EL FALLO EN EL PLAN
Estaba tirado con la cara pegada al suelo. El olor del bosque llenaba su nariz. Podía sentir el frío del suelo bajo de su mejilla, sus gafas habían caído a un lado. Cada centímetro de su cuerpo dolía y el lugar donde la Maldición Asesina le había alcanzado le dolía como si hubiera le hubiera dando un golpe con un puño de acero. No se movió, permaneció en el mismo lugar donde había caído; con el brazo izquierdo doblado en un ángulo extraño y la boca semiabierta.
Había esperado oír gritos de triunfo y júbilo por su muerte, pero en lugar de eso se oían pasos apresurados, susurros y murmullos que llenaban el aire.
–Mi Señor… mi Señor…
Era la voz de Bellatrix, y hablaba como si lo hiciera a un amante. Harry no se atrevió a abrir los ojos, en cambio dejo que sus otros sentidos exploraran la situación en la que se encontraba. Sabía que su varita seguía guardada bajo la túnica porque podía sentirla entre el pecho y el suelo. Un ligero efecto acolchado en la zona de su estómago le decía que la Capa de Invisibilidad también estaba allí, fuera de la vista de los demás.
–Mi Señor…
–Eso servirá –dijo la voz de Voldemort
Más pasos, varias personas se alejaban del lugar. Desesperado por ver lo que estaba ocurriendo y por qué, Harry abrió los ojos un milímetro.
Voldemort estaba poniéndose en pie. Varios mortífagos se apresuraban a alejarse de él, volviendo a la multitud que se alineaba en el claro. Solamente Bellatrix permaneció arrodillada junto a él.
Harry cerró de nuevo los ojos y consideró lo que había visto. Los mortífagos se habían agrupado alrededor de Voldemort, quien al parecer había caído al suelo. Algo había ocurrido en el momento en que atacó a Harry con la Maldición Asesina. ¿Voldemort también se había derrumbado? Eso parecía. Y ambos había quedado brevemente inconscientes y los dos habían despertado ya…
–Mi señor, permíteme…
–¡No necesito ayuda! –dijo Voldemort fríamente; y a pesar de que no podía verla, Harry se imaginó a Bellatrix retirando la mano solícita—. El muchacho, ¿está muerto?
Se hizo un silencio absoluto en el claro. Nadie se acercó a Harry pero sentía sus miradas concentradas; parecían presionarle con más fuerza contra la tierra, y le aterraba que un dedo o un parpado pudieran delatarle.
–Tú –dijo Voldemort, y se oyó un golpe y un pequeño chillido de dolor.
–Examínale. Dime si está muerto.
Harry no sabía quien había sido enviado a verificar su muerte. Solo podía quedarse allí tendido, con el corazón latiendo traicioneramente, y esperar a ser examinado; pero al mismo tiempo un pequeño consuelo le invadía ante la idea de que Voldemort se mostraba cauteloso, no queriendo aproximarse a él. Sospechaba que no todo había ido según lo planeado...
Unas manos, más suaves de lo que hubiera esperado, tocaron la cara de Harry y palparon su corazón, podía oír la respiración agitada de una mujer.
–¿Draco esta vivo? ¿Está en el castillo?
El susurro fue apenas audible, los labios de la mujer estaban a centímetros de su oído, la cabeza tan inclinada que su largo cabello tapaba la cara de Harry.
–Sí –murmuró en respuesta.
Sintió que la mano se contraía sobre su pecho, las uñas le apuñalaron. Entonces la mano se retiró. Ella se había enderezado.
–¡Está muerto! –gritó Narcissa Malfoy a los observadores.
Y ahora gritaron, ahora aullaban de triunfo y estampaban los pies en el suelo; y a través de los párpados, Harry vio explosiones de luz roja y plata en el aire, animando la celebración.
Todavía fingiéndose muerto en el suelo, entendió. Narcissa sabía que la única forma de que se le permitiera entrar a Hogwarts y buscar a su hijo, era como parte del ejército conquistador. Ya no le importaba si Voldemort ganaba o no.
–¿Veis? –dijo Voldemort a la multitud–. Harry Potter ha muerto por mi mano, y ningún hombre vivo puede amenazarme ahora, ¡Observad! ¡CRUCIO!
Harry se lo había estado esperando, sabía que su cuerpo no sería abandonado indemne en el suelo del bosque; debía ser objeto de escarnio para probar la victoria de Voldemort. Fue elevado en el aire, y necesitó toda su determinación para permanecer inerte, aunque el dolor que había esperado no llegó. Fue lanzado una vez, dos, tres al aire.
Sus gafas salieron volando y sintió como su varita se deslizaba un poco entre su ropa, pero se mantuvo relajado y sin vida, y cuando cayó a tierra por última vez, el claro resonó con los ecos de vítores y chillidos de risa.
—Ahora —dijo Voldemort— vamos al casillo, y mostrémosles en que se ha convertido su héroe. ¿Quien arrastrará el cuerpo? No... esperad...
Se oyó una oleada renovada de risas, y tras unos momentos Harry sintió como el suelo temblaba bajo él.
—Tú, llévale —dijo Voldemort—. Estará muy bien y muy visible en tus brazos, ¿verdad? Recoge a tu amiguito, Hagrid. Y las gafas... poned las gatas... debe estar reconocible...
Alguien volvió a ponerle las gafas en la cara con brusquedad, con una fuerza deliberada, pero las manos enormes que le alzaron en el aire fueron extremadamente gentiles. Harry podía sentir como temblaban los brazos de Hagrid por la fuerza de sus sollozos. Grandes lágrimas se derramaban sobre él mientras Hagrid le acunaba entre sus brazos, y Harry no se atrevió, por movimiento o palabras, a confiar a Hagrid que aún no estaba todo perdido.
—Muévete —dijo Voldemort, y Hagrid se tambaleó hacia adelante, abriéndose paso a través de la espesura, de vuelta a través del bosque.
Las ramas se enganchaban en el pelo y la túnica de Harry, pero él yacía inmóvil, con la boca entreabierta, los ojos cerrados, y en la oscuridad, mientras los mortífagos se apiñaban a su alrededor, y mientras Hagrid sollozaba salvajemente. Nadie pareció notar que latía el pulso en el cuello expuesto de Potter.
Los dos gigantes lo aplastaban todo a su paso siguiendo a los mortífagos. Harry podía oír los árboles crujiendo y cayendo mientras pasaban, eran tan ruidosos que los pájaros se lanzaban chillando al cielo, e incluso los vítores de los mortífagos quedaban ahogados. La procesión victoriosa marchó hacia terreno abierto, y después de un rato Harry pudo decir por el aligeramiento de la oscuridad que percibía a través de los párpados cerrados, que los árboles empezaban a aclararse.
—¡BANE!
El bramido inesperado de Hagrid casi obligó a Harry a abrir los ojos—. ¿Estás contento ahora, eh? ¿No vais a luchar, verdad, panda de mulas cobardes? ¿Os alegra la m—m—muerte de Harry Potter?
Hagrid no continuó, sino que estalló en renovadas lágrimas. Harry se preguntó cuantos centauros estaban viendo pasar la procesión. No se atrevió a abrir los ojos. Algunos de los mortífagos lanzaban insultos a los centauros mientras les dejaban atrás. Poco después Harry sintió, por el aire refrescante, que habían alcanzado el linde del bosque.
—Alto.
Harry creyó notar que Hagrid había sido obligado a obedecer la orden de Voldemort porque se tambaleó un poco. Y un nuevo escalofrío se cernió sobre ellos cuando se detuvieron, y Harry oyó la áspera respiración de los dementores que patrullaban el anillo exterior de árboles. Ahora no le afectaban.
El hecho de su propia supervivencia ardía en su interior, un talismán contra ellos, como si el ciervo de su padre montara guardia en su corazón.
Alguien pasó junto a Harry, y supo que había sido el propio Voldemort porque habló un momento después, con la voz mágicamente amplificada para que atravesara los terrenos, estrellándose contra los tímpanos de Harry.
—Harry Potter está muerto. Le maté mientras huía, intentando salvarse mientras vosotros sacrificabais vuestras vidas por él. Traemos su cuerpo como prueba de que vuestro héroe ha muerto.
"La batalla está ganada. Habéis perdido a la mitad de vuestros combatientes. Mis mortífagos os superan en número, y El Chico que Vivió está muerto. La guerra debe acabar. Cualquiera que continúe resistiéndose, hombre, mujer, o niño, será masacrado, al igual que cada miembro de su familia. Salid del castillo ahora, arrodillaos ante mí, y seréis absueltos. Vuestros padres e hijos, vuestros hermanos y hermanas vivirán y serán perdonados, y os uniréis a mí en un nuevo mundo que construiremos juntos.
Reinaba el silencio en los terrenos y el castillo. Voldemort estaba tan cerca de él que Harry no se atrevió a abrir los ojos de nuevo.
—Vamos —dijo Voldemort, y Harry le oyó adelantarse, y Hagrid se vio obligado a seguir. Ahora Harry abrió los ojos una fracción de segundo, y vio a Voldemort avanzando a zancadas ante ellos, llevando a la gran serpiente Nagini alrededor de los hombros, ahora libre de su jaula encantada. Pero Harry no tenía posibilidad de extraer la varita oculta bajo su túnica sin que lo notaran los mortífagos, que marchaban a ambos lados de ellos a través de la lentamente aligerada oscuridad.
—Harry —sollozaba Hagrid—. Oh, Harry... Harry.
Harry volvió a cerrar los ojos firmemente. Sabía que se estaban aproximando al castillo y agudizó los oídos para distinguir, sobre las voces alegres de los mortífagos y sus pasos atronadores, señales de vida de los que estaban dentro.
—Alto.
Los mortífagos se detuvieron. Harry les oyó desplegarse en una fila frente a las puertas principales abiertas de la escuela. Podía ver, incluso con los párpados cerrados, el brillo tenue que indicaba que la luz se derramaba sobre él desde el vestíbulo de entrada. Esperó. En cualquier momento, la gente por la que había intentado morir le vería, yaciendo aparentemente muerto, en los brazos de Hagrid.
—¡NO!
El grito fue más terrible porque nunca había esperado o soñado que la Profesora McGonagall pudiera emitir tal sonido. Oyó a otra mujer reír cerca, y supo que Bellatrix se deleitaba ante la desesperación de McGonagall.
Miró de reojo una vez durante un solo segundo y vio el umbral llenarse de gente mientras los supervivientes de la batalla salían a los escalones delanteros para enfrentar a sus vencedores y ver la verdad de la muerte de Harry por sí mismos. Vio a Voldemort de pie delante de él, acariciando la cabeza de Nagini con un solo dedo blanco. Cerró los ojos de nuevo.
—¡No!
—¡No!
—¡Harry! ¡HARRY!
Las voces de Ron, Hermione y Ginny fueron peores que la de McGonagall. Nada deseaba más que responderles, aunque siguió tendido en silencio, y sus gritos actuaron como un gatillo. La multitud de supervivientes hizo suya la causa, gritando y chillando insultos a los mortífagos, hasta que...
—¡SILENCIO! —gritó Voldemort, y se oyó un golpe y un destello de luz brillante y silencio les fue impuesto, obligando a callar a todos—. ¡Se acabó! ¡Déjale, Hagrid, a mis pies, donde debe estar!
Harry sintió como le dejaban sobre la hierba.
—¿Veis? —dijo Voldemort, y Harry le sintió pasearse de acá para allá justo junto al lugar donde él yacía—. ¡Potter está muerto! Lo entendéis ahora, ¿verdad, ilusos? ¡No era nada, nunca lo fue, nada más que un niño que confiaba en que los demás se sacrificaran por él!
—¡Se enfrentó a ti! —gritó Ron, y el hechizo se rompió, y los defensores de Hogwarts gritaron y chillaron de nuevo hasta que una segunda y más poderosa explosión extinguió sus voces una vez más.
—Murió mientras intentaba salir a hurtadillas de los terrenos del castillo —dijo Voldemort, y se notó una inflexión en su voz por la mentira— Muerto mientras intentaba salvarse a sí mismo...
Pero Voldemort se interrumpió. Harry oyó una riña y un grito, después otro golpe, un destello de luz, y un gruñido de dolor. Abrió los ojos una milésima. Alguien se había separado de la multitud y cargaba hacia Voldemort. Harry vio a la figura golpear el suelo. Desarmado. Voldemort lanzaba la varita de su oponente a un lado y reía.
—¿Y quién es este? —dijo con un suave siseo serpentino—. ¿Quién se ha ofrecido voluntario para demostrar lo que les ocurre a los que continúan luchando cuando la batalla está perdida?
Bellatrix soltó una risa deleitada.
—¡Es Neville Longbotom, mi Señor! ¡El chico que ha estado dando a los Carrows tantos problemas! El hijo de los Aurores, ¿recuerda?
—Ah, si, recuerdo, —dijo Voldemort, bajando la mirada hacia Neville, que estaba luchando por volver a ponerse en pie, desarmado e indefenso; de pie en tierra de nadie entre los supervivientes y los mortífagos—. Pero eres un sangre pura, ¿verdad, mi valiente muchacho? —preguntó Voldemort a Neville, que se enfrentaba a él con las manos vacías, cerrados los puños.
—¿Y qué si lo soy? —dijo Neville ruidosamente.
—Muestras espíritu y valor, y provienes de un linaje noble. Serás un mortífago de gran valor. Necesitamos gente como tú, Neville Longbotom.
—Me uniré a ti cundo el infierno se congele, —dijo Neville—. ¡Ejército de Dumbledore! —gritó, y se produjeron vítores en respuesta entre la multitud a la que los Encantamientos Silenciadores de Voldemort parecían incapaces de contener.
—Muy bien, —dijo Voldemort, y Harry oyó más peligro en la suavidad de su voz que en la más poderosa de las maldiciones—. Si esa es tu decisión, Longbottom, volveremos al plan original. Allá, —dijo tranquilamente— tú.
Todavía observando a través de los párpados entrecerrados, Harry vio a Voldemort ondear su varita. Segundos después, saliendo de una de las ventanas del castillo, algo que parecía un pájaro deforme voló a través de las ventanas y en la luz tenue y aterrizó en la mano de Voldemort. Este cogió el enmohecido objeto por el extremo y se quedó ahí balanceándose, vacío y desgarrado: el Sombrero Seleccionador.
—No habrá más Selecciones en la Escuela Hogwarts, —dijo Voldemort—. No habrá más Casas. El emblema, escudo y colores de mi noble ancestro, Salazar Slythering, servirá a todo el mundo. ¿verdad, Neville Longbotton?
Apuntó su varita hacia Neville, que se quedó rígido e inmóvil, después embutió el sombrero en la cabeza de Neville, de forma que este se deslizó hacia abajo cubriéndole los ojos. Hubo movimientos entre la multitud de observadores que se apiñaba delante del castillo, y como uno, los mortífagos alzaron sus varitas, manteniendo a raya a los defensores de Hogwarts.
—Neville va a demostrar ahora lo que le ocurrirá a cualquiera lo suficientemente estúpido como para continuar oponiéndose a mí, —dijo Voldemort, y con un ondeo de su varita, hizo que el Sombrero Seleccionador ardiera en llamas.
Los gritos hendieron el amanecer, y Neville ardió, arraigado en el lugar, incapaz de moverse, y Harry no podía soportarlo. Debía actuar...
Y entonces muchas cosas ocurrieron a la vez.
Oyeron alzarse un rugido en los límites distantes de la escuela que sonaba como si un enjambre de cientos de personas estuvieran rebalsando los muros exteriores y vertiéndose hacia el castillo, bramando gritos de guerra. Al mismo tiempo, Grawp había aparecido rodeando una esquina del castillo con su andar torpe y gritando "¡HAGGER!". Su llamada fue respondida por los rugidos de los gigantes de Voldemort, que corrieron hacia Grawp como elefantes a la carga haciendo que la tierra se estremeciera.
Después llegaron los cascos, los tañidos de arcos, y las flechas de repente llovían sobre los mortífagos que rompieron filas, gritando de sorpresa. Harry sacó la Capa de Invisibilidad de dentro de su túnica, la lanzó sobre sí mismo, y se puso en pie de un salto, mientras Neville se movía también.
Con un movimiento veloz y fluido, Neville se liberó de la Maldición Cuerpo Atado lanzada sobre él; el llameante sombrero cayó y Neville extrajo de sus profundidades algo plateado, con una brillante empuñadura de rubíes.
La cuchillada de la hoja de plata no pudo oírse sobre el rugido de la multitud que se aproximaba o los sonidos de los gigantes o de la carga de los centauros; y aún así, pareció atraer cada mirada. Con una sola estocada, Neville cortó la gran cabeza de la serpiente, que giró alto en el aire, brillando a la luz que fluía desde el vestíbulo de entrada. La boca de Voldemort se abrió en un grito de furia que nadie pudo oír, y el cuerpo de la serpiente cayó pesadamente al suelo a sus pies.
Oculto bajo la Capa de Invisibilidad, Harry lanzó un Encantamiento Escudo entre Neville y Voldemort antes de que este último pudiera alzar su varita. Entonces, sobre los gritos y los rugidos y estruendosos golpes de los gigantes que luchaban, Hagrid gritó más alto que nadie
—¡HARRY! —gritó Hagrid—. ¡HARRY!... ¿DONDE ESTÁ HARRY?
Reinaba el caos. Los centauros a la carga estaban dispersando a los mortífagos, todos sentían las pisadas retumbantes de los gigantes, y cada vez más y más cerca el estruendo de los refuerzos que había llegado de quién sabía dónde. Harry vio grandes criaturas aladas sobrevolando las cabeza de los gigantes de Voldemort; los thestrals y Buckbeak el hipogrifo arañaban sus ojos mientras Grawp les golpeaba y mordía y ahora los magos, defensores de Hogwarts y mortífagos por igual se estaban viendo forzados a volver a entrar en el castillo. Harry estaba lanzando maleficios y maldiciones a cualquier mortífago que veía, y ellos se derrumbaban sin saber qué o quién les había alcanzado, y sus cuerpos eran pisoteados por la multitud en retirada
Todavía oculto bajo la Capa de Invisibilidad, Harry fue también empujado a entrar en el vestíbulo. Estaba buscando a Voldemort y le vio al otro lado de la habitación, lanzando hechizos con su varita mientras retrocedía hasta el Gran Salón, todavía gritando instrucciones a sus seguidores mientras lanzaba maldiciones a diestro y siniestro. Harry lanzó más Encantamientos Escudo, entre Voldemort y sus pretendidas víctimas.
Seamus Finnigan y Hannah Abbot pasaron junto a él a la carrera hacia el interior del Gran Salón, donde se unieron a la lucha que ya florecía dentro.
Y había más, incluso más gente saltando los escalones delanteros. Y Harry vio a Charlie Weasley seguido de Horace Slughorn, que todavía vestía su pijama esmeralda. Parecía haber vuelto a la cabeza de lo que parecían ser las familias y amigos de cada estudiante de Hogwarts que se había quedado a luchar, junto a los tenderos y vecinos de Hogsmeade. Los centauros Bane, Ronan y Magorian irrumpieron en el vestíbulo con un gran crepitar de cascos, y detrás de Harry la puerta que conducía a las cocinas se abrió con tanta fuerza que saltó de sus goznes.
Los elfos domésticos de Hogwarts inundaron el vestíbulo de entrada, gritando y ondeando cuchillos de carnicero, y a la cabeza de los mismos, con el guardapelo de Regulus Black rebotando en su pecho, estaba Kreacher, su voz de rana era audible incluso sobre todo este alboroto:
—¡Luchad! ¡Luchad! ¡Luchad por mi Amo, defensor de los elfos domésticos! ¡Luchad con el Señor Tenebroso, en nombre del Valiente Regulus! ¡Luchad!
Estaban asaltando y apuñalando los tobillos y pantorrillas de los mortífagos con su diminutas caras iluminadas de malicia, y mirara donde mirara, Harry veía mortífagos doblegados por el puro peso del número, superados por hechizos, sacándose flechas de heridas, apuñalados en las piernas por los elfos, o simplemente intentando escapar, pero tragados por la horda que se aproximada.
Pero esto no había acabado aún. Harry corrió entre los duelistas y los prisioneros que se resistían hasta el Gran Salón.
Voldemort estaba en el centro de la batalla, atacando y golpeando a todo el que se ponía a su alcance. Harry no podía conseguir un disparo claro, así que luchó por acercarse más, todavía invisible, pero el Gran Salón se fue abarrotando más y más con cada persona que conseguía forzar su entrada.
Harry vio a Yaxley derribado por George y Lee Jordan, vio a Dolohov caer con un grito a manos de Flitwick, vio como Walden Macnair era lanzado al otro lado de la habitación por Hagrid, golpeaba la pared opuesta, y se deslizaba inconsciente hasta el suelo. Vio a Ron y Neville derrotar a Fenrir Greyback Aberforht Aturdiendo a Rookwood, Arthur y Percy rodeando a Thicknesse, y Lucius y Narcissa Malfoy corriendo entre la multitud, sin intentar luchar, llamando a gritos a su hijo.
Voldemort estaba ahora luchando contra McGonagall, Slughorn y Kingsley, todos a la vez, y había un odio frío en su cara mientras ondeaban y amagaban alrededor, incapaces de acabar con ellos.
Bellatrix todavía estaba luchando también, a cincuenta yardas de Voldemort, y como su amo, luchaba con tres a la vez: Hermione, Ginny y Luna, todas al máximo de sus posibilidades, pero Bellatrix las igualaba; y la atención de Harry se desvió cuando una Maldición Asesina golpeó tan cerca de Ginny que falló y no la mató por un centímetro.
Cambió de curso, corriendo hacia Bellatrix en vez de hacia Voldemort, pero antes de haber dado un par de pasos fue golpeado a un lado.
—¡MI HIJA NO, PERRA!
La Señora Weasley se quitó la capa mientras corría, liberando sus manos. Bellatrix se dio la vuelta, rugiendo de risa antes de visión del nuevo desafío.
—¡FUERA DE MI CAMINO! —gritó la Señora Weasley a las tres chicas, y con un simple ademán de su varita empezó el duelo. Harry observó con terror y júbilo como la varita de Molly Weasley acuchillaba y se retorcía, y la sonrisa de Bellatrix Lestradge decaía y se convertía en un gruñido. Rayos de luz salían volando de ambas varitas, el suelo alrededor de los pies de las brujas se levantó y agrietó. Ambas mujeres estaban luchando a muerte.
—¡No! —gritó la Señora Weasley cuando unos pocos estudiantes se adelantaron, intentando acudir en su ayuda—. ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Es mía!
Cientos de personas estaban ahora alineadas contra las paredes, observando las dos luchas: Voldemort y sus tres oponentes, Bellatrix y Molly; y Harry de pie, invisible, desgarrado entre ambas, deseando atacar y a la vez proteger, incapaz de asegurarse de no alcanzar a un inocente.
—¿Qué ocurrirá con tus hijos cuando mueras? —se burló Bellatrix, tan loca como su amo, haciendo cabriolas mientras las maldiciones de Molly danzaban a su alrededor—. ¿Cuando Mami se haya ido como Freddie?
—¡Tú... nunca... volverás... a... tocar... a... mis... hijos! —gritó la Señora Weasley.
Bellatrix rió con la misma risa alborozada que su primo Sirius había soltado mientras caía hacia atrás a través del velo, y de repente Harry supo lo que iba a ocurrir antes de que ocurriera.
La maldición de Molly pasó bajo el brazo extendido de Bellatrix y la golpeó de lleno en el pecho, directamente sobre el corazón.
La sonrisa satisfecha de Bellatrix se congeló, sus ojos parecieron salirse de sus órbitas. Durante el más ínfimo espacio de tiempo supo lo que había ocurrido y después perdió el equilibrio. La multitud de observadores rugió enardecida y Voldemort gritó.
Harry lo sintió mientras se giraba a cámara lenta. Vio a McGonagall, Kingsley y Slughorn salir despedidos hacia atrás, agitándose y contorsionándose en el aire, cuando la furia de Voldemort ante la caída de su última y mejor lugarteniente explotó con la fuerza de una bomba. Voldemort alzó la varita y la apuntó hacia Molly Weasley.
—¡Protego! —rugió Harry. El Encantamiento Escudo se expandió en medio del Salón, y Voldemort miró alrededor en busca de la fuente mientras Harry se quitaba la Capa de Invisibilidad al fin.
El chillido de sorpresa, los vítores, los gritos por todos lados de: "¡Harry! ¡ESTÁ VIVO!" quedaron ahogados de inmediato. La multitud sintió miedo, y el silencio cayó abrupta y completamente cuando Voldemort y Harry se miraron el uno al otro, y empezaron, al mismo tiempo, a girar en círculos.
—No quiero que ningún otro ayude, —dijo Harry en voz alta, y en el silencio absoluto su voz sonó como la llamada de una trompeta—. Así es como debe ser. Tengo que ser yo.
Voldemort siseó.
—Potter no quiere decir eso, —dijo. Sus ojos rojos estaban abiertos de par en par—. Así no es como funciona, ¿verdad? ¿A quién vas a utilizar como escudo hoy, Potter?
—A nadie, —dijo Harry simplemente—. No hay más Horrocruxes. Solos tú y yo. Ninguno puede vivir mientras el otro sobreviva, y uno de nosotros está a punto de desaparecer para siempre.
—¿Uno de nosotros? —se burló Voldemort. Todo su cuerpo estaba tenso y sus ojos rojos fijos, una serpiente a punto de atacar—. ¿Crees que serás tú, eh, el chico que ha sobrevivido por accidente, y porque Dumbledore tiraba de sus cuerdas?
—¿Fue un accidente cuando me salvó mi madre? —preguntó Harry. Se movían lentamente de lado, ambos, en un círculo perfecto, manteniendo la misma distancia el uno del otro, y para Harry no existía más cara que la de Voldemort—. ¿Accidente cuando decidí luchar en ese cementerio? ¿Accidente que no me defendiera esta noche y aún así sobreviviera y volviera para luchar?
—¡Accidentes! —gritó Voldemort, pero aún así no atacaba. La multitud de observadores estaba congelada, como Petrificados, al igual que los cientos de personas del vestíbulo, nadie parecía respirar excepto ellos dos—. Accidente y casualidades y el hecho de que te escondes y gimoteas tras las faldas de grandes hombres y mujeres, ¡y me permites matarles en tu lugar!
—No matarás a nadie más esta noche, —dijo Harry mientras giraban, y se miraban directamente a los ojos, verde contra rojo—. No podrás volver a matar nunca a ninguno de ellos. ¿No lo coges? Estaba preparado para morir para evitar que hicieras daño a esta gente...
—¡Pero no lo hiciste!
—...tenía intención de hacerlo, y eso es lo que cuenta. Hice lo que hizo mi madre. Protegerles de ti. ¿No has notado que ninguno de los hechizos que les has lanzado les han tocado? No puedes torturarles. No puedes tocarles. No has aprendido de tus errores, Riddle, ¿verdad?
—Te atreves...
—Si, me atrevo —dijo Harry—. Sé cosas que tú no sabes, Tom Riddle. Sé un montón de cosas que tú no. ¿Quieres oír algunas, antes de cometer otro gran error?
Voldemort no habló, sino que siguió rondando en círculos, y Harry supo que le tenía temporalmente hipnotizado, contenido por la idea de que hubiera la más mínima posibilidad de que Harry pudiera saber un secreto definitivo...
—¿El amor de nuevo? —dijo Voldemort, su cara de serpiente era una burla—. La solución favorita de Dumbledore, que él afirmaba conquistaba a la muerte, aunque el amor no evitó que cayera de la torre y se rompiera como un viejo muñeco de cera. Amor, que no evitó que aplastara a tu madre sangre sucia como a una cucaracha, Potter... y nadie parece amarte a ti lo suficiente como para adelantarse estaba vez e interceptar mi maldición. ¿Qué evitará entonces que mueras esta vez cuando ataque?
—Solo una cosa —dijo Harry, y siguieron rodeándose el uno al otro, absortos el uno en el otro, separados solo por el último secreto.
—Si no es el amor lo que te salvará esta vez, —dijo Voldemort— debes creer que posees una magia que yo no tengo, o alguna otra cosa, ¿un arma más poderosa que la mía?
—Las dos cosas, creo —dijo Harry, y vio un destello de sorpresa cruzar la cara de serpiente, aunque se disipó instantáneamente. Voldemort empezó a reír, y el sonido fue más aterrador que sus gritos, enloquecido y sin humor, y resonó a través del silencioso Salón.
—¿Crees que conoces magia que yo no? —dijo—. ¿Que sabes más que yo, que Lord Voldemort, que ha realizado magia con la que ni siquiera el propio Dumbledore habría soñado jamás?
—Oh, soñó con ella, —dijo Harry— pero sabía más que tú, sabía lo suficiente para no hacer lo que tú.
—¡Quieres decir que era débil! —gritó Voldemort—. Demasiado débil como para atreverse, demasiado débil como para coger lo que podría haber sido suyo, ¡lo que será mío!
—No, era más astuto que tú, —dijo Harry— mejor mago, y mejor hombre.
—¡Yo ordené la muerte de Albus Dumbledore!
—Crees haberlo hecho, —dijo Harry— pero estás equivocado.
Por primera vez, la multitud de observadores se movió cuando cientos de personas alrededor de las paredes respiraron como una.
—¡Dumbledore está muerto! —Voldemort arrojó las palabras a Harry como si estas le causaran un dolor insoportable—. Su cuerpo se pudre en una tumba de mármol en los terrenos de este castillo. Yo le vi, Potter, ¡y no volverá!
—Si, Dumbledore está muerto, —dijo Harry tranquilamente—. pero no fuiste tú quien le mató. Eligió su propia forma de morir, la eligió meses antes de morir, lo arregló todo con el hombre al que creías tu siervo.
—¿Que sueño infantil es este? —dijo Voldemort, pero todavía no atacaba y sus ojos rojos no se separaban de los de Harry.
—Severus Snape no era uno de tus hombres—. dijo Harry—. Lo era de Dumbledore. De Dumbledore desde el momento en que empezarse a perseguir a mi madre. Y nunca lo comprendiste, porque es lo único que no puedes entender. ¿Nunca viste a Snape lanzar un Patronus, Riddle?
Voldemort no respondió. Continuaron girando uno alrededor del otro como lobos dispuestos a hacer trizas al otro.
—El Patronus de Snape era una cierva —dijo Harry—, como el de mi madre, porque la amó durante casi toda su vida, desde que eran niños. Deberías haberlo notado, —dijo cuando vio llamear las fosas nasales de Voldemort—, te pidió que le perdonaras la vida, ¿verdad?
—La deseaba, eso era todo, —dijo Voldemort con desprecio—, pero cuando desapareció, él estuvo de acuerdo en que habían otras mujeres, y de sangre pura, que le merecerían...
—Por supuesto que te dijo eso —dijo Harry—. ¡Pero fue espía de Dumbledore desde el momento en que la amenazaste, y ha estado trabajando contra ti desde entonces! ¡Dumbledore ya se estaba muriendo cuando Snape acabó con él!
—¡Eso no importa! —chilló Voldemort, que había seguido cada palabra con absorta atención, pero ahora dejó escapar un cacareo de risa enloquecida—. ¡No importa si Snape era mío o de Dumbledore, o que mezquinos obstáculos trató de poner en mi camino! Los aplasté como aplasté a tu madre, ¡el supuesto gran amor de Snape! ¡Oh, pero todo cobra sentido, Potter, y de formas que no tú no entiendes! ¡Dumbledore estaba intentando mantener la Varita de Saúco lejos de mí! ¡Su intención era que Snape fuera el auténtico amo de la varita! Pero yo voy por delante de ti, muchachito. ¡Cogí la varita antes de que consiguieras poner tus manos en ella! ¡Comprendí la verdad antes que tú! ¡Maté a Severus Snape hace tres horas, y la Varita de Saúco, la Vara de la Muerte, la Varita del Destino es verdaderamente mía! ¡El último plan de Dumbledore salió mal, Harry Potter!
—Si, así es —dijo Harry—. Tienes razón. Pero antes de que me mates, te aconsejo que pienses en lo que has hecho... Piensa, e intenta sentir algo de remordimiento, Riddle...
—¿Que es esto?
De todas las cosas que Harry le había dicho, más allá de cualquier revelación o burla, nada había sorprendido a Voldemort tanto como esto. Harry vio sus pupilas contraerse en las finas rendijas, vio la piel alrededor de sus ojos quedarse blanca.
—Es tu última oportunidad, —dijo Harry—, todo lo que te queda... he visto lo que hubieras sido de otro modo... Sé un hombre... inténtalo... Intenta sentir algún remordimiento...
—¿Te atreves...? —dijo Voldemort de nuevo.
—Si, me atrevo, —dijo Harry—, porque el último plan de Dumbledore no se ha vuelto contra mí en absoluto. Se ha vuelto contra ti, Riddle.
La mano de Voldemort estaba temblando sobre la Varita de Saúco, y Harry aferraba la de Draco muy firmemente. El momento, lo sabía, estaba a solo segundos de distancia.
—La varita todavía no funciona apropiadamente para ti porque mataste a la persona equivocada. Severus Snape nunca fue el auténtico amo de la Varita de Saúco. Nunca derrotó a Dumbledore.
—Le mató...
—¿No has estado escuchando? ¡Snape nunca derrotó a Dumbledore! ¡La muerte de Dumbledore estaba planeada! Dumbledore tenía intención de morir sin ser derrotado, ¡el último amo de la varita! ¡Si todo hubiera salido tal y como estaba planeado, el poder de la varita habría muerto con él, porque nunca habría sido derrotado!
—¡Pues entonces, Potter, Dumbledore fue tan amable de entregarme la varita! —la voz de Voldemort se sacudía con malicioso placer—. ¡Robé la varita de la tumba de su último amo! ¡La cogí contra los deseos del último amo! ¡El poder es mío!
—Todavía no lo coges, ¿verdad, Riddle? ¡La posesión de la varita no es suficiente! Sujetarla, utilizarla, no la hace realmente tuya. ¿No oíste a Ollivander? La varita elige al mago... La Varita de Saúco reconoció a un nuevo amo antes de que Dumbledore muriera, alguien que nunca posó su mano en ella. El nuevo amo le quitó la varita a Dumbledore contra su voluntad, sin comprender nunca lo que había hecho exactamente, o que la varita más peligrosa del mundo le había otorgado su lealtad...
El pecho de Voldemort se alzaba y caía rápidamente, y Harry podía sentir la maldición llegando, la sintió formarse dentro de la varita apuntada hacia su cara.
—El auténtico amo de la Varita de Saúco era Draco Malfoy
Una sorpresa estupefacta se mostró por un momento en la cara de Voldemort, pero al momento desapareció.
—¿Y qué importa eso? —dijo suavemente—. Incluso si tienes razón, Potter, eso no supone ninguna diferencia entre tú y yo. Ya no hay varitas de fénix. Será un duelo solo de habilidad... y después de que te haya matado, podré ocuparme de Draco Malfoy...
—Pero llegas demasiado tarde, —dijo Harry—. Perdiste tu oportunidad. Yo llegué primero. Vencí a Draco hace semanas. Le quité su varita.
Harry ondeó la varita de espino, y sintió los ojos de todos los ocupantes del Salón posados en ella.
—Así que todo se reduce a eso, ¿verdad? —susurró Harry—. ¿Sabe la varita que está en tu mano que su último amo fue Desarmado? Porque si lo sabe... yo soy el auténtico amo de la Varita de Saúco.
Un rayo rojo estalló repentinamente cruzando el cielo encantado sobre ellos cuando el borde del sol deslumbrante apareció sobre el alféizar de la ventana más cercana. La luz golpeó ambas caras al mismo tiempo, haciendo que la de Voldemort pareciera repentinamente un borrón llameante. Harry oyó a la voz más aguda gritar y también él gritó esperando lo mejor, apuntando la varita de Draco.
—¡Avada Kedavra!
—¡Expelliarmus!
La explosión fue como el disparo de un cañón, y unas llamas doradas estallaron entre ellos, marcando el centro del círculo que habían estado trazando, en el punto donde los hechizos colisionaron. Harry vio el rayo verde de Voldemort encontrarse con su propio hechizo, vio la Varita de Saúco volar alto, oscura contra el amanecer, girando por el techo encantado como la cabeza de Nagini, dando vueltas a través del aire hacia el amo al que no podía matar, que había tomado posesión absoluta de ella al fin. Y Harry, con la habilidad infalible de un Buscador, cogió la varita con la mano libre mientras Voldemort retrocedía, con los brazos abiertos y los ojos escarlata de pupilas verticales mirando hacia arriba. TOM Riddle golpeó el suelo con mundana banalidad, su cuerpo débil y encogido, las manos blancas vacías, la cara de serpiente en blanco e ignorante. Voldemort estaba muerto, muerto por su propia maldición rebotada, y Harry estaba en pie con dos varitas en las manos, mirando al cadáver de su enemigo.
Un estremecedor segundo de silencio, la sorpresa del momento quedó suspendida; y entonces el tumulto estalló alrededor de Harry mientras gritos, vítores y rugidos de los observadores llenaban el aire.
La ferocidad del nuevo sol atravesaba las ventanas cuando corrieron hacia él y los primeros en alcanzarle fueron Ron y Hermione, y fueron sus brazos los que le rodearon, sus gritos incomprensibles los que le ensordecieron. Entonces Ginny, Neville, y Luna estaban allí, y todos los Weasleys y Hagrid, y Kingsley y McGonagall y Flitwick y Sprout, y Harry no podía oír ni una palabra de que lo todos estaban gritando, ni decir que manos estrechaban las suyas, tirando de él, intentando abrazar alguna parte de él, cientos de ellos presionando, todos decididos a tocar al Chico Que Vivió, la razón de que todo hubiera acabado al fin.
El sol se había alzado completamente sobre Hogwarts, y el Gran Salón hervía de vida y luz. Harry era una parte indispensable de la mezcla de efusiones de júbilo y luto, de pena y celebración. Deseaban que estuviera allí con ellos, su líder y símbolo, su salvador y su guía, y el que no había dormido, que anhelaba la compañía de solo unos pocos de ellos, no parecía ocurrírsele a ninguno. Debía dar el pésame, estrechar manos, presenciar lágrimas, recibir agradecimientos, oír las noticias que llegaban poco a poco de todas partes mientras la mañana pasaba: que por todas partes del país los maldecidos por la Maldición Imperius habían vuelto a su verdadero ser, que los mortífagos se daban a la fuga o estaban siendo capturados, que los inocentes de Azkaban serían liberados en cualquier momento, y que Kingsley Shacklebot había sido nombrado temporalmente Ministro de Magia.
Movieron el cuerpo de Voldemort y lo tendieron en una cámara junto al vestíbulo, lejos de los cuerpos de Fred, Tonks, Lupin, Colin Creevey, y cincuenta estudiantes más que habían muerto luchando. McGonagall había vuelto a colocar las mesas de las Casas, pero ya nadie se sentaba de acuerdo con su Casa. Estaban todos apiñados juntos, profesores y pupilos, fantasmas y padres, centauros y elfos domésticos, y Firenze yacía recuperándose en una esquina, y Grawp espiaba a través de una ventana destrozada, y la gente se tiraba comida a las bocas sonrientes.
Después de un rato, exhausto y agotado, Harry se encontró sentado en un banco junto a Luna.
—Si yo fuera tú, querría algo de paz y tranquilidad.
—Me encantaría, —replicó él.
—Yo les distraeré, —dijo ella—. Usa tu capa.
Y antes de que pudiera decir una palabra, ella gritó.
—¡Ooooh, mirad, un Blibbering Hundinger! —Y señaló a la ventana. Todo el que la había oído miró, y Harry se deslizó la Capa por encima, y se puso en pie.
Ahora se podía mover por el Salón sin interferencia. Divisó a Ginny a dos mesas de distancia, estaba sentada con la cabeza sobre el hombro de su madre. Ya habría tiempo de hablar después, horas y días y quizás años en los que hablar. Vio a Neville, la espada de Gryffindor yacía junto a su plato mientras comía, rodeado por un grupo de fervientes admiradores.
Avanzó a lo largo del pasillo entre las mesas, y divisó a los tres Malfoy, apiñados juntos, como inseguros de si se suponía o no que debían estar allí, pero nadie les prestaba ninguna atención. A donde quiera que mirara, veía familias reunidas, y finalmente, vio a los dos cuya compañía más anhelaba.
—Soy yo, —murmuró, agachándose entre los dos—. ¿Venís conmigo?
Se pusieron en pie al instante, y juntos, él, Ron y Hermione abandonaron el Gran Salón.
Habían desaparecido grandes trozos de la escalera de mármol, parte de la balaustrada había volado, y encontraban escombros y manchas de sangre cada pocos escalones mientras subían.
En algún lugar en la distancia podían oír a Peeves zumbando a través de los corredores cantando una canción de victoria de su propia composición:
Lo hicimos, le machacamos, Pottercito es el elegido,
Y Voldy en el barro ha desaparecido, ¡así que ahora a divertirse!
—Realmente te da una sensación de drama y tragedia, ¿verdad? —dijo Ron, empujando una puerta para dejar pasar a Harry y Hermione.
La felicidad llegará, pensó Harry, pero en ese momento se veía amortiguada por el cansancio, y el dolor de perder a Fred, Lupin y Tonks que le atravesaba como una herida física cada pocos pasos. La mayor parte de él se sentía estupendamente aliviado, y anhelaba dormir. Pero primero debía una explicación a Ron y Hermione, que habían aguantado con él durante tanto tiempo, y merecían la verdad. Relató cuidadosamente lo que había visto en el Pensadero y lo que había ocurrido en el bosque, y ellos no habían empezado a expresar del todo su sorpresa y asombro, cuando al fin llegaron al lugar al que se habían estado dirigiendo, aunque ninguno de ellos había mencionado su destino.
Desde que la había visto por última vez, la gárgola que guardaba la entrada del despacho del director había sido volcada. Estaba inclinada, como un pequeño borracho, y Harry se preguntó si podría aún distinguir contraseñas.
—¿Podemos subir? —preguntó a la gárgola.
—Paso libre —gimió la estatua.
Escalaron sobre ella y subieron a la escalera de espiral que se movía lentamente hacia arriba como una escalera mecánica. Harry abrió la puerta al llegar a lo alto.
Captó un breve vistazo del Pensadero sobre el escritorio donde él lo había dejado, y entonces oyó un ruido ensordecedor que le hizo gritar, pensando en maldiciones y mortífagos y en Voldemort renacido.
Pero era un aplauso. En todas las paredes, los directores y directoras de Hogwarts le estaban dedicando una ovación en pie. Ondeaban sus sombreros y en algunos casos sus alas, se extendían a través de sus marcos para estrechar las manos de los demás, danzaban arriba y abajo en las sillas en las que habían sido pintados. Dilys Derwen sollozaba desvergonzadamente. Dexter Fortescui estaba ondeando su trompetilla, y Phineas Niggelus gritaba, con su voz alta y aflautada "¡Y deja claro que la Casa Slytherin ha tomado parte en ello! ¡No dejes que nuestra contribución sea olvidada!
Pero Harry tenía ojos solo para el hombre que estaba en pie en el retrato más grande, directamente tras la silla del director. Corrían lágrimas por sus mejillas tras las gafas de medialuna hasta llegar a la larga barba plateada, y el orgullo y la gratitud emanaban de él llenando a Harry con el mismo bálsamo consolador que la canción del fénix.
Al fin, Harry alzó las manos, y los retratos cayeron en un respetuoso silencio, sonriendo y secándose los ojos y esperando ansiosamente a que hablara.
Él dirigió sus palabras a Dumbledore, sin embargo, y las eligió con enorme cuidado. Exhausto y con los ojos enrojecidos como estaba, debía hacer un último esfuerzo, buscar un último consejo.
—Lo que estaba oculto en la Snitch, —empezó— lo dejé caer en el bosque. Sé donde exactamente, pero no voy a volver a buscarlo. ¿Está de acuerdo?
—Mi querido muchacho, lo estoy —dijo Dumbledore, mientras sus compañeros retratos parecían confusos y curiosos—. Una sabia y valerosa decisión, pero no es menos de lo que habría esperado de ti. ¿Alguien más sabe donde cayó?
—Nadie —dijo Harry, y Dumbledore asintió con satisfacción.
—Sin embargo voy a conservar el regalo de Ignotus, —dijo Harry, y Dumbledore sonrió.
—Por supuesto, Harry, es tuya para siempre, ¡hasta que la pases!
—Y luego está esto.
Harry sostuvo en alto la Varita de Saúco, y Ron y Hermione la miraban con una reverencia, que ni siquiera en su estado falto de sueño y aturdido, a Harry le gustaba ver.
—No la quiero —dijo Harry.
—¿Qué? —dijo Ron ruidosamente—. ¿Estás loco?
—Sé que es poderosa. —dijo Harry cansado—. Pero estaría mucho más contento con la mía. Así que...
Hurgó en la bolsita que colgaba de su cuello y sacó las dos mitades de la varita de acebo todavía conectadas por la más fina hebra de pluma de fénix. Hermione había dicho que no podía ser reparada, que el daño era demasiado severo. Él lo único que sabía es que si esto no funcionaba, nada lo haría.
Tendió la varita rota sobre el escritorio del director, la tocó con la punta de la Varita de Saúco, y dijo. —Reparo.
Cuando su varita se selló, chispas rojas salieron de su extremo. Harry sabía que había tenido éxito. Recogió la de varita de acebo y fénix y sintió una calidez en sus dedos cuando varita y mano celebraron su reunión.
—Pondré la Varita de Saúco —dijo a Dumbledore, que le estaba observando con enorme afecto y admiración— otra vez donde estaba. Puede quedarse aquí. Si muero de muerte natural como Ignotus, su poder se romperá, ¿no? El anterior amo nunca habrá sido derrotado. Ese será su final.
Dumbledore asintió. Se sonrieron el uno al otro.
—¿Estás seguro? —dijo Ron. Había un ligero rastro de anhelo en su voz mientras mira a la Varita de Saúco.
—Creo que Harry tiene razón, —dijo Hermione tranquilamente.—Esta varita da más problemas de los que vale —dijo Harry—. Para ser honestos, —se alejó de los retratos, pensando ahora solo en la cama de cuatro postes que le esperaba en la Torre de Gryffindor, y preguntándose si Kreacher podría llevarle un sandwich allí— ya he tenido suficientes problemas para toda una vida.
jueves, 30 de agosto de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario