenencias...
—Pronúncialo de nuevo, lentamente... —dijo Ron, buscando desesperadamente en sus bolsillos una pluma, pero en ese momento el ascensor saltó y se detuvo.
Una voz femenina e incorpórea dijo.
—Nivel cuatro, Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas, que incluye las Divisiones de Bestias, Seres y Espíritus, la Oficina de Coordinación de Duendes y la Agencia Consultiva de Plagas. —Y las rejas se abrieron de nuevo, admitiendo a un par de magos y varios aviones de papeles de un pálido violeta que revolotearon alrededor de la lámpara del techo del ascensor.
—Buenos días, Albert —dijo un hombre peludo y con barba, sonriendo a Harry. Él miró hacia Ron y Hermione mientras el ascensor subía una vez más. Hermione estaba ahora susurrando instrucciones frenéticas a Ron. El mago se inclinó hacia Harry, con mirada maliciosa, y murmuró.
—Dirk Cresswell, ¿eh? ¿De Coordinación de Duendes? Muy buena, Albert. ¡Confío en que ahora conseguiré ese puesto!
Le guiñó un ojo. Harry respondió con una sonrisa, esperando que eso fuera suficiente. El ascensor se detuvo, las rejas se abrieron una vez más.
—Nivel dos, Departamento de Seguridad Mágica, que incluye la Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia, el Cuartel General de Aurores y los Servicios Administrativos del Wizengamot —dijo la voz incorpórea de la bruja.
Harry vio a Hermione dar a Ron un pequeño empujón y éste se apresuró a salir del ascensor, seguido por otros magos, dejando a Harry y Hermione solos. En el momento en que las puertas doradas se hubieron cerrado, Hermione dijo muy rápido:
—En realidad, Harry, creo que será mejor que vaya con él, no creo que sepa lo que está haciendo y si hace que le descubran todo...
—Nivel uno, Ministro de Magia y Personal de Apoyo.Las rejas doradas se separaron de nuevo y Hermione jadeó. Cuatro personas estaban de pie ante ellos. Dos de ellos inmersos en una animada conversación; un mago de pelo largo que vestía una magnífica túnica de negro y oro y una bruja rechoncha con aspecto de sapo que llevaba un lazo de terciopelo en su corto cabello y aferraba un portafolios contra su pecho.

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