EL VALLE DE GODRIC
Cuando Harry despertó al día siguiente transcurrieron algunos segundos antes de que recordara lo que había pasado. Luego esperó, infantilmente, que todo hubiera sido un sueño, que Ron aún estuviera ahí y nunca se hubiera ido. Pero al girar la cabeza sobre la almohada pudo ver la cama de Ron vacía. Aparto los ojos vacíos de expresión. Harry bajó de un salto de su propia cama, manteniendo la vista apartada de la de Ron. Hermione, que ya estaba ocupada en la cocina, no le dio los buenos días, sino que desvió la mirada cuando él entró.
Se ha ido, se dijo Harry a sí mismo. Se ha ido. Se tuvo que repetir lo mismo mientras se bañaba y se vestía, como si repitiéndolo pudiera insensibilizarse de la conmoción. Se ha ido y no va a regresar. Y era la pura verdad, Harry lo sabía, porque los encantamientos protectores harían imposible que Ron, una vez abandonado el lugar, los encontrara otra vez.
Él y Hermione tomaron el desayuno en silencio. Los ojos de Hermione estaban rojos e hinchados; parecía que no hubiera dormido nada. Recogieron sus cosas, Hermione haciéndolo demasiado despacio. Harry sabía por qué quería alargar su estancia en la ladera del río. Varias veces la vio con mirada vigilante, y estaba seguro de que se engañaba a sí misma pensando que había escuchado pasos a través de la pesada lluvia, pero ninguna figura pelirroja apareció entre los árboles. Cada vez que Harry la imitaba, y miraba alrededor (no podía evitar sentir también un poco de esperanza), no veía nada más que el bosque barrido por la lluvia, y una pequeña porción de furia explotaba en su interior. Podía oír a Ron diciendo, “¡Creíamos que sabías lo que hacías!” y terminó de empacar con un fuerte nudo en la boca del estómago.
A su lado, el lodoso río estaba creciendo rápidamente y pronto se desbordaría sobre su margen. Se habían entretenido y ya pasaba una hora del momento en que normalmente hubieran levantado el campamento. Al fin, después de rehacer tres veces completas el equipaje en el bolso de cuenta, Hermione pareció incapaz de encontrar más razones para retrasarse. Ella y Harry se cogieron de la mano y Desaparecieron, reapareciendo sobre una ventosa ladera cubierta de brezos.
En el instante que llegaron, Hermione soltó la mano de Harry y se alejó de él, sentándose finalmente sobre una gran roca, con la cara sobre las rodillas, sacudiéndose con lo que él sabía eran sollozos. La observó, sabiendo que debería ir a consolarla, pero algo le retenía donde estaba. Sentía su interior frío y encogido; nuevamente vio la expresión desdeñosa en la cara de Ron. Harry echó a andar a grandes zancadas a través de los brezos, caminando en un gran círculo cuyo centro era la desconsolada Hermione, conjurando los hechizos que solía hacer ella para garantizar su seguridad.
No hablaron de Ron en el transcurso de los siguientes días. Harry había decidido no volver a mencionar su nombre, y Hermione parecía saber que sería inútil forzar el tema, aunque a veces, por las noches, cuando ella pensaba que estaba dormido, podía oírla llorar. Mientras tanto, Harry había comenzado a sacar el Mapa del Merodeador y a examinarlo a la luz de su varita. Esperaba el momento en el que el punto etiquetado con el nombre de Ron pudiera aparecer en los corredores de Hogwarts, probando así que había regresado a la comodidad del castillo, protegido por su estatus de sangre pura. Sin embargo Ron no apareció en el mapa, y con el tiempo, Harry se encontró sacándolo solamente para observar el nombre de Ginny en el dormitorio de las chicas, deseando que mirándolo con tanta intensidad pudiera entrar en su sueño, haciéndola saber de una forma u otra que estaba pensando en ella, deseando que estuviera bien.
Durante el día, se dedicaban a tratar de determinar los posibles lugares donde pudiera estar la espada de Gryffindor, pero cuanto más hablaban de los sitios en los que Dumbledore podría haberla ocultado, más desesperada se volvía su especulación y menos atractiva. Aunque se devanó los sesos todo lo que pudo, Harry no consiguió recordar que Dumbledore hubiera mencionado alguna vez un lugar donde pudiera esconder algo. Hubo momentos en los que no sabía con quién estaba más enfadado, si con Ron o con Dumbledore. Creíamos que sabías lo que hacías… Creíamos que Dumbledore te había dicho qué hacer… ¡Creíamos que tenías un plan de verdad!
No podía engañarse. Ron estaba en lo cierto. Dumbledore no le había dejado prácticamente nada. Habían descubierto un Horrocrux, pero no tenían medios para destruirlo. Los otros seguían siendo tan inalcanzables como lo habían sido siempre. La desesperanza amenazaba con hundirlo. Ahora titubeaba pensando en su presunción al aceptar la oferta de sus amigos de acompañarlo en este viaje errante y sin sentido. No sabía nada, no tenía ideas, y estaba constante y dolorosamente alerta ante cualquier señal de que Hermione también fuera a decirle que ya había tenido suficiente, que se iba.
Pasaban muchas noches en un silencio casi total, y Hermione empezó a sacar el retrato de Phineas Nigellus y a colocarlo en una silla, como si fuera a llenar parte del vacío que Ron había dejado con su partida. A pesar de su previa advertencia de que no los visitaría más, Phineas Nigellus no parecía capaz de resistir la oportunidad de saber más acerca de lo que Harry planeaba, y consentía en reaparecer, con los ojos vendados, cada pocos días. Harry incluso se alegraba de verlo, porque era compañía, aunque fuera del tipo despreciativo y se burlara de ellos. Saciaban su ansia de noticias sobre lo que estaba pasando en Hogwarts, aunque Phineas Nigellus no era un informante ideal. Veneraba a Snape, el primer director de Slytherin desde que él había dirigido la escuela, y tenían que tener cuidado de no criticar o hacer preguntas impertinentes sobre Snape, o Phineas Nigellus abandonaba el retrato instantáneamente.
Sin embargo, dejó caer ciertos fragmentos de información. Snape parecía estar enfrentado a un constante aunque débil motín por parte de un amplio grupo de estudiantes. A Ginny se le había prohibido ir a Hogsmeade. Snape había reinstaurado el viejo decreto de Umbridge prohibiendo reuniones de tres o más estudiantes o la creación de cualquier sociedad estudiantil no oficial.
De todas estas cosas, Harry dedujo que Ginny, y probablemente Neville y Luna con ella, estaban haciendo todo lo que podían para continuar con el Ejército de Dumbledore. Estas escasas noticias hicieron que Harry deseara ver a Ginny tan desesperadamente que le dio dolor de estómago; pero también le hizo pensar en Ron otra vez, y en Dumbledore, y en el mismo Hogwarts, que extrañaba casi tanto como a su exnovia. De hecho, mientras Phineas Nigellus hablaba de las medidas tomadas por Snape, Harry experimentó un pequeño segundo de locura al imaginarse simplemente regresando a la escuela para unirse a la lucha por la desestabilización del régimen de Snape: estar bien alimentado, y con una cama cómoda, y que otras personas se hicieran cargo de todo. En ese momento le pareció la propuesta más maravillosa del mundo. Pero entonces recordó que era el Indeseable Número Uno, que había un precio de diez mil galeones por su cabeza, y que estar en Hogwarts en esos días sería tan peligroso como estar en el Ministerio de Magia. Sin darse cuenta, Phineas Nigellus enfatizaba este hecho al dejar caer preguntas casuales acerca de dónde estaban Harry y Hermione. Cada vez que lo hacía, Hermione le metía nuevamente en el bolso de cuentas, y Phineas Nigellus invariablemente se negaba a reaparecer hasta varios días después de esas despedidas tan poco ceremoniosas.
El clima se volvió más y más frío. No se atrevían a permanecer en un lugar demasiado tiempo, aunque permanecían en el sur de Inglaterra, que era una región dura. El frío era la menor de sus preocupaciones, así que continuaron errando arriba y abajo por la región, desafiando la falda de una montaña, donde el aguanieve aporreó la tienda; una amplia y plana ciénaga, donde la tienda se inundó de agua fría; y una pequeña isla en medio de un lago, donde la nieve cubrió la tienda hasta la mitad durante la noche.
Ya habían comenzado a ver árboles de Navidad con luces parpadeantes en las ventanas de varias salas de estar antes de que llegara la noche en la que Harry decidió sugerir, de nuevo, la que parecía ser la única ruta inexplorada que les quedaba. Acababan de terminar una inusual merienda: Hermione había ido al supermercado bajo la Capa de Invisibilidad (dejando escrupulosamente el dinero dentro de una caja registradora abierta antes irse), y Harry creyó que podría estar más receptiva de lo normal con el estómago lleno, gracias a los espaguetis a la boloñesa y a las peras en conserva. También había tenido la previsión de sugerir que se tomaran algunas horas de descanso de llevar el Horrocrux, que estaba colgando sobre la cama a su lado.
—¿Hermione?
—¿Mmm? —Ella estaba acurrucada en uno de los sillones combados con Las Aventuras de Beedle el Bardo. No podía imaginar que más podía sacar en claro del libro, que no era, después de todo, muy grande, pero evidentemente aún estaba descifrando intentando descifrar algo, porque El silabario del Hechicero permanecía abierto en un brazo del sillón.
Harry se aclaró la garganta. Se sentía exactamente como en aquella ocasión, algunos años atrás, cuando tuvo que preguntarle a la Profesora McGonagall si podría ir a Hogsmeade, a pesar del hecho de que no había podido persuadir a los Dursley para que firmaran su permiso.
—Hermione, he estado pensando, y…
—Harry, ¿podrías ayudarme con algo?
No parecía haberle escuchado. Se inclinó hacia él y le extendió Las Aventuras de Beedle el Bardo.
—Mira este símbolo —dijo, apuntando al encabezado de la página. Sobre lo que Harry suponía que era el título de la historia (siendo incapaz de leer runas, no podía estar seguro), había un dibujo de lo que parecía ser un ojo triangular, con pupila cruzada por una línea vertical.
—No he estudiado Runas Antiguas, Hermione.
—Ya lo sé, pero esto no es una runa y tampoco está en el silabario. Todo este tiempo he creído que era el dibujo de un ojo, ¡pero ya no creo que lo sea! Fue dibujado con tinta, mira, alguien lo pintó ahí, en realidad no es parte del libro. Piensa, ¿lo has visto antes?
—No… No, espera un momento. —Harry lo miró más de cerca—. ¿No es el mismo símbolo que el padre de Luna llevaba colgado del cuello?
—Bien, eso mismo pensé yo.
—Entonces es la marca de Grindelwald.
Ella lo miró fijamente, con la boca abierta.
—¿Qué?
—Krum me dijo…
Le recontó la historia que Viktor Krum le había contado en la boda. Hermione le miraba anonadada.
—¿La marca de Grindelwald?
Miró a Harry y luego al extraño símbolo otra vez.
—Nunca he oído que Grindelwald tuviera una marca. No se menciona en nada de lo que he leído sobre él.
—Bueno, como te dije, Krum cree que ese símbolo fue tallado en una pared de Durmstrang, y que Grindelwald lo puso ahí.
Hermione se dejó caer en el viejo sillón, con el ceño fruncido.
—Es muy extraño. Si es un símbolo de Magia Oscura, ¿que está haciendo en un libro de cuentos para niños?
—Si, es raro —dijo Harry—. Y se supone que Scrimgeour debería haberlo reconocido. Era Ministro, tendría que haber sido un experto en Artes Oscuras.
—Lo sé… Tal vez pensó que era un ojo, como yo. Las otras historias también tienen pequeñas imágenes sobre los títulos.
No dijo nada más, pero continuó estudiando detenidamente la extraña marca. Harry lo intentó otra vez.
—¿Hermione?
—¿Mmm?
—He estado pensando. Quiero… quiero ir al valle de Godric.
Ella lo miró, pero sus ojos estaban desenfocados, y estaba seguro de que seguía pensando en la misteriosa marca del libro.
—Sí —dijo ella—. Sí, yo también he estado pensando en eso. Realmente creo que tenemos que ir.
—¿Me has oído bien? —preguntó.
—Por supuesto que sí. Quieres ir al valle de Godric. Estoy de acuerdo, creo que deberíamos ir. Quiero decir, no se me ocurre otro lugar donde pueda estar. Será peligroso, pero cuanto más lo pienso, más probable me parece que esté ahí.
—Eh… ¿Qué es lo qué está allí? —preguntó Harry.
En ese momento, le miró tan desconcertada como estaba él.
—Pues, ¡la espada, Harry! Dumbledore tenía que saber que tú querrías regresar ahí, quiero decir, el valle de Godric es el lugar de nacimiento de Godric Gryffindor
—¿En serio? ¿Gryffindor es del valle de Godric?
—Harry, ¿has abierto alguna vez Historia de la Magia?
—Eh —dijo, sonriendo por primera vez en meses. Sentía los músculos del rostro peculiarmente tiesos—. Debo haberlo abierto, ya sabes, cuando lo compré… sólo la vez…
—Bueno, si el pueblo tiene ese nombre en su honor, creí que se te podía haber ocurrido hacer la conexión —dijo Hermione. Sonaba más como la vieja Hermione que como la nueva; Harry casi esperaba que anunciara que se iba a la biblioteca—. Hay algo sobre el pueblo en Historia de la Magia, espera…
Abrió el bolso de cuentas y revolvió en su interior durante un rato, extrayendo finalmente la copia del viejo libro de texto, Historia de la Magia por Bathilda Bagshot, el cual hojeó hasta encontrar la página que quería.
“Tras la firma del Estatuto Internacional del Secreto en 1689, los magos tuvieron que esconderse por su propio bien. Era frecuente, quizás, que formaran sus propias pequeñas comunidades dentro de una comunidad más grande. Muchos pueblos pequeños y villorrios atrajeron a algunas familias mágicas, que permanecieron juntas para apoyarse mutuamente y como protección. Los pueblos de Tinworth en Cornwall, Upper Flagely en Yorkshire, y Ottery St. Catchpole en la costa sur de Inglaterra fueron hogares notables para corrillos de familias mágicas que vivían junto con muggles tolerantes y a veces Confundidos. El más célebre de estos lugares de residencia medio—mágicos, es quizás, el valle de Godric, el pueblo, al oeste del país, donde nació el gran mago Godric Gryffindor, y donde Bowman Wright, herrero mágico, forjó la primera snitch dorada. El cementerio está lleno de nombres de antiguas familias mágicas, lo cual ha influido, sin duda alguna, en las historias de fantasmas que han acechado la pequeña iglesia local durante muchos siglos.’
—No os menciona ni a ti ni a tus padres —dijo Hermione, cerrando el libro—, porque la profesora Bagshot no cubre nada posterior a finales del siglo diecinueve. ¿Pero ves? El valle de Godric, Godric Gryffindor, la espada de Gryffindor; ¿no crees que Dumbledore esperaría que hicieras la conexión?
—Oh sí…
Harry no quiso admitir que no había pensando en la espada en absoluto al sugerir ir al valle de Godric. Para él, el atractivo del pueblo estaba en la tumba de sus padres, la casa donde había escapado de la muerte, y la persona de Bathilda Bagshot.
—¿Recuerdas lo que dijo Muriel? —le preguntó casualmente.
—¿Quién?
—Ya sabes —vaciló, no quería pronunciar el nombre de Ron—. La tía abuela de Ginny. En la boda. La que dijo que tenías tobillos flacos.
—Ah —dijo Hermione. Fue un momento difícil. Harry supo que había notado la omisión del nombre de Ron, así que dijo apresuradamente:
—Dijo que Bathilda Bagshot aún vive en el valle de Godric.
—Bathilda Bagshot —murmuró Hermione, pasando el dedo índice sobre el nombre en relieve de Bathilda en la portada de Historia de la Magia—. Bueno, supongo…
Se interrumpió jadeando con tanta fuerza que Harry sintió que se le revolvían las entrañas y sacó su varita, girándose hacia la entrada, medio esperando ver una mano intentando atravesar la solapa de la entrada, pero no había nada.
—¿Qué pasa? —dijo, medio enfadado, medio aliviado—. ¿Por qué has hecho eso? Creí que habías visto como mínimo aun Mortífago bajando la cremallera de la tienda…
—Harry, ¿y si Bathilda tiene la espada? ¿y si Dumbledore se la confió?
Harry consideró la posibilidad. Bathilda debía ser una mujer muy vieja ahora, y de acuerdo con Muriel, estaba un poco loca. ¿Era posible que Dumbledore le hubiera confiado la espada de Gryffindor? Si fuera cierto, a Harry le parecía que Dumbledore se había arriesgado demasiado. Nunca había revelado que había reemplazado la espada por otra falsa, ni había mencionado demasiado su amistad con Bathilda. A pesar de todo este no era el momento de levantar dudas sobre la teoría de Hermione, sobre todo cuando se la veía, inesperadamente, tan decidida a consentir con el deseo más añorado de Harry.
—¡Sí, podría haberlo hecho! Entonces, ¿vamos al valle de Godric?”
—Sí, pero tendremos que pensarlo cuidadosamente, Harry —Se sentó, y Harry pudo apreciar que tener un plan en perspectiva había levantado su ánimo tanto como el de él—. Para empezar vamos a tener que practicar el Desaparecer juntos bajo la Capa de Invisibilidad, y tal vez también sería sensato practicar Hechizos Desilusionadores, a menos de que creas que deberíamos ir en medio de una neblina espesa y usar Poción Multijugos. En ese caso tendremos que conseguir cabello de alguien. De hecho creo eso sería lo mejor, Harry, cuanto más elaborado sea el disfraz mejor…
Harry la dejó hablar, asintiendo y mostrándose de acuerdo cada vez que hacía una pausa, pero su mente había abandonado la conversación. Por primera vez desde que habían descubierto que la espada en Gryffindor era falsa, se sentía emocionado.
Estaba a punto de volver a casa, a punto de regresar al lugar donde había tenido una familia. Era en el valle de Godric donde, si no fuera por Voldemort, podría haber crecido y pasado cada una de sus vacaciones. Podría haber invitado amigos a su casa… hasta podría haber tenido hermanos y hermanas… hubiera sido su madre la que hiciera su pastel de diecisiete cumpleaños. La vida que había perdido nunca le había parecido más real que en ese momento, cuando sabía que estaba a punto de ver el lugar donde se la habían arrebatado. Después de que Hermione se hubiera ido a la cama esa noche, Harry sacó cuidadosamente su bolsilla de piel de topo del bolso de cuentas de Hermione, y de ésta sacó el álbum de fotografías que Hagrid le había regalado hacía mucho tiempo. Por primera vez en muchos meses, examinó las viejas fotos de sus padres, sonriéndole y saludando desde las imágenes, que eran lo único que tenía de ellos.
Harry hubiera partido con gusto hacia el valle de Cedric al día siguiente, pero Hermione tenía otros planes. Convencida como estaba de que Voldemort podía esperar que Harry regresara al lugar en que sus padres murieron, estaba decidida a ir sólo después de que se hubieran asegurado de tener los mejores disfraces posibles. Pasó una semana entera, una vez hubieron obtenido furtivamente cabellos de muggles inocentes que hacían sus compras navideñas y hubieron practicado Aparecer y Desaparecer juntos bajo la Capa de Invisibilidad, hasta que Hermione accedió a hacer el viaje.
Aparecerían en el pueblo protegidos por la oscuridad. La tarde estaba ya avanzada cuando finalmente se bebieron la Poción Multijugos; Harry se transformó en un muggle calvo y de edad madura, Hermione en su pequeña y bastante tímida esposa. Guardaron el bolso de cuentas que contenía todas sus posesiones (aparte del Horrocrux, que Harry llevaba colgado al cuello) dentro de uno de los bolsillos del abrigo abotonado de Hermione. Harry colocó la Capa de Invisibilidad sobre ellos, y se sumergieron en la sofocante oscuridad una vez más.
Con el corazón latiéndole en la garganta, Harry abrió los ojos. Estaban de pie cogidos de la mano en un camino nevado bajo un cielo azul oscuro en el que las primeras estrellas de la noche empezaban a brillar débilmente. Había casas de campo a ambos lados del angosto camino, con decoraciones navideñas parpadeando en las ventanas. A poca distancia, el brillo de algunas farolas doradas indicaba el centro del pueblo.
—¡Toda esta nevado! —murmuró Hermione bajo de la capa—. ¿Por qué nunca pensamos en la nieve? Después de todas las precauciones que hemos tomado, ¡vamos a dejar huellas! Tenemos que deshacernos de ellas…tú ve delante, yo me ocuparé.
Harry no quería entrar en el pueblo como un caballo de pantomima, tratando de permanecer inadvertidos mientras cubrían su rastro mágicamente.
—Vamos a quitarnos la Capa —dijo Harry, y cuando vio la expresión espantada de Hermione dijo—. Oh, vamos, no parecemos nosotros y no hay nadie cerca.
Escondió la capa bajo su abrigo y continuaron sin ningún otro impedimento que el aire helado que les cortaba la cara mientras pasaban más y más casas. Alguna de ellos podía haber sido aquella en la que James y Lily habían vivido una vez o en la que vivía ahora Bathilda. Harry miraba las puertas principales, sus techos cargados de nieve, y sus porches, deseando poder recordar alguno de ellos, sabiendo en el fondo que eso era imposible, que había tenido menos de un año cuando abandonara este lugar para siempre. Ni siquiera estaba seguro de si podrían ver la casa después de todo; no sabía lo que pasaba cuando todos los relacionados con un Encantamiento Fidelius morían. Entonces, la pequeña vereda por donde caminaban se curvó a la izquierda hacia el corazón del pueblo, donde apareció una pequeña plaza.
Acordonado por luces de colores, en el centro se erguía que parecía ser un monumento, en parte oscurecido por la sombra de un árbol de Navidad. Había algunas tiendas, una oficina de correos, un bar, y una pequeña iglesia cuyas vidrieras de colores lanzaban un resplandeciente brillo a través de la plaza.
Aquí la nieve estaba compacta. Era dura y resbaladiza, como si la gente la hubiera estado pisoteando todo el día. Se cruzaron con algunos lugareños, sus figuras quedaron débilmente iluminadas por los faroles. Oyeron algunas risas y música pop durante un momento cuando la puerta del bar se abrió y se cerró; después escucharon el principio de un villancico dentro de la pequeña iglesia.
—¡Harry, creo que es Nochebuena! —dijo Hermione.
—¿Si?
Había perdido la cuenta de las fechas; no habían visto un periódico en semanas.
—Estoy segura de que sí —dijo Hermione, con los ojos fijos en la iglesia—. Ellos… estarán ahí, ¿verdad? Tu padre y tu madre. Puedo ver el cementerio detrás.
Harry sintió un estremecimiento más allá de la emoción, más parecido al miedo. Ahora que estaba tan cerca se preguntó qué era lo que quería ver después de todo. Quizás Hermione sabía cómo se sentía, porque le tomó de la mano y dirigió el paso por primera vez, arrastrándole con ella. Sin embargo, al cruzar la plaza, se detuvo en seco.
—¡Harry, mira!
Estaba señalando a donde momentos antes había habido un monumento a los caídos. Al dejarlo atrás, se había transformado. En lugar de un obelisco cubierto de nombres, había una estatua con tres personas: un hombre con gafas y cabello desaliñado, una mujer de largo cabello y un rostro bello y amable, y un bebé sentado en sus brazos. Había un poco de nieve sobre sus cabezas de forma que parecían llevar gorros blancos.
Harry se acercó, contemplando el rostro de sus padres. Nunca se hubiera imaginado que habría una estatua… Era extraño verse representado a sí mismo en la piedra, un bebé feliz sin ninguna cicatriz en la frente…
—Vamos —dijo Harry, cuando hubo visto suficiente, y se dieron la vuelta rumbo a la iglesia. En el momento en que cruzaron la calle, se volvió a mirar sobre el hombro; la estatua se había convertido en el monumento que habían visto en un principio.
Los cánticos se hacían más fuertes a medida que se aproximaban a la iglesia. A Harry se le encogió la garganta, le recordaba mucho a Hogwarts, a Peeves cantando groseras versiones de villancicos dentro de las armaduras, a los doce árboles de navidad dentro del Comedor, a Dumbledore usando una gorra que había ganado en un trueque, a Ron con un suéter tejido a mano.
Había una portezuela en la entrada del cementerio. Hermione la empujó lo más silenciosamente que pudo y entraron. A ambos lados del resbaladizo camino, la nieve permanecía profunda y sin señales de haber sido pisada. Se movieron a través de ella, dejando profundas huellas detrás mientras rodeaban la iglesia, manteniéndose en la sombra, donde no llegaba la luz de las ventanas.
Detrás de la iglesia, hilera tras hilera de tumbas nevadas sobresalía de una manta azul pálido salpicada de rojo, dorado y verde deslumbrantes, los reflejos provenientes de los vitrales de colores. Sosteniendo firmemente su varita con la mano metida en el bolsillo, Harry se aproximó a la tumba más cercana.
—¡Mira esto, es un Abbott, puede ser algún pariente lejano de Hannah!
—Baja el volumen —le rogó Hermione.
Se adentraron más en el cementerio, dejando huellas oscuras en la nieve tras ellos, deteniéndose a mirar de cerca las palabras escritas sobre las viejas lápidas, escudriñando a cada momento la oscuridad para asegurarse de que estaban completamente solos.
—¡Aquí, Harry!
Hermione estaba dos hileras de tumbas más atrás; Harry tuvo que caminar de vuelta hasta ella, con el corazón saliéndosele del pecho.
—¿Es…?
—No, ¡pero mira!
Apuntó a la piedra oscura. Harry se inclinó y vio en el granito manchado de líquenes, el nombre de Kendra Dumbledore y, un poco más abajo sus fechas de nacimiento y muerte, y el de su hija Ariana. También había una cita:
Donde esté tu tesoro, también estará tu corazón.
Entonces Rita Skeeter y Muriel tenían algo de razón. La familia Dumbledore había vivido ahí, y parte de ella había muerto ahí.
Ver la tumba era peor que escucharlo. Harry no pudo evitar pensar en que ambos, Dumbledore y él, tenían raíces profundas en este cementerio, y que Dumbledore debería haberle dicho algo al respecto, no confiar en que él lo averiguaría. Pudieron haber visitado el lugar juntos. Por un momento Harry se imaginó viniendo aquí con Dumbledore, el lazo que podrían haber creado al hacerlo, lo mucho que hubiera significado para él. Pero parecía que para Dumbledore el hecho de que sus familias reposaran en el mismo cementerio había sido una coincidencia sin importancia, irrelevante, quizás, para el trabajo que quería que Harry llevase a cabo.
Hermione estaba mirando a Harry, y él agradeció que su rostro estuviera oculto en las sombras. Leyó nuevamente la inscripción de la tumba. Donde esté tu tesoro, también estará tu corazón. No entendía lo que significaban estas palabras. Seguramente Dumbledore las había escogido, como el miembro mayor de la familia a la muerte de su madre.
—¿Estás seguro de que nunca mencionó…? —comenzó Hermione.
—No —dijo Harry en tono cortante—, sigamos buscando —y se alejó, deseando no haber visto la tumba. No quería que su entusiasmo se viera empañado con resentimiento.
—¡Aquí! —gritó otra vez Hermione un momento después, en alguna parte fuera de la oscuridad—. ¡Ah, no, perdón! Creí que decía Potter.
Estaba frotando una piedra desmoronada y cubierta de musgo, mirándola, frunciendo un poco el ceño.
—Harry, vuelve un momento.
Harry no tenía ganas de abrirse camino entre la nieve de nuevo, y de mala gana volvió hacia ella.
—¿Qué?
—¡Mira esto!
La tumba era extremadamente vieja, tan maltratada por el paso del tiempo que Harry apenas podía leer un nombre en ella. Hermione le mostró el símbolo que había bajo el nombre.
—¡Harry, esta es la marca del libro!
Miró fijamente el lugar que le señalaba. La piedra estaba tan desgastada que era difícil saber lo que había tallado ahí, aunque parecía ser una marca triangular bajo ese nombre ilegible.
—Sí… puede ser…
Hermione encendió su varita y la apuntó hacia el nombre en la piedra.
—Dice Ig… Ignotus, creo…
—Voy a seguir buscando a mis padres, ¿vale? –le dijo Harry, en un tono levemente cortante, y se alejó, dejándola encogida junto a la vieja tumba.
De tanto en tanto reconocía un apellido que había escuchado en Hogwarts, como Abbott. Algunas veces había varias generaciones de la misma familia mágica talladas sobre las tumbas: Harry podía imaginarse, por las fechas, que la mayoría de ellas se habían extinguido o que el resto de la familia se había mudado lejos del valle de Godric. Cuanto más se internaba entre las tumbas, y cada vez que encontraba un nuevo nombre, más sentía una sacudida de aprehensión, un presentimiento.
La oscuridad y el silencio parecieron volverse, de repente, más profundos. Harry miró alrededor, preocupado, pensando en los dementotes, luego se dio cuenta de que los villancicos habían terminado, que el bullicio y la agitación de los visitantes de la iglesia se extinguía al momento mientras se encaminaban a la plaza. Alguien dentro de la iglesia estaba apagando las luces.
Entonces la voz de Hermione resonó en la oscuridad por tercera vez, clara y definida desde unos metros más allá.
—Harry, están aquí… justo aquí.
Y supo, por su tono, que esta vez eran sus padres. Se encaminó hacia ella, sintiendo como si algo muy pesado le oprimiera el pecho, la misma sensación que había tenido justo después de que Dumbledore hubiera muerto, una aflicción que pesaba sobre su corazón y sus pulmones.
La tumba estaba sólo dos hileras detrás de la de Kendra y Ariana. Estaba hecha de mármol blanco, como la de Dumbledore, y eso la hacía fácil de leer, pues parecía brillar en la oscuridad. Harry no necesitó arrodillarse o acercarse demasiado para leer las palabras talladas en ella.
JAMES POTTER
NACIDO EL 27 DE MARZO DE 1960
MUERTO EL 31 DE OCTUBRE DE 1981
LILY POTTER
NACIDA EL 30 DE ENERO DE 1960
MUERTA EL 31 DE OCTUBRE DE 1981
El último enemigo que debe ser vencido es la muerte.
Harry leyó las palabras lentamente, como si sólo tuviera una única oportunidad para entender su significado, y leyó la última parte en voz alta.
—El último enemigo que debe ser vencido es la muerte… —un pensamiento terrible vino a él, acompañado de una pizca de pánico—. ¿No es un pensamiento de mortífago? ¿Por qué está eso ahí?
—No significa derrotar a la muerte tal y como lo ven los mortífagos, Harry —dijo Hermione, con voz gentil—. Significa… no sé… vivir más allá de la muerte. Vivir después de la muerte.
Pero ellos no vivían como Harry. Se habían ido. Las palabras vacías no podían disfrazar el hecho de que los restos de sus padres descansaban bajo nieve y piedra, indiferentes, desconocidos. Y las lágrimas se le escaparon antes de poder contenerlas, calientes al principio y congelándose en su rostro después. ¿Había razones para limpiarlas, o de fingir más fortaleza? Las dejó caer, con los labios oprimidos con fuerza uno contra el otro, con la mirada baja hacia la espesa nieve que escondía de su vista el lugar donde finalmente descansaban Lily y James; huesos ahora, o convertidos en polvo, sin saber ni que les importara el hecho de que su hijo estuviera ahí de pie, tan cerca, con el corazón aún latiendo, vivo gracias a su sacrificio y a punto de desear, en este momento, estar durmiendo bajo la nieve con ellos.
Hermione le había tomado la mano nuevamente, apretándola fuertemente. No podía mirarla, pero le devolvió el apretón, tomando bocanadas profundas de aire nocturno, intentando mantener la calma, recuperar el control. Debería haber traído algo para ellos, y ni siquiera se le había ocurrido, y todas las plantas del cementerio estaban medio congeladas. Pero Hermione alzó su varita, dibujó un círculo en el aire, y una guirnalda de rosas navideñas floreció frente a ellos. Harry la tomó y la colocó sobre la tumba de sus padres.Tan pronto como se levantó quiso marcharse. No soportaba estar un momento más ahí. Pasó el brazo alrededor de los hombros de Hermione, y ella el suyo alrededor de su cintura, y se volvieron en silencio alejándose a través de la nieve, pasando frente a la tumba de la madre y la hermana de Dumbledore, de regreso hacia la oscura iglesia y la ahora oculta verja.
jueves, 30 de agosto de 2007
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