jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 28

EL ESPEJO PERDIDO

Los pies de Harry tocaron la carretera. Vio la ansiada y familiar calle principal de Hogsmeade, las fachadas oscuras de las tiendas, la línea de neblina en las montañas negras tras la aldea, la curva adelante en el camino que conducía directamente a Hogwarts, y la luz que salía de las ventanas de Las Tres Escobas, y con una sacudida de la cabeza, recordó con desgarradora exactitud, como había aterrizado aquí hacía casi un año, sosteniendo a un Dumbledore desesperadamente débil. todo esto en un segundo, durante el aterrizaje…y entonces mientras relajaba su apretón sobre los brazos de Ron y Hermione, sucedió.
El aire quedó rasgado por un grito que sonó igual que el de Voldemort al descubrir que la copa había sido robada. Resonó en cada uno de los nervios del cuerpo de Harry, y supo que había sido causado por su Aparición.
Mientras miraba hacia los demás bajo la Capa, la puerta de Las Tres Escobas se abrió de golpe y una docena de mortífagos encapuchados y enmascarados salieron a la calle, con las varitas en alto.
Harry agarro la muñeca de Ron cuando éste alzó su varita. Había demasiados para huir. Solo el intentarlo revelaría su posición. Uno de los mortífagos alzó su varita, y el grito se detuvo, reverberando a través de las montañas distantes.
—¡Accio Capa! —rugió uno de los mortífagos.
Harry aferró los pliegues, pero la Capa no hizo ningún intento de escapar. El Hechizo Convocador no había funcionado.
—¿No estas bajo tu envoltorio entonces, Potter? —grito el mortífago que había intentado el encantamiento, y después hacia sus compañeros— Dispersaos. Esta aquí.
Seis de los mortífagos corrieron hacia ellos. Harry, Ron y Hermione retrocedieron tan rápido como fue posible hacia la calle lateral más cercana y los mortífagos no los encontraron por milímetros. Esperaron en la oscuridad, oyendo los pasos corriendo arriba y abajo, haces de luz de las varitas de los mortífagos que buscaban volaban a lo largo de la calle.
—¡Vamos sin más! —susurró Hermione—. ¡Desaparezcamos ahora!
—¡Excelente idea! —dijo Ron, pero antes de que Harry pudiera responder, un mortífago grito,
—¡Sabemos que estas aquí, Potter, y no hay salida posible! ¡Te encontraremos!
—Estaban preparados para recibirnos —susurró Harry—. Montaron ese hechizo para que les avisara cuando viniéramos. Supongo que han hecho algo para mantenernos aquí atrapados…
—¿Y que hay de los dementores? —habló otro mortífago—. ¡Dadles rienda suelta, ellos los encontrarán rápidamente!
—El Señor Tenebroso no quiere a Potter muerto por ninguna mano que no sea la suya…
—¡…los dementores no le matarán! El Señor Tenebroso quiere la vida de Potter, no su alma. ¡Será más fácil de matar si le han Besado antes!
Se oyeron muestras de conformidad. El pavor inundó a Harry. Para repeler a los dementores tendrían que hacer Patronus que les descubrirían inmediatamente.
—¡Vamos a tener que intentar desaparecer, Harry! —susurró Hermione.
Mientras lo decía, sintió ese frío antinatural que se extendía por la calle. La luz fue succionada hasta las estrellas se desvanecieron. En medio de la oscuridad, sintió a Hermione tomar y sujetar su brazo y todos juntos, giraron en el lugar.
El aire por el que necesitaban moverse parecía haberse vuelto sólido. No podían Desaparecer. Los mortífagos habían realizado bien sus encantamientos. El frió iba penetrando cada vez más profundamente en la carne de Harry. Ron, Hermione y él retrocedieron de espaldas por la calle lateral, andando a tientas a lo largo de la pared, intentando no hacer ruido. Entonces, a la vuelta de la esquina, deslizándose silenciosamente, llegaron los dementores, diez o más de ellos, visibles porque eran de una oscuridad más densa que lo que les rodeaba, cubiertos con sus negras capas y con sus manos podridas y cubiertas de pústulas. ¿Podían detectar el miedo en las cercanías? Harry estaba seguro de que sí. Parecían estar acercándose más rápidamente ahora, con esas pesadas y ruidosas respiraciones que detestaba, saboreando la desesperación en el aire, acercándose…
Alzó su varita. No podía, no sufriría el Beso de los dementores, sin importar lo que ocurriera después. Era en Ron y Hermione en quienes pensaba mientras susurraba,
¾¡Expecto Patronum!
El ciervo plateado surgió de su varita y embistió. Los dementores se dispersaron y se oyó un grito triunfante en alguna parte fuera de vista.
—¡Es él, allá abajo, allá abajo, he visto su Patronus, era un ciervo!
Los dementores se había retirado, las estrellas destellaban de nuevo y los pasos de los mortífagos se hacían mas fuertes, pero antes de que Harry, en pleno ataque de pánico, pudiera decidir que hacer, se oyó un rechinar de goznes cerca. Una puerta se abrió en el lado izquierdo de la estrecha calle, y una voz áspera dijo:
—¡Potter, aquí adentro, rápido!
Obedecieron sin vacilación, los tres se apresuraron a atravesar el umbral abierto.
—¡Escaleras arriba, dejaos la capa puesta, manteneos en silencio! —murmuró una figura alta, pasando junto a ellos mientras salía a la calle y cerraba la puerta tras él.
Harry no había tenido idea de donde se metían, pero ahora veía, a la luz temblorosa de una simple vela, y reconocía el mugriento suelo recubierto de serrín del bar de la posada La Cabeza del Puerco. Corrieron detrás de la barra y a través de una segunda puerta, que conducía a una engañosa escalera de madera que subieron tan rápido como pudieron. Las escaleras daban a una sala de estar con una alfombra raída y una pequeña chimenea, sobre la cual colgaba un retrato grande al óleo de una chica rubia que miraba hacia la habitación con una especie de dulzura ausente.
Llegaron gritos desde la calle de abajo. Aún llevando la Capa de Invisibilidad puesta, se acercaron a la mugrienta ventana y miraron hacia abajo. Su salvador, a quien Harry había reconocido como el cantinero de Cabeza del Puerco, era la única persona que no llevaba capucha.
—¿Qué? —bramaba hacia una de las caras encapuchadas—. ¿Qué? ¡Enviáis dementores a mi calle, y yo respondo con un Patronus! ¡No permitiré que se acerquen a mí! ¡Os lo he dicho! ¡No lo permitiré!
—Ese no era tu Patronus —dijo un mortífago—. Era un ciervo. ¡Era el de Potter!
—¡Ciervo! —gruñó el cantinero, y saco su varita—. ¡Ciervo! Idiota, ¡Expecto Patronum!
Algo enorme y con cuernos salió de la varita. Con la cabeza baja, embistió por High Street, hasta perderse de vista.
—Eso no es lo que yo vi —dijo el mortífago, aunque ahora parecía menos seguro.
—Se ha violado el toque de queda, ya oíste el ruido —dijo uno de sus compañeros al cantinero—. Alguien estaba en la calle contraviniendo las regulaciones…
—¡Si quiero dejar salir a mi gato, lo haré, y al diablo con tu toque de queda!
—¿Tu activaste el Encantamiento Aullido?
—¿Y qué si lo hice? ¿Vais a llevarme a Azkaban? ¿Asesinarme por asomar la nariz por mi propia puerta principal? ¡Hacedlo entonces, si queréis! Pero espero por vuestro bien que no hayáis presionado vuestras pequeñas Marcas Oscuras, convocándole. No le va a gustar que le hagan venir hasta aquí por mí y mi viejo gato, ¿o si?
—¡No te preocupes por nosotros —dijo uno de los mortífagos—, preocúpate por ti mismo, violando el toque de queda!
—¿Y donde traficaréis con pociones y venenos cuando mi bar sea clausurado? ¿Qué pasara entonces con vuestra pequeña actividad suplementaria?
—¿Nos estás amenazando?
—Mantengo la boca cerrada, por eso venís aquí, ¿o no?
—¡Sigo diciendo que vi un Patronus con forma de ciervo! —grito el primer mortífago.
—¿Ciervo? —rugió el cantinero—. ¡Es una cabra, idiota!
—Vale, cometimos un error —dijo el segundo mortífago—. ¡Viola el toque de queda de nuevo y no seremos tan clementes!
Los mortífagos avanzaron a zancadas de vuelta hacia High Street. Hermione gimió de alivio, saliendo de debajo de la capa, y sentándose en una silla de patas tambaleantes. Harry corrió las cortinas y después retiró la capa de Ron y de sí mismo. Podían oír al cantinero abajo, echando los cerrojos de la puerta del bar y después subiendo las escaleras.
Algo que había en la repisa de la chimenea captó la atención de Harry, un pequeño espejo rectangular colocado de pie, justo debajo del retrato de la chica.
El cantinero entró en la habitación.
—Malditos tontos —dijo bruscamente, mirando de uno a otro—. ¿En qué estabais pensando al venir aquí?
—¡Gracias! —dijo Harry—. ¡No podemos agradecérselo lo suficiente! ¡Nos ha salvado la vida!
El cantinero gruñó. Harry se aproximó mirándole a la cara, intentando ver más allá del largo, fibroso y canoso pelo de la barba. Llevaba gafas. Tras los sucios cristales, sus ojos eran de un azul brillante y penetrante.
—¡Es su ojo el que he estado viendo en el espejo!
Se hizo el silencio en la habitación. Harry y el cantinero se miraban el uno al otro.
—¡Usted envió a Dobby!
El cantinero asintió y buscó al elfo alrededor.
—Creí que estaría contigo. ¿Dónde lo dejasteis?
—Está muerto —dijo Harry—, Bellatrix Lestradge lo mató.
La cara del cantinero permaneció inmutable. Después de unos momentos dijo,
—Lamento oírlo. Me gustaba ese elfo.
Se dio la vuelta, encendiendo las lámparas con golpecitos de su varita, sin mirar a ninguno de ellos.
—Usted es Aberforth —dijo Harry a la espalda del hombre.
Él no lo confirmó ni lo negó, sino que se agachó para encender la chimenea.
—¿Cómo consiguió esto? —preguntó Harry, caminando hacia el espejo de Sirius, el gemelo del que él había roto casi dos años antes.
—Se lo compré a Dung hace cosa de un año —dijo Aberforth—. Albus me dijo lo que era. Intentaba mantener un ojo en ti.
Ron jadeó.
—La cierva plateada —dijo excitadamente—. ¿Fue también usted?
—¿De que estás hablando? —preguntó Aberforth.
—¡Alguien nos envió un Patronus con forma de cierva!
—Con un cerebro así podrías ser mortífago, hijo. ¿No acabo de probar que mi Patronus es una cabra?
—¡Oh —dijo Ron—, vale… bueno, tengo hambre! —agregó a la defensiva mientras su estomago soltaba un enorme gruñido.
—Iré a por comida —dijo Aberforth, y salió de la habitación, reapareciendo momentos mas tarde con una hogaza grande de pan, algo de queso, y una jarra de estaño con aguamiel, los puso sobre una pequeña mesa frente al fuego. Hambrientos, comieron y bebieron, y durante un rato solo hubo silencio, excepto por los crujidos del fuego, los golpes de las copas, y el sonido producido al masticar.
—Bien —dijo Aberforth cuando hubieron comido su ración y Harry y Ron se sentaron encorvados y somnolientos en sus sillas—. Tenemos que pensar en la mejor forma de sacaros de aquí. No puede ser de noche, ya oísteis lo que pasa si alguien se mueve en el exterior en la oscuridad. El Encantamiento Aullido se activa, se lanzarán tras vosotros como bowtruckles sobre huevos de doxy. No creo que vaya a ser capaz de hacer pasar un ciervo por una cabra una segunda vez. Esperad a que amanezca, cuando el toque de queda termine, entonces os podréis poner vuestra Capa de Invisibilidad de nuevo y salir a pie. Salid directamente de Hogsmeade, hacia las montañas, y podréis Desaparecer allí. Tal vez veáis a Hagrid. Se ha estado escondiendo en una cueva allá arriba con Grawp desde que intentaron arrestarlo.
—No nos iremos —dijo Harry—. Tenemos entrar en Hogwarts.
—No seas estúpido, chico —dijo Aberforth.
—Tenemos que hacerlo —dijo Harry.
—Lo que tenéis que hacer —dijo Aberforth, inclinándose hacia adelante—, es iros tan lejos de aquí como podáis.
—No lo entiende. No hay mucho tiempo. Tenemos que conseguir entrar en el Castillo. Dumbledore… quiero decir, su hermano, quería que nosotros…
La luz de la chimenea hizo que las mugrientas gafas de Aberforth se volvieran momentáneamente opacas, de un parejo blanco brillante que a Harry le recordó a los ojos ciegos de la araña gigante, Aragog.
—Mi hermano Albus quería un montón de cosas —dijo Aberforth—, y la gente tenía el hábito de salir malparada cuando él llevaba a cabo sus grandes planes. Mantente alejado de ese colegio, Potter, y fuera del país si puedes. Olvida a mi hermano y sus astutas intrigas. Él se ha ido adonde ya nada de esto puede herirle, y no le debéis nada.
—Usted no lo entiende ¾dijo Harry de nuevo.
—Oh, ¿no? ¾dijo Aberforh con calma¾. ¿Crees que no entendía a mi propio hermano? ¿Crees conocer a Albus mejor que yo?
—No quería decir eso ¾dijo Harry, cuyo cerebro se sentía entumecido por el cansancio y el exceso de comida y vino¾. Él... me encomendó un trabajo.
—¿De veras? —dijo Aberforth—. Un trabajo agradable, espero. ¿Cómodo? ¿Fácil? ¿La clase de cosas que esperarías que un niño mago no cualificado pudiera hacer sin abusar de sí mismo?
Ron soltó una risa sombría. Hermione parecía cansada.
—N—no es fácil, no —dijo Harry—. Pero tengo que...
—¿Tienes? ¿Por qué? Él está muerto, ¿no? —dijo Aberforth rudamente—. ¡Lárgate, chico, antes de que sigas sus pasos! ¡Sálvate a ti mismo!
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Yo... —Harry se sentía superado. No podía explicarlo, así que pasó la ofensiva—. Pero usted también luchó, estaba en la Orden del Fénix.
—Lo estaba —dijo Aberforth—. La Orden del Fénix está acabada. Quien—tú—ya—sabes ha ganado, se acabó, quien finja otra cosa se engaña a sí mismo. Aquí nunca estarás a salvo, Potter, él te tiene muchas ganas. Vete al extranjero, escóndete, sálvate a ti mismo. Será mejor que te lleves a estos dos contigo —lanzó el pulgar hacia Ron y Hermione—. Estarán en peligro mientras vivan ahora que todo el mundo sabe que han estado ayudándote.
—No pudo marcharme —dijo Harry—. Tengo un trabajo...
—¡Que lo haga otro!
—No puedo. Tengo que ser yo. Dumbledore lo explicó todo...
—Oh, ¿lo hizo? ¿Y te lo contó todo, fue honesto contigo?
Harry deseó con todo su corazón decir "Si", pero de algún modo esa sencilla palabra no llegaba a sus labios. Aberfoth pareció saber lo que estaba pensando.
—Conocía a mi hermano, Potter. Aprendió secretismo en el regazo de mi madre. Secretos y mentiras, así es como crecimos, y Albus... estaba en su naturaleza.
Los ojos del viejo viajaron hasta la pintura de la chica sobre la chimenea. Era, ahora que Harry se fijaba apropiadamente, la única foto de la habitación. No había ninguna fotografía de Albus Dumbledore, ni de nadie más.
—Señor Dumbledore —dijo Hermione bastante tímidamente—. ¿Es esa su hermana Ariana?
—Si —dijo Aberfoth tensamente—. ¿Has estado leyendo a Rita Skeeter, verdad, señorita?
Incluso a la luz pálida del fuego se notó claramente que Hermione se había ruborizado.
—Elphias Doge nos la mencionó —dijo Harry, intentando cubrir a Hermione.
—Ese viejo imbécil —murmuró Aberforth, tomando otro trago de aguamiel—. Creía que el sol salía y se ponía a voluntad de mi hermano, desde luego. Bueno, igual que mucha gente, incluidos vosotros tres por lo que se ve.
Harry siguió callado. No quería expresar las dudas e incertidumbres que le habían carcomido durante meses. Había hecho su elección mientras cavaba la tumba de Dobby, había decidido continuar por el sinuoso y peligroso camino señalado por Albus Dumbledore, aceptar que no se le había contado todo lo que quería saber, y simplemente confiar. No tenía ningún deseo de volver a dudar; no quería oír nada que pudiera desviarle de su propósito. Encontró la mirada de Aberforth que era tan penetrante como la de su hermano. Los brillantes ojos azules daban la misma impresión, como si estuvieran atravesando con rayos X al objeto de su escrutinio, y Harry creyó que Aberforth sabía lo que estaba pensando y le despreciaba por ello.
—El Profesor Dumbledore se preocupaba por Harry, muchísimo —dijo Hermione en voz baja.
—¿De veras? —dijo Aberforth—. Es curioso como muchas de las personas a las que apreciaba tanto mi hermano han terminado en peor estado que si les hubiera dejado en paz.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Hermione sin respiración.
—No importa —dijo Aberforth.
—¡Pero eso que dice es algo muy serio! —dijo Hermione—. ¿Está hablando de su hermana?
Aberforth la miró fijamente. Sus labios se movían como si estuviera mordiendo las palabras para contenerlas. Entonces rompió a hablar.
—Cuando mi hermana tenía seis años fue atacada por tres chicos muggles. La habían visto hacer magia, espiando a través del seto del jardín trasero. Era una niña, no podía controlarlo, ninguna bruja o mago puede a esa edad. Lo que vieron les asustó, supongo. Se abrieron paso a través del seto, y como ella no les mostró el truco, fueron un poco lejos intentando detener lo que la pequeña monstruito hacía.
Los ojos de Hermione se abrieron de par en par a la luz del fuego. Ron parecía ligeramente enfermo.
Aberforth se puso en pie, tan alto como Albus, y repentinamente terrible en su furia y la intensidad de su dolor.
—Eso la destruyó, lo que le hicieron. Nunca volvió a estar bien. No utilizaba la magia, pero no podía librarse de ella; la interiorizó y eso la volvió loca. Explotaba cuando ya no podía controlarla más, y a veces era extraña y peligrosa. Pero principalmente era dulce, asustadiza e inofensiva.
“Y mi padre fue a por los bastardos que lo hicieron —dijo Aberfoth—, y les atacó. Y le encerraron en Azkaban por ello. Nunca dijo por qué lo había hecho, porque si el Ministerio hubiera sabido en qué se había convertido Ariana, la habrían encerrado en St. Murgo por su bien. La hubieran visto como una seria amenaza contra el Estatuto Internacional de Secreto, desequilibrada como estaba, con la magia explotando en ella en los momentos en que no podía contenerla más.
“Nosotros la mantuvimos a salvo y tranquila. Nos mudamos de casa, pero eso hizo que enfermara, y mi madre se ocupaba de ella, e intentaba mantenerla tranquila y feliz.
“Ella era su favorita —dijo él, y mientras lo decía, un escolar desaliñado pareció surgir a través de mugrienta y enredada barba—. No Albus, que siempre estaba en su dormitorio cuando estaba en casa, leyendo sus libros y contando sus premios, manteniendo correspondencia con "los más notables nombres mágicos de la actualidad" —gruñó Aberforth—. No quería molestarse con ella. A ella le gustaba más yo. Yo podía llevarle la comida cuando no podía mi madre, la calmaba cuando tenía uno de sus ataques de rabia, y cuando estaba tranquila, solía ayudarme a alimentar a las cabras.
“Entonces, cuando tenía catorce años... Veréis, yo no estaba allí —dijo Aberfoth—. Si hubiera estado allí, podría haberla calmado. Tuvo una de sus rabietas, y mi madre ya no era tan joven como antes, y... fue un accidente. Ariana no pudo controlarlo. Pero mi madre murió.
Harry sintió una horrible mezcla de pena y repulsión. No quería oír nada más, pero Aberfoth siguió hablando, y Harry se preguntó cuanto hacía que no hablaba de esto; de hecho, si alguna vez había hablado de ello.
—Así que eso dio al traste con el viaje de Albus alrededor del mundo con el pequeño Doge. Los dos volvieron a casa para el funeral de mi madre y después Doge se fue por su cuenta, y Albus se quedó como cabeza de familia. ¡Ja!
Aberforth escupió en el fuego.
—Yo me habría ocupado de ella, así se lo dije, no me importaba la escuela. Me hubiera quedado en casa y lo hubiera hecho. Él me dijo que tenía que terminar mi educación y que él ocuparía el lugar de mi madre. Un poco bajo para el Señor Brillante, no había ningún logro en ocuparse de tu hermana medio loca y evitar que volara la casa un día si y otro también. Pero lo hizo muy bien durante unas semanas... hasta que llegó él.
Y ahora una mirada positivamente peligrosa se arrastró hasta la cara de Aberforth.
—Grindelwald. Al fin mi hermano tenía un igual con el que hablar, alguien tan brillante y talentoso como él. Y ocuparse de Ariana pasó a ocupar un lugar secundario, mientras tramaban sus planes para un Nuevo Orden Mágico y buscaban Reliquias, y lo que fuera en lo que estaban interesados. Grandes planes en beneficio de toda la raza mágica, ¿y si se era negligente en el cuidado de una jovencita, que importaba, cuando Albus estaba trabajando por el bien mayor?
“Pero después de unas semanas, yo ya había tenido suficiente. Casi me había llegado el momento de volver a Hogwarts. Así se lo dije, a los dos, cara a cara, como os lo estoy diciendo a vosotros ahora —y Aberfoth bajó la mirada hasta Harry, y requirió poca imaginación verle como un adolescente, tieso y enfadado, enfrentando a su hermano mayor—. Le dije, será mejor que despiertes ahora. No puedes moverla, no en su estado, no puedes llevártela contigo adonde quiera que estés planeando ir mientras estás escribes tus astutos discursos, intentando reunir seguidores. No le gustó eso —dijo Aberforth y sus ojos se opacaron brevemente por la luz del fuego sobre los cristales de las gafas. Se volvió blanco y ciego de nuevo—. A Grindelwald no le gustó en absoluto. Se enfadó. Me dijo que era un estúpido muchachito, intentando interponerme en el camino de mi brillante hermano... ¿Es que yo no entendía que mi pobre hermana tendría que permanecer oculta, una vez ellos cambiaran el mundo, y lideraran a los magos abandonando el ocultamiento, y enseñaran a los muggles cuál era su lugar?
“Y hubo una discusión... y yo saqué mi varita, y él la suya, y me encontré sufriendo una Maldición Cruciatus a manos del mejor amigo de mi hermano... y Albus estaba intentando detenerle, y entonces los tres nos enzarzamos en un duelo, y los destellos de luces y los ruidos la atrajeron, no pudo quedarse...
El color desapareció de la cara de Aberfoth, como si hubiera sufrido una herida mortal.
—... y creo que quería ayudar, pero en realidad no sabía qué estaba haciendo, y no sé cual de nosotros lo hizo, pudo haber sido cualquiera... y estaba muerta.
Su voz se rompió en la última palabra y se dejó caer en la silla más cercana.
La cara de Hermione estaba bañada en lágrimas, y Ron estaba casi tan pálido como Aberfoth. Harry no sentía nada más que repulsión. Deseó no haberlo oído, deseó poder limpiarlo de su mente.
—Yo... lo... lo siento mucho —susurró Hermione.
—Desaparecida —graznó Aberfoth—. Desaparecida para siempre.
Se limpió la nariz con la manga y se aclaró la garganta.
—Por supuesto, Grindelwald puso pies en polvorosa. Ya tenía un historial, allá en su país, y no quería que Ariana se sumara a su cuenta también. Y Albus estaba libre, ¿verdad? Libre de la carga de su hermana, libre para convertirse en el mago más grande de...
—Nunca fue libre —dijo Harry.
—¿Perdón? —dijo Aberforth.
—Nunca —dijo Harry—. La noche en que su hermano murió, bebió una poción que le volvió loco. Empezó a gritar, suplicando a alguien que no estaba allí. “No les hagas daño, por favor... házmelo a mí”.
Ron y Hermione miraban fijamente a Harry. Nunca había entrado en detalles sobre lo que había ocurrido en la isla del lago. Los eventos que habían tenido lugar después de que él y Dumbledore volvieran a Hogwarts lo habían eclipsado concienzudamente.
—Creyó estar de vuelta allí con usted y con Grindelwald, lo sé —dijo Harry, recordando a Dumbledore susurrando y suplicando—. Creyó estar viendo como Grindelwald les hacía daño a usted y a Ariana... Fue una tortura para él. Si le hubiera visto entonces, no diría que era libre.
Aberfoth parecía perdido en la contemplación de sus propias manos nudosas y venosas. Después de una larga pausa dijo:
—¿Cómo puedes estar seguro, Potter, de que mi hermano no estaba más interesado en el bien mayor que en ti? ¿Cómo puedes estar seguro de que no eres prescindible, como mi hermanita?
Un afilado trozo de hielo atravesó el corazón de Harry.
—Yo no lo creo. Dumbledore quería a Harry —dijo Hermione.
—¿Por qué no le dijo que se ocultara entonces? —disparó Aberforth—. ¿Por qué no le dijo "Cuida de ti mismo, así es como sobrevivirás"?
—¡Porque —dijo Harry antes de que Hermione pudiera responder— algunas veces tienes que pensar en algo más que en tu propia seguridad! ¡Algunas veces tienes que pensar en el bien mayor! ¡Esto es una guerra!
—¡Tienes diecisiete años, chico!
—¡Soy mayor de edad, y voy a seguir luchando incluso si usted se ha rendido!
—¿Quién dice que me haya rendido?
—La Orden del Fénix está acabada —repitió Harry—. Quien—tú—ya—sabes ha ganado, se acabó, y cualquiera que finja lo contrario se engaña a sí mismo.
—¡No dije que me gustara, pero es la verdad!
—No, no lo es —dijo Harry—. Su hermano sabía cómo terminar con Quien—usted—ya——sabe y me pasó a mí el conocimiento. Voy a seguir adelante hasta que tenga éxito... o muera. No crea que no sé como podría terminar esto. Lo sé desde hace años.
Esperó a que Aberfoth se quejara o discutiera, pero no lo hizo. Simplemente se movió.
—Tenemos que entrar en Hogwarts —dijo de nuevo Harry—. Si no puede ayudarnos, esperaremos hasta que sea de día, le dejaremos en paz, e intentaremos encontrar una forma de entrar por nuestra cuenta. Si puede ayudarnos... bueno, sería un gran momento para mencionarlo.
Aberforth permaneció pegado a su silla mirando a Harry a los ojos, con esos ojos que se parecían tan extraordinariamente a los de su hermano. Al fin se aclaró la garganta, se puso en pie, rodeó la mesa, y se aproximó al retrato de Ariana.
—Ya sabes qué hacer —dijo él.
Ella sonrió, se giró, y salió, no como hacia normalmente la gente por el costado de sus marcos, sino a lo largo de lo que parecía un largo túnel pintado tras ella. Observaron su pálida figura retraerse hasta que finalmente fue tragada por la oscuridad.
—Er... ¿qué...? —empezó Ron.
—Ahora hay solo un camino —dijo Aberforth—. Debéis saber que todos los pasadizos secretos han sido tapiados por los dos extremos, hay dementores alrededor de los muros exteriores, y patrullas regulares dentro de la escuela por lo que mis fuentes me dicen. El lugar nunca ha estado tan bien guardado. Cómo esperáis hacer algo una vez consigáis entrar, con Snape al cargo y los Carrows en sus puestos... bueno, eso es cosa vuestra, ¿no? Yo os digo que os preparéis a morir.
—¿Pero qué...? —dijo Hermione, frunciendo el ceño a la pintura de Ariana.
Un diminuto punto blanco reaparecía al final del túnel de la pintura, y Ariana volvía hacia ellos, haciéndose más y más grande mientras llegaba. Pero había alguien más con ella ahora, alguien más alto que ella, que avanzaba cojeando, con aspecto excitado. Llevaba el pelo más largo de lo que Harry le había visto nunca. Estaba pálido y agotado. Las dos figuras se hicieron más y más grandes, hasta que solo sus cabezas y hombros llenaron el retrato.
Entonces toda la cosa se separó de la pared como si fuera una pequeña puerta, y la entrada a un auténtico túnel se reveló. Y de él, con su pelo demasiado largo, la cara cortada y la túnica desgarrada, surgió trepando el auténtico Neville Longbotton, que soltó un rugido de alegría, saltó de la chimenea y gritó.
—¡Sabía que volverías! ¡Lo sabía, Harry!

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