jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 8

LA BODA











A las tres de la tarde del día siguiente, Harry, Ron, Fred y George estaban en el exterior de la gran carpa en el jardín, esperando a los invitados a la boda. Harry había tomado una larga dosis de Poción Multijugos y ahora era el doble de un chico muggle pelirrojo del pueblo, Ottery St. Catchpole, del que Fred había robado cabellos usando un Encantamiento Convocador. El plan era presentar a Harry como el «primo Barny» y confiar en que la gran cantidad de familiares Weasley lo ocultasen.
Los cuatro sujetaban un plan de distribución de asientos, para poder ayudar a la gente a encontrar los sitios correctos. Un grupo de camareros vestidos de blanco habían llegado hacía una hora, junto con una banda que vestía chaquetas doradas. En ese momento todos esos magos estaban sentados a corta distancia bajo un árbol. Harry podía ver el rastro azulado de humo de pipa saliendo del lugar.
Detrás de Harry, la entrada a la carpa presentaba filas y filas de frágiles sillas doradas dispuestas a ambos lados de una larga alfombra púrpura. Los soportes de la carpa estaban entrelazados con flores blancas y doradas. Fred y George habían colocado un enorme grupo de globos dorados sobre el punto exacto donde Bill y Fleur serían declarados próximamente marido y mujer. Fuera, mariposas y abejas planeaban perezosas sobre la hierba y el seto. Harry estaba bastante incómodo. El chico muggle por quien se estaba haciendo pasar era ligeramente más gordo que él, y sentía su túnica de gala calurosa y apretada bajo el calor del día veraniego.
—Cuando me case —dijo Fred, tirando del cuello de su propia túnica—, no me preocuparé por todas estas tonterías. Todos podréis llevar lo que queráis, y le haré a mamá una Inmovilización Total hasta que todo termine.
—Considerándolo todo, no estaba tan mal esta mañana —dijo George—. Lloró un poco al ver que Percy no estaría, pero ¿quién le quiere aquí? Oh, vaya, preparaos… aquí vienen, mirad.
Figuras de colores brillantes estaban apareciendo por todas partes, una por una, en el extremo más alejado del jardín. En pocos minutos se formó una procesión, que empezó a serpentear por el jardín hacia la carpa. Flores exóticas y pájaros encantados se agitaban en los sombreros de las brujas, mientras gemas preciosas brillaban en las corbatas de muchos magos. El zumbido de excitado parloteo se volvió cada vez más fuerte, ahogando el sonido de las abejas mientras la multitud se aproximaba a la carpa.
—Excelente, creo que veo a algunas primas veela —dijo George, estirando el cuello para ver mejor—. Necesitarán ayuda para entender nuestras costumbres inglesas, yo me ocuparé de ellas…
—No tan rápido, Su santidad —dijo Fred, y pasando con rapidez al grupo de brujas de mediana edad que lideraba la procesión, dijo—. Aquí… permettez—moi que assister vous —a un par de guapas francesas, que se rieron tontamente y permitieron que las escoltase al interior. George se quedó para encargarse de las brujas de mediana edad y Ron se ocupó de Perkins, el viejo compañero del Ministerio del señor Weasley, mientras que una pareja bastante sorda cayó en el grupo de Harry.
—¿Qué hay? —dijo una voz familiar cuando salió nuevamente de la carpa y encontró a Tonks y Lupin al frente de la cola. Ella se había puesto rubia para la ocasión—. Arthur nos dijo que eras el del pelo rizado. Siento lo de ayer por la noche —añadió en un susurro mientras Harry los guiaba al pasillo interior—. En este momento el Ministerio se está mostrando muy anti—hombres lobo y creímos que nuestra presencia no te vendría demasiado bien.
—Está bien. Lo entiendo —dijo Harry, hablando más para Lupin que para Tonks. Lupin le dedicó una rápida sonrisa, pero cuando se dieron la vuelta, Harry vio de nuevo líneas de sufrimiento en su cara. No lo entendía, pero no tenía tiempo de insistir en el problema: Hagrid estaba causando bastantes líos. Habiendo malinterpretado las instrucciones de Fred, se había sentado no en el asiento mágicamente alargado y reforzado colocado para él en la fila de atrás, sino en cinco sitios que ahora parecían una gran pila dorada de palillos.
Mientras el señor Weasley reparaba los daños y Hagrid gritaba pidiendo disculpas a cualquiera que escuchase, Harry se apresuró a la entrada donde encontró a Ron cara a cara con un mago con aspecto de lo más excéntrico. Con los ojos ligeramente bizcos y cabello blanco por los hombros de textura de algodón dulce, llevaba una capucha cuya borla colgaba delante de su nariz y una túnica de un color amarillo yema que hacía llorar los ojos. Un símbolo raro, algo como un ojo triangular, brillaba en una cadena que colgaba alrededor de su cuello.
—Xenophilius Lovegood —dijo, extendiendo la mano hacia Harry—, mi hija y yo vivimos justo al otro lado de la colina, muy amables los buenos Weasley al invitarnos. Pero creo que tú ya conoces a mi Luna —añadió hacia Ron.
—Sí —dijo Ron—. ¿No viene con usted?
—Se quedó un rato en ese pequeño jardín tan encantador para saludar a los gnomos, ¡que plaga tan gloriosa! Pocos magos se dan cuenta de cuánto podemos aprender de los pequeños y sabios gnomos… o para darles su nombre correcto, los Gernumbli gardensi.
—Los nuestros conocen un montón de excelentes palabrotas —dijo Ron—, pero creo que esas se las enseñaron Fred y George.
Se llevó a un grupo de magos al interior de la carpa justo cuando Luna aparecía.
—¡Hola, Harry! —dijo.
—Eh… mi nombre es Barny —dijo Harry, desconcertado.
—Oh, ¿también te has cambiado eso? —preguntó ella radiante.
—¿Cómo sabes…?
—Oh, simplemente por tu expresión —dijo.
Como su padre, Luna llevaba una túnica amarilla brillante, que había complementado con un gran girasol en la cabeza. Una vez superada la brillantez de todo el conjunto, el efecto general era bastante agradable. Por lo menos no tenía rábanos colgando de las orejas.
Xenophilius, que estaba en plena conversación con un conocido, se había perdido el intercambio entre Luna y Harry. Despidiéndose del mago, se giró hacia su hija, que levantó un dedo y dijo.
—Papi, mira… ¡uno de los gnomos realmente me mordió!
—¡Qué maravilloso! La saliva de gnomo es enormemente beneficiosa —dijo el señor Lovegood, agarrando el dedo estirado de Luna y examinando las marcas que sangraban—. Luna, mi amor, si sintieras algún talento floreciente hoy, quizás un inesperado impulso de cantar ópera o declamar en sireni, ¡no lo reprimas! ¡Puede que hayas sido bendecida con los Gernumblies!
Ron, que pasaba junto a ellos en dirección contraria, dejó escapar un sonoro bufido.
—Ron puede reírse —dijo Luna con serenidad mientras Harry la conducía con Xenophilius hacia sus asientos—, pero mi padre ha investigado mucho acerca de la magia Gernumbli.
—¿De verdad? —dijo Harry, que hacía mucho había decidido no enfrentarse a las particulares ideas de Luna o su padre—. Pero, ¿estás segura que no quieres echarte nada en ese mordisco?
—Oh, está bien —dijo Luna, chupándose el dedo de forma soñadora y mirando a Harry de arriba abajo—. Pareces inteligente. Le dije a Papi que mucha gente probablemente llevaría túnicas de gala, pero él cree que a una boda se deberían llevar colores brillantes, para dar suerte, ya sabes.
Cuando se alejó con su padre, Ron apareció con una bruja anciana agarrándole el brazo. Su puntiaguda nariz, ojos enrojecidos y sombrero rosa de plumas la hacían parecer un flamenco malhumorado.
—… y tu pelo es demasiado largo, Ronald, por un momento pensé que eras Ginevra. Por las barbas de Merlín, ¿qué lleva puesto Xenophilius Lovegood? Parece una tortilla. ¿Y quién eres tú? —ladró hacia Harry.
—Oh, sí, tía Muriel, este es nuestro primo Barny.
—Otro Weasley. Os reproducís como gnomos. ¿No está Harry Potter aquí? Esperaba conocerlo. Creía que era amigo tuyo, Ronald, ¿o simplemente estabas alardeando?
—No… no podía venir…
—Hmm. Puso una excusa, ¿eh? No tan corto de entendederas como parece en esas fotografías, entonces. Acabo de instruir a la novia sobre cómo llevar mi tiara —le gritó a Harry—. Fabricada por duendes, sabes, y lleva en mi familia varios siglos. Es una chica guapa, pero aún así… Francesa. Bien, bien, encuéntrame un buen sitio, Ronald. Tengo ciento siete años y no debo estar demasiado tiempo de pie.
Ron le lanzó a Harry una mirada significativa al pasar y no reapareció hasta bastante después. Cuando se volvieron a encontrar en la entrada, Harry había llevado a una docena de personas más a sus asientos. La carpa ahora estaba casi llena, y por primera vez no había cola fuera.
—Muriel es una pesadilla —dijo Ron, limpiándose la frente con la manga—. Solía venir cada año por Navidad, entonces, gracias a Dios, se enfadó porque Fred y George tiraron una bomba fétida bajo su silla durante la cena. Papá siempre dice que les borrará de su testamento… como si eso les importase, van a acabar siendo más ricos que cualquier otro de la familia, a la velocidad que van… Guau —añadió, parpadeando con bastante rapidez al ver a Hermione acercándose deprisa hacia ellos—. ¡Estás genial!
—Siempre el tono de sorpresa —dijo Hermione, aunque sonrió. Llevaba una túnica suelta de color lila, con sandalias de tacón alto a juego; su pelo estaba liso y brillante—. Tu tataratiaabuela Muriel no está de acuerdo, acabo de verla en el piso de arriba mientras le daba a Fleur la tiara. Dijo, “Oh cariño, ¿es esta la hija de muggles?” Y después, “mala postura y tobillos delgaduchos”.
—No te lo tomes como algo personal, es grosera con todo el mundo —dijo Ron.
—¿Habláis de Muriel? —inquirió George, saliendo de la carpa con Fred—. Sí, a mi me acaba de decir que mis orejas están torcidas. Viejo murciélago. Aunque desearía que el viejo tío Bilius estuviera todavía con nosotros; era una risa segura en las bodas.
—¿No fue el que vio un grim y murió veinticuatro horas después? —preguntó Hermione.
—Bueno sí, se volvió un poco raro al final —concedió George.
—Pero antes de volverse loco era alma de las fiestas —dijo Fred—. Solía bajarse una botella entera de whisky de fuego, después corría a la pista de baile, se levantaba la túnica, y empezaba a sacar ramos de flores de su…
—Sí, parece auténticamente encantador —dijo Hermione, mientras Harry se reía a carcajadas.
—Nunca se casó, por alguna razón —dijo Ron.
—Me asombráis —dijo Hermione.
Todos estaban riendo tanto que ninguno se fijó en un invitado que llegaba tarde, un joven de cabello negro con una larga y curvada nariz y gruesas cejas negras, hasta que le entregó a Ron su invitación y dijo, con los ojos posados en Hermione.
—Estás «marravillosa».
—¡Viktor! —gritó ella, y dejó caer su pequeño bolso adornado con cuentas, que hizo un sonoro ruido seco bastante desproporcionado para su tamaño. Mientras se volvía, sonrojándose, para recogerlo, dijo—. No sabía que fueses a… Dios… es muy agradable ver… ¿cómo estás?
Las orejas de Ron se habían puesto de nuevo de un rojo brillante. Después de echar un vistazo a la invitación de Krum como si no creyera ni una palabra de ella, dijo, en voz demasiado alta.
—¿Cómo es que estás aquí?
—Fleur me invitó —dijo Krum, levantando las cejas.
Harry, que no le guardaba ningún rencor a Krum, le dio la mano; entonces, presintiendo que sería prudente apartar a Krum de las proximidades de Ron, se ofreció a enseñarle su asiento.
—Tu amigo no está muy contento de «verrme» —dijo Krum mientras entraba en la ahora llena carpa—. ¿O es un «familiarr»? —añadió con una mirada al cabello rizado de Harry.
—Primo —farfulló Harry, pero en realidad Krum no estaba escuchando. Su aparición estaba causando un alboroto, especialmente entre las primas veela. Después de todo, era un famoso jugador de Quidditch. Mientras la gente seguía estirando el cuello para echarle un buen vistazo, Ron, Hermione, Fred y George llegaron apresuradamente al pasillo.
—Hora de sentarse —le dijo Fred a Harry—, o nos va a atropellar la novia.
Harry, Ron y Hermione ocuparon sus asientos en la segunda fila detrás de Fred y George. Hermione estaba bastante sonrosada y las orejas de Ron todavía estaban coloradas.
—¿Has visto como se ha convertido en un estúpido osito? —le murmuró a Harry, después de un momento.
Harry dejó escapar un gruñido evasivo.
Una sensación de nerviosa anticipación había llenado la cálida carpa, el murmullo general se veía roto solo por brotes ocasionales de risa excitada. El señor y la señora Weasley avanzaron por el pasillo, sonriendo y saludando con las manos a familiares; el señor Weasley llevaba un nuevo conjunto de túnica color amatista con un sombrero a juego.
Un momento después Bill y Charlie estaban de pie frente al altar, ambos llevando túnicas de gala, con grandes rosas blancas en las solapas; Fred silbó con admiración y se produjo un estallido de risitas entre las primas veela. Entonces la multitud se quedó en silencio cuando la música empezó a salir al parecer de los globos dorados.
—Ooooh —dijo Hermione, girándose en su asiento para mirar hacia la entrada.
Un colectivo y enorme suspiro brotó de las brujas y magos reunidos cuando Monsieur Delacour y su hija empezaron a caminar por el pasillo, Fleur deslizándose, Monsieur Delacour dando saltitos y sonriendo radiante. Fleur llevaba una túnica blanca muy simple que parecía emitir un fuerte brillo plateado. Si su resplandor normalmente apagaba a los demás por comparación, hoy embellecía a todos sobre los que caía. Ginny y Gabrielle, ambas con túnicas doradas, parecían incluso más guapas de lo habitual, y una vez Fleur le alcanzó, Bill tenía aspecto de no haber conocido nunca a Fenrir Greyback.
—Damas y caballeros —dijo una voz ligeramente cantarina, y con una ligera conmoción Harry vio al mismo mago bajito y de pelo ralo que había presidido el funeral de Dumbledore, ahora situado frente a Bill y Fleur—. Estamos reunidos hoy aquí para celebrar la unión de dos almas fieles…
—Sí, mi tiara hace resaltar todo eso muy bien —dijo la tía Muriel en un susurro que se oyó bastante fuerte—. Pero debo decir que la túnica de Ginevra tiene un corte demasiado bajo.
Ginny miró alrededor, sonriendo de oreja a oreja, guiñándole un ojo a Harry, y después volviendo a girarse rápidamente hacia adelante. La mente de Harry divagó bastante lejos de la carpa, de vuelta a las tardes pasadas con Ginny en rincones solitarios de los terrenos del castillo. Parecía haber sucedido hacía tanto; siempre habían parecido demasiado buenas para ser verdad, como si hubiese estado robando horas brillantes de la vida normal de otra persona, una persona sin una cicatriz con forma de rayo en la frente…
—William Arthur Weasley, ¿tomas a Fleur Isabelle…?
En la primera fila, la señora Weasley y Madame Delacour estaban sollozando en silencio en sendos trozos de encaje. Sonidos como de trompeta provenientes de la parte de atrás de la carpa indicaron a todos que Hagrid había sacado uno de sus pañuelos del tamaño de un mantel. Hermione se giró y sonrió radiante a Harry; sus ojos también estaban llenos de lágrimas.
—… entonces os declaro unidos de por vida.
El mago de pelo ralo movió su varita por encima de las cabezas de Bill y Fleur y un chorro de estrellas plateadas cayó sobre ellos, girando en espiral alrededor de las ahora entrelazadas figuras. Mientras Fred y George encabezaban un aplauso, los globos dorados suspendidos estallaron: pájaros tropicales y campanillas doradas volaron y flotaron sobre ellos, añadiendo sus canciones y gorjeos al estruendo.
—¡Damas y caballeros! —exclamó el mago de pelo raro—. ¡Si hacen el favor de levantarse!
Todos lo hicieron, la tía Muriel refunfuñando de forma audible; el mago agitó nuevamente la varita. Los asientos en los que habían estado sentados se elevaron graciosamente en el aire al tiempo que los lienzos de las paredes de la carpa se desvanecían, de modo que quedaron bajo un dosel soportado por postes dorados, con una gloriosa vista del jardín iluminado por el sol y la campiña circundante. Entonces, una piscina de oro fundido se extendió desde el centro de la tienda para formar una brillante pista de baile; las sillas suspendidas se agruparon alrededor de pequeñas mesas con manteles blancos, y todas flotaron grácilmente de nuevo a tierra, y la banda con chaquetas doradas se dirigió hacia el podio.
—Perfecto —dijo Ron con aprobación cuando los camareros aparecieron por todos lados, algunos llevando bandejas con zumo de calabaza, cerveza de mantequilla y whisky de fuego, otros tambaleándose con pilas de tartas y sandwiches.
—Deberíamos ir a felicitarles —dijo Hermione, poniéndose de puntillas para ver el lugar donde Bill y Fleur habían desaparecido en medio de una multitud que les deseaba lo mejor.
—Ya tendremos tiempo después —Ron se encogió de hombros, agarrando tres cervezas de mantequilla de una bandeja que pasaba y ofreciéndole una a Harry—. Hermione, agárrate, cojamos una mesa… ¡No allí! En ningún sitio cerca de Muriel…
Ron encabezó el recorrido a través de la vacía pista de baile, mirando a derecha e izquierda al avanzar. Harry estaba seguro que estaba pendiente de Krum. Para cuando alcanzaron el otro lado de la carpa, la mayoría de las mesas estaban ocupadas, la más vacía era una en la que Luna se sentaba sola.
—¿Te parece bien que nos unamos a ti? —preguntó Ron.
—Oh, sí —dijo ella con felicidad—. Papi acaba de ir a darle a Bill y Fleur nuestro regalo.
—Qué es, ¿provisiones para toda uña vida de gurdirraíz? —preguntó Ron.
Hermione le dio una patada bajo la mesa, pero falló y golpeó a Harry. Con los ojos lagrimeando de dolor, Harry perdió el hilo de la conversación durante unos pocos momentos.
La banda había empezado a tocar. Bill y Fleur fueron los primeros en salir a la pista de baile, provocando un gran aplauso; después de un rato, el señor Weasley llevó a Madame Delacour a la pista, seguido de la señora Weasley y el padre de Fleur.
—Me gusta esta canción —dijo Luna, balanceándose al ritmo del vals, y unos pocos segundos después se levantó y se deslizó hacia la pista de baile, donde empezó a girar, sola, con los ojos cerrados y ondeando los brazos.
—¿Es genial, verdad? —dijo Ron con admiración—. Siempre la misma.
Pero la sonrisa se borró de su cara al momento. Viktor Krum se había sentado en el sitio vacío dejado por Luna. Hermione parecía placenteramente nerviosa pero esta vez Krum no había venido a hacerle cumplidos.
—¿Quién es ese hombre de «amarrillo»? —dijo, con cara ceñuda.
—Es Xenophilius Lovegood, el padre de una amiga nuestra —dijo Ron. Su tono beligerante indicaba que no se iban a reír de Xenophilius, a pesar de la obvia provocación—. Vamos a bailar —añadió abruptamente hacia Hermione.
Ella pareció sorprendida, pero también complacida, y se levantó. Desaparecieron juntos en la creciente multitud de la pista de baile.
—Ah, ¿«ahorra» están juntos? —preguntó Krum, momentáneamente distraído.
—Eh… algo así —dijo Harry.
—¿Quién «erres» tú? —preguntó Krum.
—Barny Weasley.
Se dieron la mano.
—«Barrny», tú… ¿conoces bien a este Lovegood?
—No, acabo de conocer hoy. ¿Por qué?
Krum frunció el ceño por encima de su bebida, mirando a Xenophilius, que estaba charlando con varios magos al otro lado de la pista.
—«Porrque» —dijo Krum—, si no fuera un invitado de Fleur, le «retarría» a un duelo, aquí y ahora, por llevar ese inmundo símbolo en su pecho.
—¿Símbolo? —preguntó Harry, también mirando hacia Xenophilius. El extraño ojo triangular brillaba en su pecho—. ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
—Grindelwald. Es el símbolo de Grindelwald.
—Grindelwald… ¿el mago tenebroso al que Dumbledore derrotó?
—Exacto.
Los músculos de la mandíbula de Krum se cerraron como si estuviera masticando chicle, entonces dijo,
—Grindelwald mató a mucha gente, a mi abuelo, por ejemplo. Por supuesto, nunca fue «poderroso» en este país, decían que temía a «Dumbledorre»… y con razón, viendo como «terrminó» con él. «Perro» ese… —apuntó con el dedo a Xenophilius— ese es su símbolo, lo reconocí al momento: Grindelwald lo talló en una «parred» de Durmstrang, cuando fue estudiante allí. Algunos idiotas lo «copiarron» en sus «librros» y ropas pensando en «sorrprrender», «hacerrse» los «interresantes»… hasta que los que habíamos «perrdido» «familiarres» a manos de Grindelwald les dimos una lección.
Krum apretó los nudillos de forma amenazadora y frunció el ceño hacia Xenophilius. Harry estaba perplejo. Parecía absolutamente imposible que el padre de Luna fuese un seguidor de las Artes Oscuras, y nadie más en la carpa parecía haber reconocido el símbolo triangular.
—¿Estás… eh… absolutamente seguro de que es de Grindelwald…?.
—No me equivoco —dijo Krum con frialdad—. Pasé junto a ese símbolo «durrante» años. Lo conozco bien.
—Bueno, cabe la posibilidad —dijo Harry—, de que Xenophilius en realidad no sepa lo que significa el símbolo, los Lovegood son bastante… raros. Fácilmente podría haberlo copiado de algún lado y pensar que era una muestra representativa de un snorkack de cuerno arrugado o algo así.
—¿Una «muestrra» «reprresentativa» de un qué?
—Bueno, no sé lo que son, pero aparentemente él y su hija se van de vacaciones a buscarlos…
Harry presentía que no estaba defendiendo muy bien a Luna y su padre.
—Esa es ella —dijo, señalando a Luna, que todavía bailaba sola, ondeando las manos alrededor de la cabeza como si estuviera intentando repeler mosquitos.
—¿Por qué está haciendo eso? —preguntó Krum.
—Probablemente intenta deshacerse de un wrackspurt —dijo Harry, que reconocía los síntomas.
Krum no parecía saber si Harry le estaba o no tomándole el pelo. Sacó la varita del interior de su túnica y se dio con ella unos golpecitos amenazantes en los muslos; salieron chispas del extremo.
—¡Gregorovitch! —dijo Harry en voz alta, y Krum se sobresaltó, pero Harry estaba demasiado emocionado como para que le importase. El recuerdo le había llegado al ver la varita de Krum: Ollivander cogiéndola y examinándola cuidadosamente antes del Torneo de los Tres Magos.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Krum sospechoso.
—¡Hace varitas!
—Lo sé —dijo Krum.
—¡Hizo tu varita! Por eso pensé… Quidditch…
Krum cada vez lo miraba con más recelo.
—¿Cómo sabes que Gregorovitch hizo mi «varrita»?
—Yo… lo leí en alguna parte, creo —dijo Harry—. En una… una revista de fans —improvisó a lo loco, y Krum pareció apaciguarse.
—No me había dado cuenta de que alguna vez había hablado de mi «varrita» con fans —dijo.
—Entonces… eh… ¿dónde está Gregorovitch estos días?
Krum le miró perplejo.
—Se «retirró» hace bastantes años. Yo fui uno de los últimos en «comprrar» una «varrita» Gregorovitch. Son las «mejorres», aunque sé, por supuesto, que «vosotrros» los «brritánicos» le concedéis mucha «imporrtancia» a Ollivander.
Harry no respondió. Fingió observar a los que bailaban, como Krum, pero estaba profundamente ensimismado. Así que Voldemort estaba buscando a un célebre fabricante de varitas. Harry no tuvo que rebuscar mucho para encontrar una razón. Seguramente era por lo que había hecho la varita de Harry la noche en que Voldemort le había perseguido por los cielos. La varita de acebo y pluma de fénix había conquistado a la varita prestada, algo que Ollivander no había anticipado o entendido. ¿Sabría Gregorovitch más? ¿Realmente era más hábil que Ollivander, conocía secretos sobre varitas que Ollivander no conocía?
—Esa chica es muy bonita —dijo Krum, devolviendo a Harry al presente. Krum estaba señalando a Ginny, que se acababa de unir a Luna—. ¿También es familiar tuya?
—Sí —dijo Harry repentinamente irritado—, y sale con alguien. Del tipo celoso. Un tío grande. No querrías enfrentarte a él.
Krum gruñó.
—¿De qué sirve —dijo, vaciando su copa y poniéndose nuevamente de pie—ser jugador de Quidditch «interrnacional» si todas las chicas guapas están cogidas?
Y se marchó a grandes zancadas dejando solo a Harry, que cogió un sándwich de un camarero que pasaba y se acercó al borde de la atestada pista de baile. Quería encontrar a Ron, contarle lo de Gregorovitch, pero estaba bailando con Hermione en el centro de la pista. Harry se apoyó contra uno de los postes dorados y miró a Ginny, que ahora estaba bailando con Lee Jordan, el amigo de Fred y George, intentando no sentirse resentido por la promesa que había hecho a Ron.
Nunca antes había ido a una boda, así que no podía juzgar cuanto se diferenciaban las bodas mágicas de las muggles, aunque estaba bastante seguro de que estas últimas no tendrían una tarta de bodas coronada con dos modelos de fénix que echaron a volar cuando la tarta se cortó, o botellas de champán que flotaban por sí mismas entre la multitud. Cuando la tarde fue avanzando, y las polillas empezaron a colarse bajo el toldo, ahora iluminado con lámparas doradas flotantes, la juerga se fue volviendo cada vez más incontrolable. Fred y George habían desaparecido en la oscuridad hacía bastante tiempo, con un par de primas de Fleur; Charlie, Hagrid y un mago rechoncho con un sombrero de copa baja púrpura estaban cantando «Odo el Héroe» en la esquina.
Serpenteando entre la multitud para escapar de un tío borracho de Ron, que no estaba muy seguro de si Harry era o no su hijo, Harry localizó a un anciano mago sentado sólo en una mesa. Su nube de pelo blanco lo hacía parecer un viejo diente de león y estaba coronada por una capa comida por las polillas. Le resultaba vagamente familiar: estrujándose el cerebro, de repente Harry se dio cuenta que ese era Elphias Doge, miembro de la Orden del Fénix y el escritor de la nota necrológica de Dumbledore.
Harry se acercó a él.
—¿Puedo sentarme?
—Claro, claro —dijo Doge; tenía una voz bastante aguda y sibilante.
Harry se inclinó hacia delante.
—Señor Doge, soy Harry Potter.
Con un revoloteo de nervioso placer, Doge le sirvió a Harry una copa de champán.
—Pensé en escribirte —le susurró—, después de que Dumbledore… la conmoción… y para ti, estoy seguro…
Los ojillos de Doge se llenaron de repentinas lágrimas.
—Vi la nota necrológica que escribió para El Profeta —dijo Harry—. No me había percatado de que conocía tan bien al Profesor Dumbledore.
—Tan bien como cualquiera —dijo Doge, secándose los ojos con una servilleta—. Ciertamente yo era el que le conocía desde hacía más tiempo, sin contar a Aberforth, y por alguna razón, la gente nunca parece contar a Aberforth.
—Hablando de El Profeta… no sé si vio, señor Doge…
—Oh, por favor, llámame Elphias, querido muchacho.
—Elphias, no sé si vio la entrevista que Rita Skeeter concedió sobre Dumbledore.
La cara de Doge se invadió de un furioso rubor.
—Oh sí, Harry, la vi. Esa mujer, o buitre sería un término más apropiado, verdaderamente me atosigó para que hablase con ella. Me avergüenza de decir que fui bastante grosero, la llamé trucha entrometida, lo que dio como resultado, como habrás visto, calumnias acerca de mi cordura.
—Bueno, en esa entrevista —continuó Harry—, Rita Skeeter dejó caer que el Profesor Dumbledore se había interesado por las Artes Oscuras cuando era joven.
—¡No creas una palabra de eso! —dijo Doge al instante—. ¡Ni una palabra, Harry! ¡No dejes que nada estropee tus recuerdos de Dumbledore!
Harry estudió la sincera y dolorida cara de Doge, y no se sintió reconfortado, sino frustrado. ¿De verdad Doge creía que era tan fácil, que Harry simplemente podía escoger no creer? ¿No entendía Doge la necesidad de Harry de estar seguro, de saberlo todo?
Quizás Doge sospechaba cómo se sentía Harry, porque le miró preocupado y continuó con rapidez.
—Harry, Rita Skeeter es una terrible…
Pero fue interrumpido por un estridente graznido.
—¿Rita Skeeter? Oh, me encanta, ¡siempre la leo!
Harry y Doge levantaron la mirada para ver a la tía Muriel allí de pie, con las plumas bailando en su cabeza y una copa de champán en su mano.
—¡Ha escrito un libro sobre Dumbledore, ya sabéis!
—Hola Muriel —dijo Doge—. Sí, justo estábamos hablando…
—¡Tú! Dame tu silla, ¡que tengo ciento siete años!
Otro primo Weasley pelirrojo saltó de su asiento, con cara de alarma, y la tía Muriel giró el asiento con sorprendente fuerza y se sentó entre Doge y Harry.
—Hola otra vez Barny, o como quiera que te llames —le dijo a Harry—. Ahora, ¿qué estabas diciendo sobre Rita Skeeter, Elphias? ¿Sabes que escribió una biografía sobre Dumbledore? No puedo esperar para leerla. ¡Debo recordar encargarla en Flourish y Blotts!
Doge pareció rígido y solemne ante esto, pero la tía Muriel vació su copa y chasqueó los huesudos dedos a un camarero que pasaba para que le sirviese otra. Tomó otro largo trago de champaña, eructó y luego dijo.
—¡No hay necesidad de parecer un par de ranas disecadas! ¡Antes de llegar a ser tan respetado y respetable y todo eso, hubo algunos rumores muy curiosos sobre Albus!
—Propaganda mal informada —dijo Doge, volviendo a ponerse como un rábano.
—Eso lo dirás tú, Elphias —carcajeó la tía Muriel—. ¡Ya me di cuenta de cómo trataste muy por encima las manchas bochornosas en esa nota necrológica tuya!
—Siento que pienses así —dijo Doge, todavía con más frialdad—. Te aseguro que lo escribí desde el corazón.
—Oh, todos sabemos que venerabas a Dumbledore; ¡me atrevería a decir que todavía creerás que era un santo incluso si sale que se deshizo de su hermana squib!
—¡Muriel! —exclamó Doge.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con el champagne helado se estaba introduciendo en el pecho de Harry.
—¿Qué quiere decir? —preguntó a Muriel—. ¿Quién dice que su hermana era una squib? Yo creía que estaba enferma.
—¡Creíste mal, entonces, eh, Barny! —dijo la tía Muriel, que parecía encantada por el efecto que había provocado—. De todas formas, ¿cómo puedes esperar saber algo de eso? Pasó muchos años antes de que siquiera fueses planeado, cariño, y la verdad es que aquellos de nosotros que estábamos vivos entonces nunca supimos lo que pasó en realidad. ¡Por eso no puedo esperar a saber lo que Skeeter ha desenterrado! ¡Dumbledore mantuvo a su hermana escondida durante demasiado tiempo!
—¡Falso! —siseó Doge—. ¡Totalmente falso!
—Nunca me contó que su hermana fuese una squib —dijo Harry, sin pensar, todavía helado en su interior.
—¿Y por qué iba a habértelo contado? —chilló Muriel, tambaleándose un poco en su asiento al intentar centrarse en Harry.
—La razón por la que Albus nunca hablaba de Ariana —empezó Elphias con la voz tensa por la emoción—, es, me parece, bastante clara. Estaba tan destrozado por su muerte…
—¿Por qué nadie la vio nunca, Elphias? —graznó Muriel—. ¿Por qué la mitad de nosotros nunca supo siquiera que existía hasta que sacaron el ataúd de la casa y celebraron un funeral por ella? ¿Dónde estaba el santo Albus mientras Ariana estaba encerrada en el sótano? ¡Lejos, brillando en Hogwarts, y sin importarle lo que pasaba en su propia casa!
—¿Qué quiere decir, encerrada en el sótano? —preguntó Harry—. ¿Qué es esto?
Doge parecía desconsolado. La tía Muriel se carcajeó otra vez y respondió a Harry.
—La madre de Dumbledore era una mujer espantosa, simplemente espantosa. De padres muggles, aunque ha oído que fingía lo contrario…
—¡Nunca fingió nada por el estilo! Kendra era una buena mujer —susurró Doge tristemente, pero la tía Muriel le ignoró.
—…orgullosa y muy dominante, el tipo de bruja que se sentiría mortificada por dar a luz a una squib…
—¡Ariana no era una squib! —siseó Doge.
—¡Eso dices tú, Elphias, pero explica entonces porqué nunca fue a Hogwarts! —dijo la tía Muriel. Se dio la vuelta hacia Harry—. En nuestros tiempos, a menudo los squibs eran acallados, aunque llegar al extremo de encerrar a una niña pequeña en la casa y fingir que no existía…
—¡Te estoy diciendo que eso no es lo que pasó! —dijo Doge, pero la tía Muriel continuó como una apisonadora, todavía dirigiéndose a Harry.
—A menudo enviaban a los squibs a escuelas muggles y los animaban a integrarse en la comunidad muggle… algo mucho más amable que intentar encontrarles un lugar en el mundo mágico, donde siempre serían de ciudadanos de segunda clase, pero naturalmente a Kendra Dumbledore no se le habría pasado por la cabeza dejar ir a su hija a un colegio muggle…
—¡Ariana era delicada! —dijo Doge desesperado—. Su salud siempre fue demasiado frágil para permitirle…
—¿…permitirle salir de casa? —carcajeó Muriel—. ¡Y aún así nunca la llevaron a San Mungo y tampoco llamaron a ningún sanador para que la viese!
—De verdad, Muriel, ¿cómo puedes saber si…?
—Para tu información, Elphias, mi primo Lancelot era sanador en San Mungo en esa época, y contó a mi familia en la más estricta confidencialidad que nunca se había visto a Ariana por allí. ¡Todo muy sospechoso, creía Lancelot!
Doge parecía estar al borde de las lágrimas. La tía Muriel, que parecía estarse divirtiendo mucho, chasqueó los dedos para pedir más champagne. Casi paralizado, Harry pensó en cómo los Dursleys una vez le habían encerrado, mantenido bajo llave, escondido fuera de la vista, todo por el crimen de ser mago. ¿Había sufrido la hermana de Dumbledore el mismo destino pero a la inversa: encerrada por su falta de magia? ¿Y realmente Dumbledore la había dejado a su suerte mientras se iba a Hogwarts para demostrar su brillantez y talento?
—Ahora bien, si Kendra no hubiese muerto primero —continuó Muriel—, habría dicho que fue ella quien mató a Adriana…
—¡Cómo te atreves, Muriel! —gimió Doge—. ¿Que una madre mate a su propia hija? ¡Piensa en lo que estás diciendo!
—Si la madre en cuestión era capaz de encerrar a su hija durante años hasta el final, ¿por qué no? —la tía Muriel se encogió de hombros—. Pero como dije, no concuerda, porque Kendra murió antes que Adriana… de qué, nadie nunca ha estado seguro…
“Sí, Ariana pudo haber hecho un desesperado intento de fuga y matar a Kendra en el forcejeo —dijo la tía Muriel pensativamente—. Sacude la cabeza todo lo que quieras, Elphias. Estuviste en el funeral de Ariana, ¿verdad?
—Sí estuve —dijo Doge, con los labios temblorosos—, y no puedo recordar una situación más desesperadamente triste. Albus tenía el corazón roto…
—Su corazón no fue lo único. ¿No le rompió Aberforth la nariz cuando había transcurrido la mitad de la ceremonia?
Si Doge había parecido horrorizado antes de esto, no era nada comparado con cómo se veía ahora. Muriel bien podría haberle clavado un cuchillo. Ella se carcajeó ruidosamente y tomó otro trago de champagne, que le bajó goteando por la barbilla.
—¿Cómo sabes…? —graznó Doge.
—Mi madre era amiga de la vieja Bathilda Bagshot —dijo la tía Muriel con alegría—. Bathilda le describió todo lo que había pasado a mi madre mientras yo escuchaba tras la puerta. Una pelea junto al ataúd, por como Bathilda lo contó. Aberforth gritó que era todo culpa de Albus que Ariana estuviese muerta y después le golpeó en la cara. Según Bathilda, Albus ni siquiera se defendió, y eso ya es bastante raro. albus podría haber acabado con Aberforth en un duelo con las dos manos atadas a la espalda.
Muriel tragó todavía más champagne. Recitar aquellos viejos escándalos parecían haberla llenado de euforia tanto como habían horrorizado a Doge. Harry no sabía qué pensar, qué decir. Quería la verdad, y aún así todo lo que Doge hacía era permanecer sentado y comentar débilmente que Ariana había estado enferma. Harry apenas podía creer que Dumbledore no hubiese intervenido si semejante crueldad hubiera estado pasado dentro de su propia casa, y aún así indudablemente había algo raro en la historia.
—Y te diré algo más —dijo Muriel, hipando ligeramente al bajar su copa—. Creo que Bathilda se lo ha contado todo a Rita Skeeter. Todas esas insinuaciones en la entrevista de Skeeter sobre una importante fuente cercana a los Dumbledore… Dios sabe que ella estaba allí durante todo el asunto de Ariana, ¡y encajaría!
—¿Bathilda Bagshot? —dijo Harry—. ¿La autora de Historia de la Magia?
El nombre estaba impreso en la portada de uno de los libros de Harry, aunque tenía que admitir que no de uno de los que había leído más atentamente.
—Sí —dijo Doge, aferrándose a la pregunta de Harry como un hombre a punto de morir a su único heredero vivo—. Una de las historiadoras mágicas de más talento y una vieja amiga de Albus.
—Chochea bastante estos días, por lo que he oído —dijo la tía Muriel alegremente.
—Si es así, es todavía menos honorable por parte de Skeeter haberse aprovechado de ella —dijo Doge—, ¡y no se le puede conceder credibilidad a cualquier cosa que Bathilda pueda haber dicho!
—Oh, hay formas de hacer que vuelvan los recuerdos, y estoy segura de que Rita Skeeter las conoce todas —dijo la tía Muriel—. Pero incluso si Bathilda está completamente chiflada, estoy segura de que todavía tendrá viejas fotografías, tal vez incluso cartas. Conocía a los Dumbledore desde hacía años… eso bien merecería un viaje al valle de Godric, diría yo.
Harry, que estaba tomando un sorbo de cerveza de mantequilla, se atragantó. Doge le golpeó en la espalda mientras Harry tosía, mirando a la tía Muriel con ojos llorosos.
—¿Bathilda Bagshot vive en el valle de Godric? —preguntó, una vez retomó el control de su voz.
—¡Oh, sí, siempre ha vivido allí! Los Dumbledore se mudaron después de que Percival fuese encerrado, y ella era su vecina.
—¿Los Dumbledore vivían en el valle de Godric?
—Sí, Barny, eso es lo que acabo de decir —dijo la tía Muriel con irritación.
Harry se sintió drenado, vacío. Ni una vez en seis años, le había contado Dumbledore que ambos habían vivido y perdido seres amados en el valle de Godric. ¿Por qué? ¿Estaban Lily y James enterrados cerca de la madre y la hermana de Dumbledore? ¿Había visitado Dumbledore sus tumbas, quizás pasando junto a las de Lily y James al hacerlo? Y ni una vez se lo había dicho a Harry… nunca se había molestado en decir…
Y por qué era tan importante, Harry no se lo podía explicar ni a sí mismo, pero aún así sentía que equivalía a una mentira el no decirle que habían tenido ese lugar y esas experiencias en común. Miró hacia delante, apenas notando lo que sucedía a su alrededor, y no se dio cuenta de que Hermione había aparecido entre la multitud hasta que puso una silla a su lado.
—Simplemente no puedo bailar más —jadeó, quitándose uno de los zapatos y frotándose el talón—. Ron ha ido a buscar más cervezas de mantequilla. Es un poco raro. Acabo de ver a Viktor alejándose furioso del padre de Luna, parecía que habían discutido… —su voz se apagó, y lo miró fijamente—. Harry, ¿estás bien?
Harry no sabía por donde empezar, pero no importó. En ese momento, algo grande y plateado apareció cayendo entre las ramas de los árboles y la carpa hasta la pista de baile. Grácil y brillante, el lince aterrizó con suavidad en el medio de los asombrados bailarines. Las cabezas se giraron, y aquellos que estaban cerca se quedaron congelados absurdamente en medio del baile. Entonces la boca del patronus se abrió y habló con la fuerte, profunda y lenta voz de Kingsley Shacklebolt.


El Ministerio ha caído. Scrimgeour está muerto. Vienen de camino.

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