jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 26

GRINGOTTS

Los planes estaban trazados, los preparativos terminados. En el dormitorio más pequeño un único cabello negro, largo y grueso (tomado del jersey que Hermione había llevado en Malfoy Manor) estaba enrollado dentro de una pequeña ampolla de cristal, sobre la repisa de la chimenea.
—Y usarás su propia varita —dijo Harry, señalando hacia la varita de nogal— así que creo que resultarás muy convincente.
Mientras la levantaba, Hermione parecía asustada, como si la varita pudiera picarla o morderla.
—Odio esta cosa —dijo en voz baja—. Realmente la odio. La noto mal, no me funciona bien… Es un poco como ella.
Harry no pudo evitar recordar como Hermione había desechado su aversión por la varita de endrino cuando decía esta no funcionaba tan bien como la suya, insistiendo en que se estaba imaginando cosas, diciéndole que simplemente practicara. Optó por no repetirle su propio consejo. De todas formas, la víspera de su intento de asalto a Gringotts parecía el peor momento para contrariarla.
—Sin embargo, tal vez te ayude a meterte en su personalidad —dijo Ron—. Piensa en todas las cosas que esa varita ha hecho.
—¡Pues de eso se trata! —dijo Hermione—. Esta es la varita que torturó a los padres de Neville, ¿y quién sabe a cuanta gente más? ¡Es la varita que mató a Sirius!
Harry no había pensado en eso. Miro hacia la varita y le invadió el brutal impulso de romperla, de partirla por la mitad con la espada de Gryffindor, que estaba apoyada contra la pared detrás de él.
—Echo de menos mi varita —dijo Hermione miserablemente—. Desearía que el Señor Ollivander me hubiera hecho otra varita a mí también.
Aquella mañana el Señor Ollivander había enviado una nueva varita a Luna, que en ese momento estaba fuera, en el jardín trasero, probando sus capacidades bajo el sol del atardecer. Dean, que había perdido su varita a manos de los Merodeadores, la observaba un tanto melancólico.
Harry bajó la mirada hacia la varita de espino que alguna vez había pertenecido a Draco Malfoy. Se había sentido sorprendido, pero satisfecho al descubrir que le funcionaba por lo menos tan bien como lo había hecho la de Hermione. Recordando lo que les había dicho Ollivander sobre los funcionamientos secretos de las varitas, Harry creyó saber cual era el problema de Hermione. Al no habérsela arrebatado personalmente a Bellatrix, no había podido ganarse la lealtad de la varita.
La puerta de la habitación se abrió y Griphook entró. Por instinto, Harry se estiró para asir la empuñadura de la espada y la colocó cerca de él, pero lamentó la acción inmediatamente. Podría asegurar que el duende lo había notado. Intentando distraer su atención sobre el bochornoso momento, y dijo,
—Estábamos revisando los últimos detalles, Griphook. Le hemos dicho a Bill y a Fleur que nos vamos mañana y que no se levanten para vernos partir.
Se habían mantenido inflexibles sobre este punto porque Hermione necesitaría trasformarse en Bellatrix antes de que se fueran, y cuanto menos supieran o sospecharan Bill y Fleur sobre lo que iban a hacer, mejor. También les habían explicado que no iban a regresar. Como habían perdido la vieja tienda de Perkins la noche en que los Merodeadores les capturaron, Bill les había prestado otra. Ahora estaba guardada dentro del bolso de cuentas, el cual, Harry quedo sorprendido al enterarse, Hermione había protegido de los Merodeadores con el sencillo y oportuno método de esconderlo dentro de su calcetín.
A pesar de que extrañaría a Bill, Fleur, Luna y Dean, por no mencionar las comodidades hogareñas de que habían disfrutado las últimas semanas, Harry estaba ansioso por escapar del confinamiento de Shell Cottage. Estaba cansado de tratar de cerciorarse de que no les escuchaban a escondidas, cansado de estar encerrado en la pequeña y oscura habitación. Sobretodo, deseaba librarse de Griphook. Sin embargo, exactamente cómo y cuándo dejarían al duende sin devolverle la espada de Gryffindor continuaba siendo una pregunta para la cual Harry no tenía respuesta. Había sido imposible decidir como iban a hacerlo, porque el duende raramente dejaba solos a Harry, Ron y Hermione durante más de cinco minutos seguidos.
—Podría dar lecciones a mi madre —gruñó Ron, cuando los largos dedos del duende continuaron apareciendo en los bordes de las puertas. Con la advertencia de Bill en mente, Harry no podía dejar de sospechar que Griphook estaba preparándose para una posible triquiñuela. Hermione desaprobaba tan apasionadamente el engaño planeado, que Harry había dejado de intentar recurrir a su inteligencia para idear la mejor forma de hacerlo. En las raras ocasiones en que habían tenido la oportunidad de robar unos pocos momentos libres de Griphook, la mejor idea de Ron había sido: Tendremos que irnos volando, colega.
Harry durmió mal esa noche. Yaciendo inmóvil en las primeras horas de la mañana, pensó de nuevo en como se había sentido la noche anterior a que se hubieran infiltrado en el Ministerio de Magia y recordó haberse sentido decidido, casi excitado. Ahora experimentaba sacudidas de ansiedad, dudas persistentes; no podía sacudirse el miedo a que todo fuera a ir mal. Seguía repitiéndose que su plan era bueno, que Griphook sabía a lo que se estaban enfrentando, que estaban bien preparados para todas las dificultades que pudieran encontrarse, pero aun así se sentía inquieto. Una o dos veces oyó a Ron revolverse y estaba seguro de que también estaba despierto, pero compartían la habitación con Dean, por lo que Harry no habló.
Fue un alivio cuando llegaron las seis en punto y pudieron escurrirse de sus sacos de dormir, vestirse en la penumbra, y salir al jardín, donde iban a encontrarse con Hermione y Griphook. El amanecer era frío, pero ahora que estaba llegando mayo había poco viento. Harry miró hacia las estrellas que aún brillaban tenuemente en el cielo oscuro y escuchó el mar golpeando al avanzar y retirarse contra el acantilado; echaría de menos ese sonido.
Pequeños brotes verdes empezaba a asomar sobre la tierra roja de la tumba de Dobby, dentro de un año el montículo estaría cubierto de flores. La piedra blanca que tenía grabado el nombre del elfo ya había adquirido una apariencia desgastada. Ahora se daba cuenta de que difícilmente podría haber encontrado un lugar más hermoso para que Dobby descansara, pero Harry se llenó de tristeza al pensar en dejarlo atrás. Mirando hacia la tumba, se preguntó de nuevo como había sabido el elfo dónde ir a rescatarlos. Sus dedos se movieron distraídamente hacia el pequeño bolso que colgaba de su cuello, a través del cual podía sentir el fragmento de espejo en el que había estado seguro de ver el ojo de Dumbledore. Entonces el ruido de una puerta al abrirse le hizo mirar alrededor.
Bellatrix Lestrange avanzaba a zancadas por el césped hacia ellos, acompañada por Griphook. Mientras caminaba iba metiéndose el pequeño bolso de cuentas en el bolsillo interior de otro juego de antiguas túnicas que habían tomado de Grimmauld Place. A pesar de que Harry sabía perfectamente que en realidad era Hermione, no pudo evitar un temblor de asco. Era más alta que él, el cabello largo y negro le bajaba ondulado por la espalda, sus ojos parecieron claramente desdeñosos al posarse en él; pero entonces habló, y escuchó a Hermione con la voz baja de Bellatrix.
—¡Sabe fatal, peor que el gurdirraiz! De acuerdo Ron, acércate para que pueda hacerte…
—Bien, pero recuerda que no me gusta la barba muy larga.
—Por Dios Santo, esto no va de estar guapo.
—No es eso, ¡se pone en medio! Pero me gustaría mi nariz una pizca mas corta, trata de hacerla igual que la vez pasada.
Hermione suspiró y empezó a trabajar, refunfuñando por lo bajo mientras transformaba algunos aspectos de la apariencia de Ron. Iba a recibir una identidad completamente falsa, y confiaban en la malévola aura de Bellatrix para protegerlo. Mientras tanto Harry y Griphook estarían ocultos bajo la Capa de Invisibilidad.
—Listo —dijo Hermione—, ¿Qué te parece, Harry?
Era posible distinguir algo de las facciones de Ron bajo el disfraz, pero solo, pensó Harry, debido a que lo conocía tan bien. El cabello de Ron era ahora largo y ondulado; tenía barba y bigote castaños, ninguna peca, nariz chata y cejas espesas.
—Bueno, no es mi tipo, pero funcionará —dijo Harry—. ¿Nos vamos entonces?
Los tres volvieron la vista hacia Shell Cottage, que parecía oscura y silenciosa bajo las tenues estrellas, después se dieron la vuelta y caminaron hacia el punto, apenas pasada la pared divisoria, donde el encantamiento Fidelius dejaba de funcionar y podrían desaparecerse.
Una vez pasaron la puerta, Griphook habló.
—¿No debería trepar ahora, Harry Potter?
Harry se inclinó y el duende se subió a su espalda, con las manos unidas ante la garganta de Harry. No era pesado, pero a Harry le desagradaba la sensación del duende y la sorprendente fuerza con la que se aferraba. Hermione sacó la Capa de Invisibilidad del bolso de cuentas y la lanzó sobre ambos.
—Perfecto —dijo agachándose para revisar los pies de Harry—. No puedo ver nada. Vamos.
Harry se dio la vuelta en el lugar, con Griphook sobre sus hombros, concentrándose con todo su ser en el Caldero Chorreante, la posada que era la entrada al Callejón Diagon. El duende se aferró incluso mas fuerte mientras se movían en la oscuridad opresora, y segundos después los pies de Harry encontraron el pavimento y abrió los ojos en Charing Cross Road. Ajetreados muggles pasaban con la típica expresión abatida de primera hora de la mañana, totalmente inconscientes de la existencia de la pequeña posada.
La barra del Caldero Chorreante estaba casi desierta. Tom, el encorvado y desdentado encargado, estaba puliendo vasos de cristal tras la barra. Un par de brujos que conversaban en murmullos en una esquina lejana echaron un vistazo a Hermione y se giraron de vuelta hacia las sombras.
—Madame Lestrange —murmuró Tom, y cuando Hermione se detuvo brevemente inclino la cabeza servilmente.
—Buenos días —dijo Hermione, y cuando Harry se movió lentamente a un lado, aun cargando a cuestas a Griphook bajo la Capa, vio a Tom parecer sorprendido.
—Demasiado amable —susurró Harry al oído de Hermione mientras salían de la posada hacia el minúsculo patio trasero—. ¡Tienes que tratar a la gente como si fuera basura!
—¡Vale, vale!
Hermione sacó la varita de Bellatrix y golpeó un ladrillo de la indefinible pared que había frente a ellos. Inmediatamente los ladrillos empezaron a dar vueltas y a girar, apareció un agujero en el centro, que se hizo más y más amplio, formando finalmente un arco que conducía a la estrecha calle adoquinada que era el Callejón Diagon.
Todo estaba en calma, apenas era hora de que las tiendas abrieran, y había muy pocos compradores. La tortuosa calle adoquinada parecía muy diferente al ajetreado lugar que Harry había visitado antes de su primer curso en Hogwarts, tantos años atrás. Aunque desde su última visita muchas tiendas habían sido clausuradas con tablones, también se habían abierto muchos establecimientos dedicados a las artes oscuras. La propia cara de Harry le saludó desde los muchos carteles pegados en los escaparates, siempre rotulados con las palabras INDESEABLE NUMERO UNO.
Un grupo de gente andrajosa se sentaba amontonada en los umbrales. Los oyó gemir a los pocos transeúntes, pidiendo oro, insistiendo en que eran auténticos magos. Un hombre tenía un vendaje ensangrentado sobre un ojo.
Mientras caminaban por la calle, los mendigos divisaron a Hermione. Parecieron esfumarse ante ella, cubriendo sus rostros con capuchas y alejándose tan rápido como podían. Hermione les miró con curiosidad, hasta que el hombre del vendaje sangriento avanzó, cruzándose en su camino.
—Mis hijos —gritó, señalándola. Su voz era mordaz, estridente, parecía fuera de sí—. ¿Dónde están mis hijos? ¿Qué ha hecho él con ellos? ¡Tú lo sabes, tú lo sabes!
—Yo… yo en realidad… —balbuceó Hermione.
El hombre se lanzó hacia ella, buscando su garganta. Entonces, con un estallido y una explosión de luz roja fue lanzado de vuelta al suelo, inconsciente. Ron estaba allí de pie, con su varita aún a la vista y atrás la barba se apreciaba su rostro conmocionado. Aparecieron algunas caras en las ventanas a cada lado de la calle, mientras un pequeño grupo de transeúntes de apariencia próspera recogía sus túnicas y se alejaban con apacibles trotes, apurados por abandonar la escena.
Su entrada en el Callejón Diagon difícilmente podría haber sido más notoria. Por un momento Harry se preguntó si tal vez no sería mejor irse ahora y tratar de idear un plan mejor. Sin embargo, antes de que pudieran moverse o consultar unos con otros, oyeron un grito detrás de ellos.
—¡Pero si es Madame Lestrange!
Harry giro y Griphook apretó su agarre alrededor del cuello de Harry. Un mago alto y delgado con una espesa corona de cabello gris y una nariz larga y afilada avanzaba a zancadas hacia ellos.
—Es Travers —silbó el duende al oído de Harry, pero en ese momento Harry no podía pensar en quién era Travers. Hermione se había erguido en toda su estatura y dijo con tanto desprecio como pudo reunir:
—¿Qué es lo que quieres?
Travers detuvo sus andares, claramente ofendido.
—¡Es otro mortífago! —dijo Griphook en voz baja, y Harry se hizo a un lado para repetir la información al oído de Hermione.
—Sólo quería saludarte —dijo Travers fríamente—, pero si mi presencia no es bienvenida…
Ahora Harry reconoció su voz, Travers era uno de los mortífagos que habían sido convocados a la casa de Xenophilius.
—No, no, para nada, Travers, —dijo Hermione rápidamente, tratando de cubrir su error—. ¿Cómo estás?
—Bueno, debo confesar que estoy sorprendido de verte aquí fuera, Bellatrix.
—¿En serio? ¿Por qué? —preguntó Hermione.
—Bueno —tosió Travers—, oí que los habitantes de Malfoy Manor estaban confinados en la casa, después de… ah… la fuga.
Harry rogó para que Hermione pudiera mantener el control. Si era cierto y se suponía que Bellatrix no debía mostrarse en público…
—El Señor Tenebroso perdona a aquellos que le sirvieron fielmente en el pasado —dijo Hermione en una magnifica imitación de los modales más despectivos de Bellatrix—. Tal vez su confianza en ti no es tanta como la que tiene en mí, Travers.
Aunque el mortífago pareció ofenderse, también parecía menos suspicaz. Miró hacia el hombre al que Ron acababa de aturdir.
—¿Cómo te ofendió?
—Que importa, no volverá a hacerlo, —dijo Hermione fríamente.
—Algunos de estos sin varita pueden ser molestos —dijo Travers—. Mientras no hagan nada mas que mendigar no tengo objeción, pero uno de ellos me pidió que abogara por su caso ante el Ministro la semana pasada. Soy un mago, sir, soy un mago, permítame probárselo —dijo en una representación chillona—. Como si yo fuera a darle mi varita… ¿Pero qué varita —dijo Travers con curiosidad—, usas ahora, Bellatrix? Oí que la tuya se la…
—Tengo mi varita aquí —dijo Hermione fríamente, sosteniendo en alto la varita de Bellatrix—. No sé qué rumores habrás oído, Travers, pero pareces estar lamentablemente mal informado.
Travers pareció un poco desconcertado, y entonces se volvió hacia Ron.
—¿Quién es tu amigo? No lo reconozco.
—Es Dragomir Despard —dijo Hermione, habían decidido que un personaje extranjero ficticio era la cobertura más segura para que Ron—. Habla muy poco Ingles, pero simpatiza con las aspiraciones del Señor Tenebroso. Ha viajado hasta aquí desde Transilvania para ver en persona nuestro nuevo régimen.
—¿En serio? ¿Cómo estás, Dragomir?
—¿U tu? —dijo Ron, extendiéndole la mano.
Travers extendió dos dedos y tomó la mano de Ron como si temiera ensuciarse.
—Entonces ¿Qué te trae a ti y a tu…ah… amigo simpatizante al Callejón Diagon tan temprano? —preguntó Travers.
—Tengo que visitar Gringotts —dijo Hermione.
—Ay, yo también, —dijo Travers—. ¡Oro, asqueroso oro! No podemos vivir sin él. Lo confieso, deploro la necesidad de relacionarnos con nuestros amigos de dedos largos.
Harry sintió como las manos entrelazadas de Griphook se apretaban momentáneamente alrededor de su cuello.
—¿Vamos? —dijo Travers, haciendo ademanes para que Hermione se adelantara.
Hermione no tuvo más opción que avanzar junto a él y encaminarse por la torcida y adoquinada calle hacia el lugar donde el edificio de Gringotts, blanco como la nieve, se alzaba sobre las demás pequeñas tiendas. Ron avanzó a un lado de ellos y Harry y Griphook los siguieron.
Un mortífago en guardia era la última cosa que necesitaban y lo peor de todo era que con Travers pegado a la que el creía que era Bellatrix, no había forma de que Harry pudiera comunicarse con Hermione o Ron. Demasiado pronto llegaron al pie de los escalones de mármol que llevaban a las grandes puertas de bronce. Como Griphook ya les había advertido, los duendes de librea que habitualmente franqueaban la entrada habían sido reemplazados por dos magos que sostenían largas y delgadas varas doradas.
—¡Ah, Sondas de Honradez —suspiro Travers teatralmente—, tan crudas… pero tan efectivas!
Y subió los escalones, saludando a izquierda y derecha a los magos, que alzaron sus varas doradas y las pasaron arriba y abajo por su cuerpo. Las sondas, sabía Harry, detectaban hechizos de ocultamiento y objetos mágicos ocultos. Sabiendo que tenía solo segundos, Harry apuntó la varita de Draco hacia cada uno de los guardias y murmuro: “Confundo”, dos veces. Si que lo advirtiera Travers, que miraba a través de las puertas de bronce hacia el vestíbulo interior, cada uno de los guardias dio un pequeño brinco cuando los hechizos les golpearon.
El largo cabello negro de Hermione onduló tras ella mientras subía los escalones.
—Un momento Madame —dijo el guardia, alzando su sonda.
—¡Pero si lo acaba de hacer! —dijo Hermione con la voz dominante y arrogante de Bellatrix. Travers se giró, con las cejas alzadas. El guardia estaba confundido. Miró fijamente a la sonda dorada y después a su compañero, que dijo con una voz levemente confundida,
—Sí, acabas de comprobarles, Marius.
Hermione avanzó, con Ron a su lado, Harry y Griphook trotaban invisibles detrás de ellos. Harry echó un vistazo hacia atrás al cruzar el umbral. Ambos magos se estaban rascando la cabeza.
Dos duendes estaban de pie ante las puertas internas fabricadas en plata y que tenían grabada la poética advertencia de un terrible castigo para los ladrones potenciales. Harry la leyó y le asaltó un repentino y punzante recuerdote estar de pie en ese mismo punto el día que cumplió once años, el cumpleaños más maravilloso de su vida, y Hagrid estaba de pie a su lado diciendo: Como te dije, hay que estar loco para intentar robar aquí. Gringotts le había parecido un lugar de ensueño ese día, el deposito encantado de un tesoro de oro que nunca había sabido que poseía, y ni siquiera por un instante podría haber soñado que volvería para asaltarlo… Pero en segundos estuvieron en medio del extenso vestíbulo de mármol del banco.
El largo mostrador estaba atendido por duendes sentados en altos taburetes que se ocupaban de los primeros clientes del día. Hermione, Ron y Travers se dirigieron hacia un viejo duende que estaba examinando una gruesa moneda de oro con una lupa. Hermione dejó que Travers se adelantara bajo el pretexto de estar explicando las características del vestíbulo a Ron.
El duende dejó a un lado la moneda que estaba sosteniendo, diciendo a nadie en particular, “Leprechaun”, y después saludó a Travers, que le pasó una pequeña llave dorada, que fue examinada y devuelta.
Hermione dio un paso adelante.
—¡Madame Lestrange! —dijo el duende, evidentemente asustado—. ¡Vaya! ¿Cómo… cómo puedo ayudarla?
—Quisiera entrar a mi cámara —dijo Hermione.
El viejo duende pareció retroceder un poco. Harry echó un vistazo alrededor. No solamente Travers estaba mirando expectante, sino que otros tantos duendes habían levantado la mirada de sus labores para quedarse mirando a Hermione.
—¿Tiene una… identificación? —preguntó el duende.
—¿Identificación? ¡N… nunca antes me habían pedido identificación! —dijo Hermione.
—¡Lo saben —susurró Griphook al oído de Harry— deben haberles advertido de que podría presentarse un impostor!
—Con su varita será suficiente, madame —dijo el duende. Extendió una mano levemente temblorosa, con un terrible estallido de entendimiento Harry supo que los duendes de Gringotts estaban al tanto de que la varita de Bellatrix había sido robada.
—¡Hazlo ahora, hazlo ahora —susurró Griphook al oído de Harry—, la Maldición Imperius!
Harry alzo la varita de espino debajo de la capa, señalando hacia el viejo duende, y susurrando, por primera vez en su vida,
—¡Imperius!
Una curiosa sensación bajo por el brazo de Harry, sintió como un hormigueo, un ardor que pareció fluir desde su mente, bajar por los tendones y venas conectándole con la varita y la maldición que acababa de ser ejecutada. El duende tomó la varita de Bellatrix, la examinó detenidamente, y después dijo,
—¡Ah, tiene usted una varita nueva, Madame Lestrange!
—¿Qué? —Dijo Hermione—. No, no, esta es la mía…
—¿Una nueva varita? —dijo Travers, acercándose al mostrador nuevamente; los duendes de alrededor seguían observándoles—. ¿Pero cómo la conseguisteis, a qué fabricante de varitas recurriste?
Harry actuó sin pensar. Apuntando su varita hacia Travers, murmuró, “¡Imperio!” una vez más.
—Oh, si, ya veo, —dijo Travers, mirando hacia la varita de Bellatrix—, si, muy hermosa, ¿y funciona bien? Siempre he creído que las varitas requieren un pequeño rodaje, ¿no crees?
Hermione parecía completamente desconcertada, pero para enorme alivio de Harry aceptó el extraño giro de los acontecimientos sin ningún comentario.
El viejo duende tras el mostrador batió palmas y un joven duende se acercó.
—Necesitaré los Clankers, —dijo al duende, que se fue y regresó un momento más tarde con un bolso de piel que parecía estar lleno de piezas de metal que chocaban entre sí, y que entregó a su superior—. ¡Bien, bien! Entonces, si quiere seguirme, Madame Lestrange, —dijo el viejo duende, bajándose de su taburete y desapareciendo de la vista—. La llevare a su cámara.
Apareció por el extremo del mostrador, trotando felizmente hacia ellos, con el contenido del bolso de piel aún resonando. Travers estaba ahora de pie absolutamente quieto con la boca completamente abierta. Ron estaba llamando la atención sobre este raro fenómeno al quedarse mirando a Travers totalmente confundido.
—¡Espera…Bogrod!
Otro duende salió de detrás del mostrador.
—Tenemos instrucciones, —dijo con una reverencia hacia Hermione—. Perdóneme, Madame, pero hay instrucciones especiales respecto a la cámara Lestrange.
Susurró urgentemente al oído de Bogrod, pero el duende que estaba bajo la maldición Imperio lo hizo a un lado.
—Estoy al tanto de las instrucciones, Madame Lestrange desea visitar su cámara… Familia muy antigua… viejos clientes… Por aquí, por favor…
Y aún tintineando, se apresuró hacia una de las muchas puertas que conducían fuera del vestíbulo. Harry volvió la mirada hacia Travers, que estaba aun paralizado en el lugar de forma anormalmente ausente, y tomó una decisión. Con un golpe de su varita hizo que Travers les acompañara, caminando mansamente en su dirección mientras alcanzaban la puerta y pasaban al estrecho pasillo de piedra de más allá, que estaba débilmente iluminado con antorchas.
—Tenemos problemas, sospechan —dijo Harry cuando la puerta se cerró de golpe tras ellos y se quitó la Capa de Invisibilidad. Griphook saltó de sus hombros, ni Travers ni Bogrod mostraron la más mínima sorpresa ante la repentina aparición de Harry Potter entre ellos—. Están bajo la Maldición Imperius, —agregó, en respuesta a las preguntas confundidas de Hermione y Ron acerca de Travers y Bogrod, que estaban ahora allí de pie con aspecto sumiso—. No creo haberlo hecho lo suficientemente bien, no sé…
Y otro recuerdo atravesó su memoria, la verdadera Bellatrix Lestrange chillándole cuando por primera vez había intentado usar una Maldición Imperdonable. ¡Tienes que sentirla, Potter!
—¿Qué hacemos? —preguntó Ron—. ¿Nos vamos ahora, cuando aun podemos?
—Si es que podemos, —dijo Hermione, mirando hacia la puerta del vestíbulo principal, tras la que quien sabía lo que estaba ocurriendo.
—Hemos llegado hasta aquí, yo digo que continuemos, —dijo Harry.
—¡Vale!, —dijo Griphook—. Entonces, necesitamos a Bogrod para controlar el carro, yo ya no tengo autoridad. Pero no habrá lugar para el mago.
Harry apuntó su varita hacia Travers.
—¡Imperius!
El mago se dio la vuelta y camino hacia el oscuro camino con un andar elegante.
—¿Qué estás obligándole a hacer?
—Esconderse, —dijo Harry mientras apuntaba su varita hacia Bogrod, que silbó y un pequeño carro apareció, saliendo de la oscuridad, acercándose por los rieles hacia ellos. Harry estaba seguro que podía escuchar gritos tras ellos en el vestíbulo mientras se subían; Bogrod al frente con Griphook, Harry, Ron y Hermione apretados en la parte de atrás.
Con un tirón el carro se puso en marcha, ganando velocidad. Pasaron volando junto a Travers, que se retorcía para meterse en una grieta en la pared, entonces el carro empezó a girar y dar vueltas por los pasillos como laberintos, yendo hacia abajo todo el tiempo. Harry no podía oír nada sobre el traqueteo del carro sobre las vías. Su pelo volaba tras él mientras se desviaban entre estalactitas, volando hacia las profundidades de la tierra, pero evitó echar un vistazo atrás. Tal vez estaban dejando enormes huellas tras ellos, cuanto más pensaba en ello, mas tonto le parecía haber disfrazado a Hermione como Bellatrix, haber traído con ellos la varita de Bellatrix, cuando los mortífagos sabían quien la había robado…
Estaban más dentro de lo que Harry nunca había penetrado en Gringotts; tomaron volando una curva y vieron frente a ellos, con segundos para evitarla, una cascada que bañaba los raíles. Harry escucho a Griphook gritar “¡No!", pero no frenaron. La atravesaron. El agua cubrió los ojos y la boca de Harry. No podía ver ni respirar. Entonces con una sacudida tremenda, el carro dio un tirón y todos salieron volando de él. Harry oyó como el carro se rompía en pedazos contra la pared del pasillo, oyó a Hermione chillar algo, y sintió como se deslizaba sobre la tierra como si no pesara nada, aterrizando sin dolor sobre el rocoso suelo del pasadillo
—Hechizo C... Cojín —farfulló Hermione, mientras Ron la ayudaba a ponerse en pie, pero para horror de Harry vio que ya no era Bellatrix; en su lugar estaba Hermione allí parada con una túnica demasiado grande, empapada y con aspecto de ser completamente ella misma. Ron tenía el cabello rojo de nuevo y no tenía barba.
—¡La Caída del Ladrón! —dijo Griphook, poniéndose de pie y mirando hacia atrás, hacia el aguacero que caía sobre los rieles, el cual, Harry se daba cuenta ahora, era algo más que agua—. ¡Se lleva todos los encantamientos, todos los ocultamientos mágicos! ¡Saben que hay impostores en Gringotts, han alzado sus defensas contra nosotros!
Harry vio a Hermione mirando para ver si aún tenía el bolso de cuentas, y rápidamente metió la mano bajo la chaqueta pasa asegurarse que no había perdido la Capa de Invisibilidad.
Después se dio la vuelta para ver a Bogrod sacudir la cabeza con desconcierto. La Caída del Ladrón parecía haberlo liberado de la maldición Imperius.
—Le necesitamos —dijo Griphook—, no podemos entrar a la cámara sin un duende de Gringotts. ¡Y necesitamos los Clankers!
—¡Imperius! —dijo nuevamente Harry, su voz reverberó en el pasillo de piedra mientras sentía el pesado sentido de control que fluía del cerebro a la varita. Bogrod se sometió una vez más a su voluntad, su expresión desconcertada cambió a una de educada indiferencia, mientras Ron se apresuraba a levantar el bolsito de piel con los utensilios de metal.
—¡Harry, creo que oigo gente acercándose! —dijo Hermione, mientras apuntaba la varita de Bellatrix hacia la cascada y gritaba:
—¡Protego! —Vieron como el encantamiento escudo detenía el flujo del agua encantada que bajaba por el pasillo.
—Bien pensado —dijo Harry—. Guíanos, Griphook.
—¿Cómo vamos a salir de aquí? —preguntó Ron mientras se apresuraban a adentrarse en la oscuridad tras el duende Bogrod, que jadeaba como un perro viejo.
—Preocupémonos por eso cuando tengamos que hacerlo —dijo Harry. Estaba intentando escuchar. Creía oír algo cerca, moviéndose alrededor—. ¿Griphook, estamos lejos?
—No muy lejos, Harry Potter, no muy lejos…
Y entonces doblaron una esquina y vieron la cosa para la cual Harry se había preparado, pero que hizo que todos se detuvieran.
Un gigantesco dragón estaba atado a la tierra frente a ellos, bloqueando el acceso a cuatro o cinco de las cámaras mas profundas del lugar. Las escamas de la bestia se había vuelto pálidas y quebradizas durante su largo encarcelamiento bajo tierra, sus ojos eran de un rosa lechoso, ambas patas traseras tenía pesadas esposas de donde salían cadenas que estaban soldadas a enormes clavijas enterradas profundamente en el suelo rocoso. Sus enormes alas en forma de pico estaban plegadas contra su cuerpo; de haberlas extendido habrían llenado la cámara, y cuando giró su horrible cabeza hacia ellos, rugió con un sonido que hizo temblar la roca, abrió la boca y escupió un chorro de fuego que les hizo regresar corriendo hacia el pasillo.
—Está parcialmente ciego, —jadeó Griphook—, es incluso más salvaje a causa de eso. No obstante, tenemos medios para controlarlo. Ha aprendido que esperar cuando los Clakers suenan. Dádmelos.
Ron le pasó el bolso a Griphook y el duende saco cierto número de pequeñas herramientas de metal que cuando se sacudieron emitieron un largo repiquetear como el de diminutos martillos contra un yunque. Griphook se los paso a Bogrod que los aceptó mansamente.
—Sabe lo que hay que hacer, —le dijo Griphook a Harry, Ron y Hermione—. Esperará sentir dolor cuando escuche el sonido. Se retirará y entonces Bogrod deberá poner su palma contra la puerta de la cámara.
Dieron la vuelta a la esquina de nuevo, sacudiendo los Clankers, y el sonido hizo eco entre las paredes rocosas, tan fuertemente amplificado que el interior del cráneo de Harry pareció vibrar con la cámara. El dragón soltó otro ronco rugido, después se retiró. Harry pudo verlo temblar, y cuando se acercaron más pudo ver las cicatrices dejadas por salvajes tajos a lo largo de su cara, y dedujo que había aprendido a temer las espadas calientes cuando oía el sonido de los Clankers.
—¡Haz que presione la mano contra la puerta! —urgió Griphook a Harry, que giró su varita de nuevo hacia Bogrod. El viejo duende obedeció, presionando la palma contra la madera, y la puerta de la cámara desapareció para revelar la abertura que daba a una cueva abarrotada del suelo al techo con monedas de oro y copas, armaduras de plata, pieles de extrañas criaturas, algunas con largas espinas dorsales, otras con alas plegadas, pociones en frascos enjoyados, y una calavera que aun llevaba una corona.
—¡Buscad, rápido! —dijo Harry cuando entraron todos corriendo en la cámara.
Había descrito la copa de Hufflepuff a Ron y Hermione, pero si era el otro Horrocrux desconocido el que residía en la cámara, no tenía idea de cómo sería. No obstante, apenas tuvieron tiempo de echar un vistazo alrededor, antes de escuchar un ruido amortiguado tras ellos. La puerta reapareció, sellándolos dentro de la cámara, y se sumieron en la oscuridad total.
—¡No importa, Bogrod será capaz de liberarnos! —dijo Griphook cuando Ron saltó un grito de sorpresa—. Iluminad con vuestras varitas, ¿podéis? ¡Y aprisa, tenemos poco tiempo!
—¡Lumus!
Harry giró su varita iluminada alrededor de la cámara. Su luz cayó sobre las gemas que brillaban, vio la falsa espada de Gryffindor descansado en un estante alto entre un revoltijo de cadenas. Ron y Hermione habían iluminado sus varitas también, y estaban ahora revisando las pilas de objetos que loes rodeaban.
—Harry, ¿Podría ser es…? ¡Ayyyy!
Hermione gritó de dolor, y Harry giró su varita hacia ella a tiempo para ver como una copa enjoyada que caía de su mano. Pero al caer, se dividió, convirtiéndose en una lluvia de copas, de modo que un segundo después, con gran estruendo, el suelo estaba cubierto de copas idénticas que rodaban en todas direcciones, siendo imposible distinguir la original de todas las demás.
—Me he quemado, —gimió Hermione, chupándose los ampollados dedos.
—¡Han utilizado Maldiciones Germino y Flagrante! —dijo Griphook—. ¡Todo lo que toque arderá y se multiplicara, pero las copias no valen nada y si continuáis tocando el tesoro finalmente el peso del oro multiplicado nos aplastara hasta la muerte!
—¡Vale, no toquéis nada! —dijo Harry desesperado. Pero mientras lo decía Ron pateó accidentalmente una de las copas caídas con el pie, y veinte copas más explotaron en el lugar. Mientras Ron saltaba, parte de su zapato empezó a arder al tocar el metal caliente.
—¡Quedaos quietos, no os mováis! —dijo Hermione, agarrando a Ron.
—¡Solo buscad alrededor! —dijo Harry—. Recordad, la copa es pequeña y de oro, tiene un tejon grabado, dos asas, aparte intentad distinguir el símbolo de Ravenclaw en cualquier cosa, el águila…
Dirigieron sus varitas hacia cada recoveco y cada grieta, dando vueltas cautelosamente por el lugar. Era imposible no chocar contra algo. Harry envió una gran cascada de Galeones falsos al suelo donde se unieron a las copas, y ahora apenas había sitio para poner los pies y el brillante oro ardía, por lo que la cámara parecía un horno. La luz de la varita de Harry pasó sobre las armaduras y cascos hechos por duendes colocados en estantes que llegaban hasta el techo. Alzó la luz más y más alto, hasta que de repente encontró un objeto que hizo que su corazón saltara y su mano temblara.
—¡Ahí esta, ahí arriba!
Ron y Hermione apuntaron sus varitas hacia ahí también, por lo que la pequeña copa dorada brilló bajo los tres haces luz. La copa que había pertenecido a Helga Hufflepuff y que había pasado a manos de Hepzibah Smith, de quien había sido robada por Tom Riddle.
—¿Y cómo demonios vamos a llegar hasta allá arriba sin tocar nada? —preguntó Ron.
—¡Accio copa! —grito Hermione, que evidentemente había olvidado en su desesperación lo que Griphook les había contado durante sus sesiones de planificación.
—¡No sirve, no sirve! —gruñó el duende.
—¿Entonces qué hacemos? —dijo Harry, deslumbrando al duende—. Si quieres la espada, Griphook, tendrás que ayudarnos más… ¡esperad! ¿Puedo tocar las cosas con la espada? ¡Hermione, pásamela!
Hermione rebuscó dentro de su ropa, sacó el bolso de cuentas, rumiando unos segundos, después sacó la brillante espada. Harry la cogió por la empuñadura de rubíes y tocó con la punta de la espada un jarrón de plata, y este no se multiplicó.
—Si puedo pasar la espada por una de las asas… ¿pero cómo voy a llegar hasta allá arriba?
La repisa en la que la copa reposaba estaba fuera del alcance de cualquiera de ellos, incluso de Ron, que era el más alto. El calor del tesoro encantado se alzaba en oleadas, y a Harry le corría el sudor por la cara y la espalda mientras luchaba por pensar en una formar de alcanzar la copa; y entonces oyó el rugido del dragón al otro lado de la puerta de la cámara, y el sonido metálico que se hacía cada vez más fuerte.
Estaban realmente atrapados. No había otro camino para salir más que a través de la puerta, y una horda de duendes parecían estar aproximándose por el otro lado. Harry miró hacia Ron y Hermione y vio terror en sus rostros.
—Hermione, —dijo Harry, mientras el ruido crecía más—, tengo que alcanzarla, tenemos que librarnos de ella.
Ella alzó su varita, la apuntó hacia Harry, y susurró,
—Levicorpus.
Alzado en el aire por su tobillo, Harry golpeó una armadura y las replicas explotaron como si fueran cuerpos calientes, llenando el reducido espacio. Con gritos de dolor, Ron, Hermione y los dos duendes fueron lanzados a un lado contra otros objetos que también empezaron a duplicarse. Medio enterrados en una marea creciente de tesoros al rojo vivo, lucharon y gritaron mientras Harry alcanzaba el asa de la copa de Hufflepuff, enganchándola con la espada.
—¡Imperius!, —chilló Hermione en un intento de protegerse a sí misma, a Ron y a los dos duendes del metal candente.
Entonces el peor grito hasta el momento hizo a Harry mirar hacia abajo. Ron y Hermione estaban enterrados hasta la cintura en el tesoro, luchado por evitar que Bogrod se hundiera en la marea creciente, pero Griphook se había hundido y solo las puntas de unos largos dedos quedaban a la vista.
Harry alcanzó los dedos de Griphook y tiró. El ampollado duende emergió un poco, gritando.
—¡Liberacorpus! —gritó Harry, y con un golpe él y Griphook aterrizaron en la superficie del aumentado tesoro y la espada se escurrió de la mano de Harry.
—¡Cogedla! —gritó Harry, luchando contra el dolor del metal ardiente contra su piel, mientras Griphook trepaba sobre sus hombros de nuevo, resuelto a evitar la masa crecida de objetos rojo candente—. ¿Dónde esta la espada? ¡Tiene la copa colgando!
El estruendo al otro lado de la puerta se estaba volviendo ensordecedor… era demasiado tarde.
—¡Allí!
Era Griphook quien la había visto y quien se lanzó a por ella, y en ese instante, Harry supo que el duende nunca había esperado que cumplieran su palabra. Con una mano se aferró fuertemente a un mechón de cabello de Harry para asegurarse de no caer sobre el mar espeso de ardiente oro, Griphook alcanzó la empuñadura de la espada y la alzó fuera del alcance de Harry.
La pequeña copa, ensartada por el asa en la hoja de la espada fue arrojada por el aire. Con el duende a horcajadas sobre él, Harry se lanzó y la cogió. Podía sentirla quemando su carne pero no la soltó, ni cuando incontables copas de Hufflepuff estallaron en su puño lloviendo sobre él, mientras la entrada de la cámara se abría nuevamente. Se encontró deslizándose incontrolablemente entre una avalancha de oro y plata ardiente, que le lanzó girando con Ron y Hermione hacia la cámara exterior.
Apenas consciente del dolor de las quemaduras que cubrían su cuerpo, y todavía envuelto por el creciente tesoro multiplicado. Harry se metió la copa dentro del bolsillo y se estiró para recuperar la espada, pero Griphook había desaparecido. Deslizándose de los hombros de Harry en el momento en que pudo, había corrido velozmente para esconderse entre los duendes cercanos, blandiendo la espada y gritando, “¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Ayuda! ¡Ladrones!”
Desapareció entre la muchedumbre que avanzaba sosteniendo dagas y que le recibieron sin ninguna duda.
Deslizándose entre el metal caliente, Harry luchó por ponerse de pie sabiendo que la única salida que les quedaba era pasar a través de ellos.
—¡Desmanius! —gritó, y Ron y Hermione se le unieron. Rayos de luz roja volaron hacia la multitud de duendes, y algunos se derrumbaron, pero otros avanzaron, y Harry vio a varios guardias magos doblando la esquina a la carrera.
El dragón atado soltó un rugido, y un chorro de fuego cayó sobre los duendes. Los magos huyeron, dando la vuelta de regreso por donde habían venido, y la inspiración o la locura, se apoderaron de Harry, que gritó:
—¡Relashio!
Las esposas rotas se abrieron con una sonora explosión.
—¡Por aquí! —gritó Harry. Aún lanzando Hechizos Aturdidores hacia los duendes que avanzaban, corrió hacia el dragón ciego.
—Harry… Harry… ¿Qué estas haciendo? —gritó Hermione.
—Arriba, trepad, vamos…
El dragón no se había dado cuenta de que estaba libre, el pie de Harry encontró el dedo de su pata trasera y se impulsó sobre su lomo. Las escamas eran duras como el acero, y el dragón no pareció sentirlo. Estiró un brazo, Hermione se sujetó a él y trepó; Ron subió tras ellos, y un segundo después el dragón se percató de que no estaba atado.
Con un rugido se alzó. Harry clavó las rodillas, sujetándose a las escamas tan fuerte como pudo, mientras el animal desplegaba las alas, derribando a los histéricos duendes como si fueran bolos, y se elevó en el aire. Harry, Ron y Hermione se pegaron a su lomo, rozando el techo mientras se zambullía por la abertura del pasillo, entonces los duendes al acecho lanzaron las dagas que rebotaron contra sus flancos.
—¡Nunca podremos salir, es demasiado grande! —grito Hermione, pero el dragón abrió la boca y arrojó fuego de nuevo, haciendo estallar el túnel, cuyos suelos y techos se agrietaron y destrozaron. A base de fuerza pura, el dragón arañaba y luchaba por abrirse camino. Los ojos de Harry estaban cerrados firmemente contra el calor y el polvo. Ensordecido por el derrumbamiento de las rocas y los rugidos del dragón, solo pudo aferrarse a su lomo, esperando salir despedido en cualquier momento. Entonces oyó a Hermione gritar,
—¡Diffindio!
Estaba ayudando al dragón a agrandar el pasadizo, rompiendo el techo mientras luchaba por salir al aire fresco, lejos de los histéricos y ruidosos duendes. Harry y Ron la imitaron, resquebrajando el techo con más Hechizos Demoledores. Salieron al lago subterráneo, y la gran bestia se arrastró, gruñó y pareció detectar la sensación de libertad y el espacio abierto ante él, y detrás de ellos quedaba el pasillo lleno de los escombros que dejaba el dragón, con su cola en forma de espiga. Grandes montones de roca, gigantescas estalactitas fracturadas y el estruendo de los duendes que parecía estar apagándose, mientras que delante, el fuego del dragón continuaba abriéndose paso.
Y finalmente, con la fuerza combinada de sus hechizos y la fuerza bruta del dragón, salieron del pasillo hacia el vestíbulo de mármol. Duendes y magos chillaron y corrieron a buscar cobijo, y por fin el dragón tuvo espacio para extender las alas. Girando su cabeza con cuernos hacia el aire fresco del exterior que podía oler más allá de la puerta, avanzó; y con Harry, Ron y Hermione aun aferrados a su lomo, forzó su paso a través de las puertas de metal, dejándolas colgando de sus bisagras. Se tambaleó hasta el Callejón Diagon y se lanzó hacia el cielo.

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