jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 30

LA DIMISIÓN DE SEVERUS SNAPE

En el momento que EL dedo tocó la Marca, la cicatriz de Harry ardió salvajemente, la estrellada habitación desapareció de la vista, y se encontró de pie sobre el saliente de una roca bajo un acantilado; el mar se movía a su alrededor y había triunfo en su corazón. Tenían al chico.
Un fuerte golpe trajo a Harry de vuelta a la realidad. Desorientado, alzó la varita, pero la bruja que tenía ante él ya estaba cayendo. Golpeó contra el suelo, tan fuerte que los cristales de la librería tintinearon.
—Nunca he Aturdido a nadie excepto en nuestras lecciones del E.D., —dijo Luna, sonando medianamente interesada—. Hizo más ruido del que pensé que haría.
Y efectivamente, el techo había empezado a temblar con carreras apresuradas, el eco de pasos crecía en intensidad tras la puerta que conducía a los dormitorios. El hechizo de Luna había despertado a los Rawenclaws que dormían arriba.
—¿Luna, dónde estás? ¡Tengo que meterme bajo la Capa!
Los pies de Luna aparecieron de la nada. Harry corrió a su lado y dejó caer la Capa sobre ellos justo cuando la puerta se abría y una riada de Ravenclaw, todos ellos en pijama, inundaron la sala común. Hubo jadeos y gritos de sorpresa cuando vieron a Alecto yaciendo allí inconsciente. La rodearon lentamente, una bestia salvaje que podía despertar en cualquier momento y atacarles. Entonces un valiente pequeño de primero se adelantó y la pinchó en el trasero con el dedo gordo del pie.
—¡Creo que podría estar muerta! –gritó con deleite.
—Oh mira, —susurró Luna felizmente, mientras los Ravenclaw se apiñaban alrededor de Alecto—. ¡Están encantados!
—Bravo... genial...
Harry cerró los ojos, y cuando la cicatriz latió eligió hundirse de nuevo en la mente de Voldemort. Se movía a lo largo de un túnel en la primera cueva. Había escogido asegurarse de que el guardapelo estaba bien antes de ir a... pero no le llevaría mucho tiempo...
Se oyó un golpe en la puerta de la sala común y cada uno de los Ravenclaw se quedó helado. Desde el otro lado, Harry oyó la suave y musical voz que surgía del picaporte en forma de águila.
—¿Adónde van los objetos Desaparecidos?
—¿Y yo que sé? ¡Cállate! –gruñó una voz grosera que Harry conocía como la del hermano de Carrow, Amycus—, ¿Alecto? ¿Alecto? ¿Estás allí? ¿Le tienes? ¡Abran la puerta!
Los Ravenclaws susurraban entre ellos, aterrorizados. Luego sin ninguna advertencia, hubo una serie de fuertes golpes, como si alguien disparara un arma contra la puerta.
—¡ALECTO! Si viene, y no tenemos a Potter... ¿Quieres seguir el mismo camino que los Malfoy? ¡CONTÉSTAME! –bramó Amycus sacudiendo la puerta con todas sus fuerzas, pero ni aun así la puerta se abrió. Los Ravenclaws estaban todos en la parte de atrás, y algunos de los más asustados echaron a correr por las escaleras hacia sus camas. Luego, justo cuando Harry se estaba preguntando si debía o no abrir la puerta de golpe y Aturdir a Amycus antes de que el mortífago pudiera hacer algo más, una segunda voz mucho más familiar se oyó tras la puerta.
—¿Puedo preguntar que está usted haciendo, Profesor Carrow?
—¡Intento... conseguir... traspasar esta maldita... puerta! –gritó Amycus—. ¡Ve y traéme a Flitwick! ¡Oblígueles a abrirla, ahora mismo!
—¿Pero no está su hermana ahí? —preguntó la Profesora McGonagall—. ¿No Profesor? Flitwick la dejó ahí esta tarde más temprano, ante su urgente petición ¿No podría ella abrirle la puerta? Así no necesitaría despertar a medio castillo.
—¡No contesta, vieja escoba! ¡Ábrala! ¡Demonios! ¡Hágalo ahora!
—Si de verdad lo desea —dijo la profesora McGonagall, con gran frialdad. Se oyó un gentil golpe de la aldaba y la voz musical preguntó otra vez.
—¿Adónde van los objetos Desaparecidos?
—A la no existencia, lo que quiere decir al todo, —replicó la profesora McGonagall.
—Muy bien expresado —respondió la aldaba con forma de águila, y la puerta se abrió suavemente.
Los pocos Ravenclaws que se habían quedado atrás corrieron rápidamente hacia las escaleras cuando Amycus apareció en el umbral blandiendo su varita. Encorvado como su hermana, tenía una cara pálida y fofa y ojos diminutos, que cayeron de inmediato sobre Alecto, tendida inmóvil en el suelo.
Dejó escapar un grito de furia y miedo.
—¿Qué habéis hecho, jovencitos? –gritó—. Voy a imponer la Maldición Cruciatus a un buen montón de ellos hasta que me digan quién lo hizo… ¿y qué voy a decirle al Señor Tenebroso? –chilló, de pie sobre su hermana y golpeándose la frente con el puño—, ¡No lo tenemos, se han ido y la han matado!
—Sólo está Aturdida, —dijo impaciente la profesora McGonagall que se había inclinado para examinar a Alecto—. Se pondrá bien.
—¡No creo! –bramó Amycus—. ¡No después de que el Señor Tenebroso acabe con ella! Está acabada y borrada para él, siento arder mi Marca. ¡Y cree que tenemos a Potter!
—¿Tenemos a Potter? –dijo la profesora McGonagall bruscamente—, ¿Qué quiere decir, “tenemos a Potter”?
—Él nos dijo que Potter intentaría entrar en la Torre de Ravenclaw, ¡y nos envió aquí para atraparle!
—¿Por qué trataría Harry Potter de entrar en la Torre de Ravenclaw? ¡Potter pertenece a mi Casa!
Bajo la incredulidad y la cólera, Harry oyó un pequeño dejo de orgullo en su voz y el afecto que sentía hacia Minerva McGonagall brotó en su interior.
—¡Nos informaron de que podría presentarse aquí! –dijo Carrow—. No sé por qué.
La profesora McGonagall se levantó y sus pequeños ojos brillantes recorrieron la habitación. Dos veces pasaron por encima del lugar dónde estaban Harry y Luna.
—Podemos cargárselo a los chicos, —dijo Amycus, su cara de cerdo repentinamente astuta—. Bravo, eso es lo que haremos. Le diremos que Alecto fue emboscada por los niños, los niños de arriba —se quedó mirando el techo estrellado hacia el dormitorio— y le diremos que ellos la obligaron a tocarse la Marca, y así fue como se produjo la falsa alarma… Puede castigarlos a ellos. ¿Un par de chicos más o menos, qué diferencia hay?
—La única diferencia es la que hay entre la verdad y la mentira, el valor y la cobardía, —dijo la profesora McGonagall, que se puso pálida—, una diferencia, en resumen, que usted y su hermana parecen incapaces de apreciar. Pero déjeme dejarle una cosa muy clara. No va a cargar las culpas de sus numerosas ineptitudes a los estudiantes de Hogwarts. No lo permitiré.
—¿Perdón?
Amycus se movió hasta que estuvo ofensivamente cerca de la profesora McGonagall, con la cara a pocas pulgadas de la de ella. McGonagall se negó a dar un pasó atrás, en lugar de eso bajó la mirada hacia él como si fuera algo repugnante que hubiera encontrado pegado al retrete.
—La cuestión no es que tú lo permitas, Minerva McGonagall. Tu tiempo ya pasó. Nosotros estamos al cargo ahora, y me respaldarás o pagarás el precio.
Y le escupió en la cara.
Harry se sacó la Capa de encima, alzó la varita, y dijo,
—No deberías haber hecho esto.
Cuando Amycus se giraba, Harry gritó,
—¡Crucio!
El mortífago se levanto sobre sus pies. Se contorsionó en el aire como un ahogado, azotado y aullando de dolor, y entonces, con un crujido y un estallido de cristales, y se estrelló contra la librería y cayó acurrucado e insensible en el suelo.
—Ya veo lo que quería decir Bellatrix, —dijo Harry, con la sangre tronando a través de su cerebro—, es necesario desearlo realmente.
—¡Potter! –susurró la profesora McGonagall, aferrándose el corazón— ¡Potter… estás aquí! ¿Qué…? ¿Cómo…? –Luchó para recobrar la compostura—. ¡Potter, eso ha sido una locura!
—Le escupió, —dijo Harry.
—Potter, yo… eso es muy… galante por tu parte… ¿pero no te das cuenta…?
—Sí, me doy cuenta, —le aseguró Harry. En cierta forma su pánico le estabilizó—. Profesora McGonagall, Voldemort está en camino.
—¿Oh, ahora se nos permite pronunciar el nombre? –preguntó Luna con un aire de interés, quitándose la Capa de Invisibilidad. La aparición de un segundo proscrito pareció abrumar a la Profesora McGonagall, que se tambaleó hacia atrás y cayó en una silla cercana, aferrándose el cuello de su viejo camisón de tartán.
—No creo que haya ninguna diferencia en como le llamemos, —dijo Harry a Luna—. Ya sabe dónde estoy.
Una parte distante del cerebro de Harry, esa parte conectada a la inflamada y ardiente cicatriz, podía ver a Voldemort navegando rápidamente sobre el oscuro lago en un fantasmagórico bote verde… Casi había alcanzado la isla donde estaba la vasija de piedra…
—Debéis escapar, —susurró la profesora McGonagall—, ¡Ahora Potter, tan rápido como podáis!
—No puedo, —dijo Harry—. Hay algo que tengo que hacer. Profesora, ¿Sabe dónde está la diadema de Ravenclaw?
—¿La d—diadema de Ravenclaw? Por supuesto que no… ha estado perdida durante siglos. –Se sentó un poco más erguida—. Potter, ha sido una locura, una auténtica locura por tu parte, entrar en este castillo…
—Tenía que hacerlo, —dijo Harry—. Profesora, hay algo escondido aquí que se supone debo encontrar, y podría ser la diadema… si al menos pudiera hablar con el profesor Flitwick…
Se oyó un movimiento, un tintineo de cristal. Amycus se estaba dando la vuelta.
Antes de que Harry o Luna pudieran actuar, la profesora McGonagall se levantó, apuntando la varita hacia el atontado mortífago, dijo,
—Imperio.
Amycus se levantó, caminó hacia su hermana, recogió la varita de esta, luego se encaminó obedientemente hacia la profesora McGonagall y se la entregó junto con la suya. Luego se echó en el suelo junto a Alecto. La profesora McGonagall agitó su varita otra vez, y una cuerda brillante de plata apareció por arte de magia y reptó alrededor de los Carrows, atándolos juntos firmemente.
—Potter, —dijo la profesora McGonagall, volviendo de nuevo la cara hacia él con soberbia indiferencia hacia el apuro de los Carrows—. Si El—que—no—debe—ser—nombrado se entera de que estás aquí…
Mientras decía esto, un arranque de cólera, como un dolor físico, atravesó a Harry dejando ardorosa su cicatriz, y por un segundo bajó la mirada a una vasija cuya poción se había vuelto clara, y vio que ningún guardapelo de oro yacía seguro bajo la superficie.
—Potter, estás bien. –dijo una voz, y Harry regresó. Estaba aferrado al hombro de Luna para estabilizarse.
—El tiempo vuela, Voldemort se está acercando, profesora, actuó bajo las ordenes de Dumbledore, ¡debo encontrar lo que él quería que encontrara! Pero tenemos que evacuar a los estudiantes mientras registro el castillo. Es a mí a quien Voldemort quiere, pero no le importará matar a unos pocos más o menos, no ahora… —“No ahora que sabe que estoy acabando con los Horrocruxes”, Harry terminó la frase en su cabeza.
—¿Actúas bajo las órdenes de Dumbledore? –repitió ella con una mirada de creciente asombro. Luego se alzó en toda su estatura—. Debemos asegurar la escuela contra El—que—no—debe—ser—nombrado mientras buscas ese… ese objeto.
—¿Es eso posible?
—Por supuesto que sí, —dijo la profesora McGonagall secamente—, los profesores somos bastante hábiles con la magia, sabes. Estoy segura que seremos capaces de mantenerle alejado un rato si ponemos todo nuestro empeño en ello. Por supuesto, tendremos que hacer algo con el profesor Snape…
—Déjeme…
—…y si Hogwarts está a punto de entrar en un estado de sitio, con el Señor Tenebroso a sus puertas, ciertamente sería aconsejable apartar a cuanta más gente inocente sea posible del camino. Con las comunicaciones Flu bajo su control y la Aparición imposible siquiera en los terrenos…
—Hay una forma, —dijo Harry rápidamente, y le habló del pasadizo cuya entrada se escondía en Cabeza del Puerco.
—Potter, estamos hablando de cientos de estudiantes…
—Lo sé, profesora, pero si Voldemort y los mortífagos se concentran en los límites de la escuela no se interesarán en nadie que se Desaparezca fuera de Cabeza del Puerco.
—Hay algo de razón eso, —estuvo ella de acuerdo. Apuntó la varita hacia los Carrows, y una red plateada cayó sobre sus cuerpos unidos, se ató a su alrededor, y los alzó en el aire, dónde quedaron suspendidos bajo el techo azul y dorado como dos grandes y feas criaturas marinas—. Vamos. Tenemos que alertar a los otros Jefes de Casas. Mejor te vuelves a poner la Capa.
Marchó hacia la puerta y mientras lo hacía alzó la varita. De la punta salieron tres gatos plateados con espectaculares marcas alrededor de los ojos. Los Patronus corrían lustrosos delante, llenando la escalera de caracol de luz plateada, mientras la profesora MacGonagall, Harry y Luna bajaban corriendo.
Recorrieron los pasillos velozmente, y uno a uno los Patronus les abandonaron. El camisón de tartán de la profesora McGonagall susurraba contra el suelo, y Harry y Luna trotaban tras ella bajo la Capa.
Habían descendido dos pisos más cuando tropezaron con alguien.
Harry, cuya cicatriz todavía picaba, lo oyó primero. Rebuscó en la bolsa que llevaba alrededor del cuello, buscando el Mapa del Merodeador, pero antes de que pudiera hacerse cargo del asunto, McGonagall también pareció caer en la cuenta de que tenían compañía. Se detuvo, alzó la varita preparada para un duelo, y dijo,
—¿Quién anda ahí?
—Soy yo, —dijo una voz grave.
Desde detrás de una armadura salió Severus Snape.
El odio hirvió en Harry ante su visión. Había olvidado los detalles de la apariencia de Snape ante la magnitud de sus crímenes, olvidando cuan grasiento era su cabello negro colgando en cortinas alrededor de su delgada cara, cuan fría y mortífera la mirada de sus negros ojos. No llevaba pijama, pero estaba vestido con su habitual capa negra, y también sujetaba la varita preparado para una pelea.
—¿Dónde están los Carrows? –preguntó con tranquilidad.
—Donde quiera que les dijeras que fueran, supongo, Severus, —dijo la profesora McGonagall.
Snape se acercó unos pasos, y sus ojos revolotearon de la profesora McGonagall al aire a su alrededor, como si supiera que Harry estaba allí. Harry sostenía la varita en alto también, preparado para el ataque.
—Me dio la impresión, —dijo Snape— de que Alecto había detenido a un intruso.
—¿De verdad? –dijo la profesora McGonagall—. ¿Y qué te dio esa impresión?
Snape hizo una leve flexión con su brazo izquierdo, dónde la Marca Oscura estaba grabada en su piel.
—Oh, pero naturalmente, —dijo la profesora McGonagall—. Vosotros los mortífagos tenéis vuestras formas de comunicaros, lo olvidaba.
Snape fingió no haberla oído. Sus ojos todavía sondeaban el aire a alrededor de McGonagall, y se acercaba gradualmente, como sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—No sabía que era tu turno de patrullar los pasillos Minerva.
—¿Alguna objeción?
—Me pregunto qué te ha sacado de la cama a estas horas tardías.
—Creí haber oído un alboroto, —dijo la profesora McGonagall.
—¿De verdad? Pues todo parece en calma.
Snape la miró a los ojos.
—¿Ha visto a Harry Potter, Minerva? Porque si lo ha visto. Tengo que insistir…
La profesora McGonagall se movió más rápidamente de lo que Harry la hubiera creído capaz. Su varita cortó el aire y durante una fracción de segundo Harry creyó que Snape se arrugaría y caería inconsciente, pero la rapidez de su Hechizo Protego fue tal que McGonagall perdió el equilibrio. Blandió su varita en una floritura y a un toque de la misma contra la pared la voló de su soporte. Harry, a punto de maldecir a Snape, se vio forzado a apartar a Luna del camino de las llamas descendentes, las cuales se convirtieron en un anillo de fuego que llenó el pasillo y volvió volando como un lazo hacia Snape…
Al momento ya no fue fuego, sino una gran serpiente negra que McGonagall hizo estallar convirtiéndola en humo, que luego se reagrupó y solidificó en segundos para convertirse en un enjambre de dagas perseguidoras. Snape las evitó simplemente forzando a la armadura a ponerse frente a él, y con golpes resonantes, las dagas se hundieron, una tras otra, en el pecho de esta.
—¡Minerva! –dijo una voz chirriante, y mirando tras de él, todavía escudando a Luna de los hechizos que volaban por todas partes, Harry vio al profesor Flitwick y a Sprout corriendo por el pasillo hacia ellos en pijama, con el enorme profesor Slughorn resoplando en la retaguardia.
—¡No! –chilló Flitwick, alzando la varita—. ¡No matarás a nadie más en Hogwarts!
El hechizo de Flitwick golpeó la armadura tras la cual Snape se había escudado. Con un estrépito, esta volvió a la vida. Snape luchó por liberarse de los aplastantes brazos y los envió volando hacia sus atacantes. Harry y Luna se lanzaron a un lado para evitarlos mientras los restos de la armadura se estrellaban contra la pared y se hacían añicos. Cuando Harry alzó la mirada, Snape estaba en plena huída, y McGonagall, Flitwick y Sprout corrían tras él.
Le vieron lanzarse a través de la puerta de una clase y, momentos más tarde, se oyó el grito de McGonagall,
—¡Cobarde! ¡COBARDE!
—¿Qué pasa, qué está pasando? –preguntó Luna.
Harry tiró de ella y corrieron rápidamente por el pasillo, arrastrando la Capa de Invisibilidad tras ellos, hasta el interior de la clase desierta dónde los profesores McGonagall, Flitwick y Sprout estaban de pie frente a la ventana rota.
—Ha saltado, —dijo la profesora McGonagall cuando Harry y Luna entraron corriendo en la habitación.
—¿Quiere decir que está muerto? –Harry corrió velozmente hacia la ventana, ignorando los gritos de sorpresa de Flitwick y Sprout ante su repentina aparición.
—No, no está muerto, —dijo McGonagall con amargura—. A diferencia de Dumbledore, todavía llevaba la varita… y parece haber aprendido unos cuantos trucos de su maestro.
Con un matiz de horror, Harry vio en la distancia una enorme forma de murciélago volando a través de la oscuridad hacia los muros de Hogwarts.
Se oyeron pasos pesados tras ellos, y una gran cantidad de resoplidos. Slughorn los había alcanzado.
—¡Harry! –Resolló, masajeándose el inmenso pecho bajo el pijama de seda verde esmeralda—. Mi querido muchacho… qué sorpresa… Minerva, por favor explícate… Severus… ¿qué?
—Nuestro director se ha tomado un breve descanso, —dijo la profesora McGonagall, señalando hacia el agujero con la forma de Snape de la ventana.
—¡Profesora! –gritó Harry con la mano en la frente. Podía ver a los Inferi del lago deslizándose bajo él, y pudo sentir un fantasmagórico bote verde golpear el fondo en la orilla, y Voldemort salió de él con la muerte en su corazón…
—Profesora, tenemos que atrincherar la escuela. ¡Ya viene!
—Muy bien. El—que—no—debe—ser—nombrado está en camino —informó a los demás profesores.
Sprout y Flitwick ahogaron un grito. Slughorn dejó escapar un gemido por lo bajo.
–Potter tiene un trabajo que hacer en el castillo bajo las órdenes de Dumbledore. Tendremos que levantar cada protección que seamos capaces de idear mientras Potter hace lo que tiene que hacer.
—¿Te das cuenta, por supuesto, de que nada de lo que seamos capaces de hacer para mantener fuera a El—que—no—debe—ser—nombrado será indefinido? –chilló Flitwick.
—Pero podemos retrasarle –dijo la profesora Sprout.
—Gracias, Pomona –dijo la profesora McGonagall, y entre las dos brujas pasó una corriente de entendimiento—. Sugiero que establezcamos una protección básica alrededor del lugar, luego congregaremos a los alumnos y nos reuniremos en el Gran Salón. La mayoría deben ser evacuados, sin embargo si cualquiera que sea mayor de edad desea quedarse y luchar creo que deberíamos darle la oportunidad.
—De acuerdo, —dijo la profesora Sprout, apresurándose hacia la puerta—. Nos encontraremos en el Gran Salón en veinte minutos con los de mi Casa.
Y mientras se perdía de vista al trote, podían oír sus murmullos,
—Tentácula, Trampas Malditas. Y Vainas de Snargaluff… sí, quiero ver a los mortífagos peleando con eso.
—Yo puedo actuar desde aquí, —dijo Flitwick, y aunque apenas podía asomarse fuera, apuntó con la varita a través de la ventana rota y empezó a murmurar conjuros de enorme complejidad. Harry oyó un extraño ruido de precipitación, como si Flitwick hubiera desatado el poder del viento en los jardines.
—Profesor, —dijo Harry mientras se acerba al pequeño Profesor de Encantamientos—. Profesor, siento interrumpirle, pero es importante. ¿Tiene alguna idea de dónde puede estar la diadema de Ravenclaw?
—… Protego Horribilis… ¿la diadema de Ravenclaw? –chilló Flitwick—. Un pequeño extra de sabiduría nunca viene mal, Potter, pero no creo que fuera a ser de mucha utilidad en esta situación.
—Sólo quise decir… ¿sabe dónde está? ¿La ha visto alguna vez?
—Verla. ¡Nadie la ha visto desde que tengo memoria! Hace mucho que se perdió, chico.
Harry sintió una mezcla de desesperada decepción y pánico. ¿Cuál era entonces el Horrocrux?
—¡Nos reuniremos con usted y sus Ravenclaw en el Gran Salón, Filius! –dijo la profesora McGonagall, llamando por señas a Harry y Luna para que la siguieran.
Justo habían alcanzado la puerta cuando Slughorn habló con tono sordo.
—¡Dios mío!, —resopló, pálido y sudoroso, su bigote de morsa temblaba—. ¡Qué jaleo! No estoy del todo seguro de que esto esa inteligente, Minerva. Seguro que va a encontrar la forma de entrar, sabes, y todo el que haya intentado retrasarle estará en el más grave de los peligros…
—Les esperaré también a usted y a los de Slytherin en el Gran Salón en veinte minutos. –dijo la profesora McGonagall—. Si desea irse con sus alumnos no le detendremos. Pero si haces algún intento de sabotaje a nuestra resistencia o te levantases en armas contra nosotros en el interior del castillo, entonces, Horacio, será un duelo a muerte.
—¡Minerva! –dijo, horrorizado.
—Ha llegado el momento de que la Casa Slytherin deje claras sus lealtades, —interrumpió la profesora McGonagall—. Ve y despierta a los estudiantes, Horacio.
Harry no se quedó a observar el balbuceo de Slughorn. Él y Luna permanecieron tras la profesora McGonagall, quien había asumido una posición en medio del pasillo y alzado la varita.
—Piertotum… oh, por el amor de Dios, Filch, ahora no…
El anciano conserje había entrado en su campo de visión cojeando, y gritando.
—¡Estudiantes fuera de sus camas! ¡Estudiantes en los pasillos!
—¡Se supone que tienen que estar ahí, idiota balbuceante! –gritó McGonagall—. ¡Ahora váyase y haga algo constructivo! ¡Encuentre a Peeves!
—¿P—Peeves? –tartamudeó Filch como si no hubiera oído nunca antes el nombre.
—¡Sí, Peeves, no se haga el tonto, Peeves! ¿No se ha estado quejando de él durante un cuarto de siglo? Vaya y tráigalo, enseguida.
Filch evidentemente pensó que la profesora McGonagall se había vuelto loca, pero marchó cojeando, con los hombros caídos, murmurando por lo bajo.
—Y ahora… ¡Piertotum Locomator! –gritó la profesora McGonagall. Y a lo largo del pasillo las estatuas y armaduras saltaron de sus pedestales, y por el eco de los choques en los pisos de arriba y abajo Harry supo que los miembros de todo el profesorado habían hecho lo mismo.
—¡Hogwarts está amenazada! –gritó la profesora McGonagall—. ¡Hombres a sus puestos, protegednos, cumplid vuestro deber para con nuestra escuela!
Hablando rápidamente y a gritos, la horda de estatuas en movimiento pasando precipitadamente junto a Harry; algunos de ellos más pequeños, otros más altos que en vida. También había animales, y se oía el sonido metálico de las armaduras blandiendo espadas y cadenas con bolas de púas.
—Ahora, Potter, —dijo McGonagall—, usted y la señorita Lovegood harán bien en volver con sus amigos y traerlos al Gran Salón… yo despertaré a los demás Gryffindors.
Partieron hacia lo alto de la siguiente escalera, Harry y Luna se dirigieron hacia la entrada oculta de la Sala de los Menesteres. Mientras corrían, se encontraron con tropeles de estudiantes, la mayoría llevaban capas de viaje sobre los pijamas, siendo guiados hacia el Gran Salón por los profesores y prefectos.
—¡Es Potter!
—¡Harry Potter!
—¡Era él, lo juro, acabo de verlo!
Pero Harry no miró hacia atrás, y al fin alcanzaron la entrada de la Sala de los Menesteres. Harry se apoyó en la pared encantada, la cual se abrió permitiéndoles entrada, y él y Luna bajaron rápidamente los escalones.
—¿Qu…?
Cuando la habitación estuvo a la vista, Harry resbaló unos pocos escalones del susto. Estaban apiñados, muchos más que cuando había estado allí la última vez. Kingsley y Lupin alzaron la vista hacia él, estaban Oliver Wood, Katie Bell, Angelina Johnson y Alicia Spinnet, Bill y Fleur, y el Señor y la Señora Weasley.
—¿Harry qué sucede? –dijo Lupin, reuniéndose con él al pie de las escaleras.
—Voldemort está en camino, están atrincherando la escuela… Snape ha huido… ¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Cómo lo habéis sabido?
—Enviamos mensajes al resto del Ejército de Dumbledore, —explicó Fred—. No puedes esperar que todo el mundo se pierda la diversión, Harry, y el E.D. se lo hizo saber a la Orden del Fénix, y así sucesivamente.
—¿Qué hacemos primero, Harry? –gritó George—. ¿Qué pasa?
—Están evacuando a los más pequeños y todo el mundo se está reuniendo en el Gran Salón para organizarse, —dijo Harry—. Vamos a luchar.
Se alzó un gran rugido y una oleada de gente se abalanzó hacia las escaleras y le presionaron contra la pared al pasaron corriendo. Los miembros mezclados de la Orden del Fénix, el Ejército de Dumbledore y el antiguo equipo de Quidditch de Harry, todos ellos sacando las varitas, se dirigieron hacia el salón principal del castillo.
—Vamos, Luna, —la llamó Dean al pasar, tendiéndole la mano libre. Ella la tomó y le siguió escaleras arriba.
La multitud se disolvió. Sólo un pequeño núcleo de gente se quedó en la Sala de los Menesteres, y Harry se reunió con ellos. La Señora Weasley discutía con Ginny. A su alrededor estaban Lupin, Fred, George, Bill y Fleur.
—¡Eres menor de edad! –gritaba la Señora Weasley a su hija cuando Harry se aproximaba—. ¡No te lo voy a permitir! Los chicos, sí, ¡pero tú te vas a ir a casa!
—¡No quiero! —El cabello de Ginny ondeaba cuando liberó el brazo del apretón de su madre—. Pertenezco al Ejército de Dumbledore…
—¡Una panda de adolescentes!
—¡Una panda de adolescentes que se han enfrentado a él cuando nadie se atrevió a hacerlo! –dijo Fred.
—¡Tiene dieciséis años! –gritó la Señora Weasley—. ¡No es lo bastante mayor! En qué estabais pensando al traerla con vosotros…
Fred y George parecían algo avergonzados.
—Mamá tiene razón, Ginny. –dijo Bill suavemente—. No puedes hacer esto. Los menores de edad tienen que marcharse, es lo correcto.
—¡No puedo ir a casa! –gritó Ginny, lágrimas airadas brillaban en sus ojos–, toda mi familia está aquí, no puedo quedarme esperando allí sola y sin saber y…
Sus ojos se encontraron con los de Harry por primera vez. Le miró suplicante, pero él sacudió la cabeza y se dio media vuelta con amargura—. Bien, —dijo, mirando hacia la entrada del túnel que regresaba a Cabeza de Puerco—. Entonces diré adiós ahora y…
Se oyó una escaramuza y un gran golpe. Alguien había salido a trompicones del túnel, perdiendo ligeramente el equilibrio y cayendo. Se levantó él sólo apoyándose en la silla más cercana, miró alrededor a través de sus torcidas gafas de carey, y dijo,
—¿He llegado tarde? ¿Ya ha empezado? Acabo de enterarme, yo… yo… —balbuceó Percy y se quedó en silencio. Resultaba evidente que no había esperado tropezar ahí con la mayor parte de su familia. Hubo un largo momento de asombro, roto por Fleur que se volvió hacia Lupin y dijo, en un intento totalmente transparente de romper la tensión.
–Entonces… ¿cómo está el pequeño Teddy?
Lupin parpadeó asustado. El silencio entre los Weasleys pareció solidificarse, como el hielo.
—Yo… oh sí… ¡está bien! –dijo Lupin en voz alta—. Sí, Tonks está con él… y con su madre…
Percy y los otros Weasleys todavía se estaban mirando mutuamente con frialdad.
—Aquí, tengo una foto. –gritó Lupin, sacando una fotografía de su chaqueta y enseñándosela a Fleur y a Harry, que vieron a un pequeño bebé con un penacho de un brillante pelo turquesa, agitando los puños regordetes hacia la cámara.
—¡Fui un tonto! –rugió Percy tan fuerte que Lupin casi dejó caer la fotografía— Fui un idiota, un gilipollas pomposo, fui un… un…
—Lameculos del Ministerio, repudiaste a la familia, idiota ávido de poder, —dijo Fred.
Percy tragó saliva.
—¡Sí, lo fui!
—Bien, no podías decir nada más honesto que eso —dijo Fred, tendiéndole la mano a Percy.
La Señora Weasley estalló en lágrimas. Corrió hacia él, empujando a Fred a un lado, y envolviendo a Percy en un abrazo estrangulador mientras este le palmeaba la espalda, con los ojos fijos en su padre.
—Lo siento, Papá. –dijo Percy.
El Señor Weasley parpadeó rápidamente y luego también corrió a abrazar a su hijo.
—¿Cuando te ha vuelto la cordura, Percy? –preguntó George.
—Ha estado llegando poco a poco desde hace tiempo, —dijo Percy, secándose los ojos bajo las gafas con el borde de su capa de viaje—. Pero tuve que encontrar una salida y no es tan fácil en el Ministerio. Encarcelan a los traidores a cada momento. Me las arreglé para mantener contacto con Aberforth y él me sopló hace diez minutos que Hogwarts estaba a punto de librar una batalla, así que aquí estoy.
—Bien, debemos buscar a nuestros prefectos para que nos dirijan en momentos como estos, —dijo George en una buena imitación de los modales más pomposos de Percy—. Ahora subamos las escaleras y luchemos o para cuando lleguemos todos los mortífagos buenos estarán cogidos.
—¿Así que, eres mi cuñada? –dijo Percy, estrechando la mano a Fleur mientras corrían escaleras arriba con Bill, Fred y George.
—¡Ginny! –ladró la Señora Weasley.
Ginny había intentado, bajo la cobertura de las reconciliaciones, escabullirse también escaleras arriba.
—Molly, con respecto a eso, —dijo Lupin—. ¿Por qué no dejas que Ginny se quede aquí, al menos así estará en escena y sabrá lo que está pasando pero sin estar en medio de la pelea.
—Yo…
—Es una buena idea, —dijo el Señor Weasley firmemente—, Ginny, quédate en esta habitación, ¿me has oído?
A Ginny no pareció gustarle mucho la idea, pero bajo la inusual mirada severa de su padre, asintió. El Señor y la Señora Weasley y Lupin se dirigieron hacia las escaleras también.
—¿Dónde está Ron? –preguntó Harry—, ¿Dónde está Hermione?
—Deben haber subido ya al Gran Salón, —gritó el Señor Weasley sobre su hombro.
—No les he visto pasar, —dijo Harry.
—Dijeron algo sobre un baño, —dijo Ginny—, no mucho después de que te fueras.
—¿Un baño?
Harry atravesó la habitación a zancadas para abrir la puerta de la Sala de los Menesteres e inspeccionó el baño de abajo. Estaba vacío.
—¿Estás segura que dijeron baño?Pero entonces su cicatriz ardió y la Sala de los Menesteres desapareció. Estaba inspeccionando las altas verjas de hierro forjado con aladas gárgolas en los pilares de cada lado, inspeccionando los oscuros jardines del castillo, que irradiaba luces. Nagini yacía cubriendo sus hombros. Estaba poseído por esa fría y cruel sensación de determinación que precedía al asesinato.

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