jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 15

LA VENGANZA DEL DUENDE

Temprano, a la mañana siguiente, antes de que los otros dos se despertaran, Harry dejó la tienda para buscar en el bosque que les rodeaba el árbol más viejo, nudoso y resistente que pudiera encontrar. Allí, a su sombra, enterró el ojo de Ojoloco Moody y marcó el lugar tallando con la varita una pequeña cruz sobre la corteza. No era mucho, pero Harry creía que Ojoloco lo habría preferido a estar incrustado en la puerta de Dolores Umbridge. Luego regresó a la tienda a esperar a que despertaran los demás, para discutir qué harían a continuación.
Harry y Hermione pensaban que era mejor no quedarse mucho tiempo en el mismo lugar, y Ron estuvo de acuerdo, con la única condición de que su próximo movimiento les llevara cerca de un sandwich de beicon. Así que Hermione quitó los encantamientos que había colocado alrededor del claro, mientras Harry y Ron borraban todas las marcas y señales sobre la tierra que pudieran revelar que habían acampado allí. Luego Desaparecieron hasta las afueras de una pequeña ciudad comercial.
Después de montar la tienda al resguardo de un pequeño grupo de árboles, y rodearla nuevamente con encantamientos protectores, Harry se aventuró a salir, bajo la Capa de Invisibilidad, a buscar sustento. Pero la cosa no salió según lo planeado. Apenas había entrado en la ciudad cuando un frío antinatural, una niebla descendente, y un súbito oscurecimiento del cielo hizo que se quedara congelado en el lugar donde estaba parado.
—¡Podías haber hecho un brillante Patronus! —protestó Ron, cuando Harry regresó de la tienda con las manos vacías, sin aliento y articulando únicamente la palabra “Dementores”.
—No pude… hacerlo. —jadeó, apretando sobre la punzada que sentía en un costado—. No… aparecía.
Sus expresiones de consternación y desilusión hicieron que Harry se sintiera avergonzado. Ver salir a lo lejos a los dementores volando entre la niebla y notar que el frío paralizador estrangulaba sus pulmones, que un grito lejano le llenaba los oídos, y que no iba a ser capaz de protegerse a sí mismo, había sido una experiencia angustiosa.
Harry había necesitado toda su fuerza de voluntad para apartarse del lugar en el que estaba y correr, dejando que los ciegos dementores se deslizaran entre los muggles, que podían no ser capaces de verlos, pero con toda seguridad sentían la desesperanza que estos vertían dondequiera que fueran.
—Así que seguimos sin tener comida.
—Cállate, Ron. —dijo Hermione bruscamente—. Harry, ¿Qué ocurrió? ¿Por qué crees que no pudiste hacer el Patronus? ¡Ayer lo hiciste perfectamente!
—No lo sé.
Se hundió en uno de los viejos sillones de Perkins, sintiéndose más humillado a cada momento que pasaba. Temía que algo estuviera mal dentro de él. Ayer parecía muy lejano; hoy parecía tener otra vez trece años, y volver a ser el único que se desmayaba en el expreso de Hogwarts.
Ron pateó una de las patas del sillón.
—¿Y que más da? —gruñó a Hermione—. ¡Me muero de hambre! ¡Lo único que he comido desde que casi me desangro hasta la muerte han sido un par de setas!
—Entonces ve y ábrete camino luchando entre de los dementores. —dijo Harry, enardecido.
—Lo haría, pero mi brazo está en cabestrillo, ¡por si no te habías dado cuenta!
—Que conveniente.
—Y que se supone que significa…
—¡Por supuesto! —gritó Hermione, golpeándose la frente con la mano y sobresaltándolos a ambos, haciendo que se quedaran en silencio—. Harry, dame el guardapelo. Vamos —dijo impacientemente, chasqueando los dedos ante él por su falta de reacción—. ¡El Horrocrux, Harry, todavía lo llevas puesto!
Extendió las manos, y Harry se pasó la cadena de oro por encima de la cabeza. En el momento en que dejó de estar en contacto con la piel de Harry, éste se sintió libre y extrañamente liviano. Ni siquiera se había dado cuenta de que se sentía sofocado o de que sentía un fuerte peso presionándole el estómago hasta que ambas sensaciones cesaron.
—¿Mejor? —preguntó Hermione.
—¡Sí, muchísimo mejor!
—Harry —dijo arrodillándose frente a él y usando el tipo de voz que se asocia a cuando visitas a alguien extremadamente enfermo—. No habrás sido poseído, ¿verdad?
—¿Qué? ¡No! —dijo a la defensiva—. Recuerdo todo lo que hicimos mientras lo llevaba puesto. Si hubiera estado poseído no sabría lo que había hecho, ¿verdad? Ginny me contó que había veces en las que no podía recordar nada.
—Hmmm —dijo Hermione, bajando la mirada hacia el pesado guardapelo de oro—. Bueno, tal vez no deberíamos llevarlo puesto. Podríamos dejarlo en la tienda.
—No vamos a dejar el Horrocrux por ahí —declaró Harry firmemente—. Si lo perdemos, si lo roban…
—Vale, está bien, está bien —dijo Hermione, y se lo puso alrededor del cuello y lo escondió de la vista bajo la camisa—. Pero lo llevaremos por turnos, para que nadie lo lleve demasiado tiempo.
—Genial —dijo Ron irritado—. Ahora que hemos resuelto eso, por favor, ¿podemos conseguir algo de comida?
—Vale, pero iremos a otra parte a buscarla —dijo Hermione lanzando a Harry una mirada de reojo—. No hay necesidad de que nos quedemos en un lugar donde sabemos que hay dementores rondando por ahí.
Al final se acomodaron para pasar la noche en un campo remoto perteneciente a una solitaria granja, de la cual se las ingeniaron para obtener huevos y pan.
—No es robar, ¿verdad? —preguntó Hermione inquieta, mientras devoraban los huevos revueltos con tostadas—. Hemos dejado dinero debajo del gallinero.
Ron puso los ojos en blanco y dijo, con las mejillas infladas:
—¡Er—mynee, no te pr—oupes ta—to, ‘elájate!
Y verdaderamente, era mucho más fácil relajarse cuando estaban confortables y bien alimentados. Olvidaron la discusión sobre los dementores con las risas de esa noche y Harry se sentía alegre, hasta esperanzado, cuando fue a hacer el primero de los tres turnos de guardia de esa noche.
Este era su primer encuentro con la realidad de que un estómago lleno significa buen humor; uno vacío, disputas y tristeza. Harry se sintió muy poco sorprendido por este hecho, ya que había sufrido períodos de casi inanición en casa de los Dursley. Hermione soportaba razonablemente bien aquellas noches en las que sólo conseguían escamotear bayas y bizcochos rancios, aunque quizás su temperamento se volviera un poco más explosivo de lo normal y sus silencios algo agrios. Ron, en cambio, siempre había estado acostumbrado a tres deliciosas comidas al día, cortesía de su madre o de los elfos domésticos de Hogwarts, y el hambre le volvía irracional e irritable.
Cada vez que la falta de comida coincidía con el turno de Ron de llevar el Horrocrux, se volvía directamente desagradable.
—¿Y adónde vamos ahora? —era el constante estribillo. Parecía no tener ideas propias, pero esperaba que Harry y Hermione idearan planes mientras él se sentaba y meditaba sobre el escaso abastecimiento de comida.
En consecuencia, Harry y Hermione pasaban infructuosas horas tratando de decidir dónde podrían encontrar los otros Horrocruxes, y cómo destruir el que ya tenían, y sus conversaciones se volvían cada vez más repetitivas, ya que no tenían nueva información.
Como Dumbledore le había dicho a Harry que creía que Voldemort había escondido los Horrocruxes en lugares importantes para él, seguían repitiendo, como en una especie de lúgubre itinerario, aquellas localidades en las que sabían que Voldemort había vivido o visitado. El orfanato donde había nacido y se había criado; Hogwarts, donde había sido educado; Borgin y Burkes, donde había trabajado tras terminar su educación; Albania, donde había pasado los años de exilio. En ellas sentaban las bases para sus especulaciones.
—Sí, vayamos a Albania. No debería llevarnos más de una tarde registrar un país entero —dijo Ron sarcásticamente.
—No puede haber nada allí. Ya había hecho cinco Horrocruxes antes de ir al exilio, y Dumbledore estaba seguro que la serpiente fue el sexto —dijo Hermione—. Sabemos que la serpiente no está en Albania, generalmente está con Vol…
—¿No os he pedido que dejéis de decir eso?
—¡De acuerdo! La serpiente generalmente está con Quien—tú—ya—sabes… ¿contento?
—No exactamente.
—No puedo creer que haya escondido nada en Borgin y Burkes —dijo Harry, que ya había repasado este punto varias veces antes, pero lo repitió simplemente por romper el incómodo silencio—. Borgin y Burkes eran expertos en objetos oscuros, habrían reconocido un Horrocrux en el acto.
Ron bostezó intencionadamente. Reprimiendo el fuerte deseo de tirarle algo, Harry continuó escarbando.
—Todavía creo que puede haber escondido alguno en Hogwarts.
Hermione suspiró.
—¡Pero Dumbledore lo hubiera encontrado, Harry!
Harry repitió el argumento que continuaba aportando a favor de su teoría.
—Dumbledore me dijo que nunca había dado por sentado que conociera todos los secretos de Hogwarts. Estoy seguro, si hay un lugar donde Vol…
—¡Eh!
—¡QUIEN—TÚ—YA—SABES, entonces! —gritó Harry, aguijoneado más allá de su tolerancia—. ¡Si existe un lugar verdaderamente importante para Quien—tú—sabes, es Hogwarts!
—Oh, vamos —se burló Ron—. ¿Su colegio?
—¡Sí, su colegio! Fue su primer hogar verdadero, el lugar que le hizo especial; lo significa todo para él, y aún después de irse…
—Estamos hablando de Quien—tú—ya—sabes, ¿no? No de ti —Inquirió Ron. Estaba tirando de la cadena del Horrocrux que le colgaba del cuello. Harry se vio invadido por el deseo de apoderarse de ella y estrangularlo.
—Nos contaste que Quien—tú—ya—sabes le pidió a Dumbledore que le diera trabajo después de graduarse —dijo Hermione.
—Sí, así es —dijo Harry.
—Y Dumbledore pensó que sólo quería volver para tratar de encontrar algo, probablemente otro objeto de los fundadores, ¿Tal vez para convertirlo en otro Horrocrux?
—Sí —dijo Harry.
—Pero no consiguió el puesto, ¿verdad? —dijo Hermione—. ¡Así que no tuvo oportunidad de encontrar un objeto perteneciente a los fundadores allí y esconderlo en el colegio!
—Vale, entonces —dijo Harry, derrotado—. Olvidaros de Hogwarts.
Sin otras pistas que seguir, viajaron a Londres y, escondidos bajo la Capa de Invisibilidad, buscaron el orfanato donde Voldemort había crecido. Hermione se introdujo furtivamente en una biblioteca y descubrió en sus archivos que el lugar había sido demolido muchos años antes. Visitaron el lugar y encontraron un bloque de oficinas.
—Podríamos intentar excavar los cimientos —sugirió Hermione con poco entusiasmo.
—No habría escondido un Horrocrux aquí —dijo Harry. Lo había sabido todo el tiempo. Para Voldemort, el orfanato había sido el lugar del cual estaba decidido a escapar; nunca hubiera escondido parte de su alma allí. Dumbledore le había revelado a Harry que Voldemort buscaba grandeza o misterio al elegir sus escondrijos; esta lúgubre esquina gris de Londres era lo más alejado que se pudiera imaginar a Hogwarts, o el Ministerio o un edificio como Gringotts, el Banco de los Magos, con sus puertas doradas y suelos de mármol.
Como no se les ocurrieron nuevas ideas, siguieron moviéndose a través del distrito rural, armando la tienda cada noche en un lugar diferente, por seguridad. Cada mañana se aseguraban de eliminar todas las pruebas que pudieran revelar su presencia, luego partían para encontrar otro solitario y apartado paraje, viajando por medio de la Aparición hacia más zonas boscosas, hacia oscuras hendiduras sobre acantilados, hacia brezales púrpuras, laderas de montañas cubiertas de enebro, y una vez a una resguardada cueva llena de guijarros. Cada doce horas más o menos se pasaban el Horrocrux entre ellos como si estuvieran jugando a algún perverso juego a cámara lenta de “Pasa—el—Paquete”, temiendo que la música se detuviera porque la recompensa eran doce horas de creciente miedo y ansiedad.
A Harry le punzaba la cicatriz constantemente. Se dio cuenta que le pasaba más a menudo cuando llevaba puesto el Horrocrux. A veces no podía evitar reaccionar ante el dolor.
—¿Qué? ¿Qué fue lo que viste? —preguntaba Ron cada vez que notaba que Harry se encogía.
—Un rostro —murmuraba Harry, cada vez—. El mismo rostro. El ladrón que le robó a Gregorovitch.
Y Ron se daba la vuelta, sin esforzarse en esconder su desilusión. Harry sabía que Ron tenía la esperanza de escuchar noticias sobre su familia o del resto de la Orden del Fénix, pero, después de todo, él, Harry, no era una antena de televisión; sólo podía ver lo que estaba pensando Voldemort en ese momento, no sintonizar cualquier cosa que le apeteciera. Aparentemente Voldemort pensaba obsesiva y continuamente en el desconocido joven de rostro alegre, de cuyo nombre y paradero, Harry estaba seguro, Voldemort sabía tanto como él. Como la cicatriz de Harry continuaba ardiendo, y el alegre y rubio muchacho flotaba exasperantemente en sus recuerdos, aprendió a suprimir toda señal de dolor o incomodidad, ya que los otros dos sólo daban muestras de impaciencia ante la mención del ladrón. No podía culparlos del todo, cuando estaban tan desesperados por encontrar una pista de los Horrocruxes.
Cuando los días se convirtieron en semanas, Harry comenzó a sospechar que Ron y Hermione estaban teniendo conversaciones a sus espaldas, acerca de él. Varias veces dejaron de hablar abruptamente cuando Harry entraba en la tienda, y dos veces accidentalmente los encontró acurrucados a cierta distancia, con las cabezas juntas, y hablando rápidamente; ambas veces se quedaron en silencio cuando se dieron cuenta de que él se acercaba y se apresuraron a mostrarse ocupados recolectando madera o agua.
Harry no podía evitar preguntarse si sólo habían accedido a embarcarse en lo que ahora parecía un inútil e indefinido viaje, porque habían creído que tenía algún plan secreto del que se enterarían a su debido tiempo. Ron no hacía ningún esfuerzo por ocultar su mal humor, y Harry estaba empezando a temer que Hermione también estuviera desilusionada por su pobre liderazgo. Desesperado, trató de pensar en posibles localizaciones de Horrocruxes, pero la única que se le ocurría siempre era Hogwarts, y como ninguno de los otros pensaba que esto fuera posible, dejó de sugerirlo.
El otoño envolvió al distrito rural mientras lo recorrían.
Ahora armaban la tienda sobre mantos de hojas caídas. La niebla natural se unía a la conjurada por los dementores; el viento y la lluvia se añadían a sus problemas. El hecho de que Hermione estuviera mejorando su habilidad para identificar setas comestibles no compensaba totalmente el continuo aislamiento, la falta de compañía de otras personas, o la total ignorancia acerca de lo que estaba pasando en la guerra contra Voldemort.
—Mi madre —dijo Ron una noche, mientras se sentaban en la tienda junto al lecho de un río en Gales—, puede hacer aparecer una jugosa comida del aire.
Malhumorado, pinchó los trozos de lucio carbonizado que había en su plato. Automáticamente, Harry miró el cuello de Ron y vio, como había esperado, la cadena dorada del Horrocrux brillando allí. Se las arregló para luchar contra el impulso de maldecir a Ron, cuya actitud, estaba seguro, mejoraría un poco cuando llegara la hora de quitarse el guardapelo.
—Tu madre no puede producir comida del aire —dijo Hermione—. Nadie puede. La comida es la primera de las cinco Excepciones Principales a la Ley de Gamp de Transfiguración Element…
—Oh, habla en cristiano, ¿o no puedes? —dijo Ron, sacándose una espina de pescado de entre los dientes.
—¡Es imposible fabricar una buena comida de la nada! Puedes convocarla si sabes donde está, puedes transformarla, puedes incrementar la cantidad si ya tienes un poco…
—Bueno, pues no te esfuerces en incrementar esta, es asquerosa —dijo Ron.
—¡Harry cogió el pescado y yo hice lo que pude con él! ¡He notado que siempre soy yo la que termina cocinando, supongo que porque soy una chica!
—¡No, es porque se supone que eres la mejor haciendo magia! —replicó Ron.
Hermione saltó, y unos trozos de lucio asado se deslizaron del plato de hojalata hasta caer al suelo.
—Puedes cocinar tú mañana, Ron, puedes buscar los ingredientes y probar un encantamiento que los transforme en algo digno de comerse, y yo me sentaré ahí y te pondré caras y gemiré, para que veas como…
—¡Callaos! —dijo Harry, poniéndose de pie de un salto y levantando ambas manos—. ¡Callaos, ya!
Hermione parecía indignada.
—Cómo puedes ponerte de parte de él, casi nunca cocina…
—¡Hermione, cállate, oigo a alguien!
Estaba esforzándose por escuchar, tenía las manos alzadas aún, advirtiéndoles de que no hablaran. Entonces, sobre el torrente y fluir del oscuro río que había junto a ellos, escuchó voces otra vez. Miró a su alrededor buscando el chivatoscopio. No se estaba moviendo.
—Conjuraste el encanto Muffliato sobre nosotros, ¿no? —susurró a Hermione.
—Los hice todos —susurró ella en respuesta—, Muffliato, Repelente de Muggles y los Encantamientos Desilusionadores, todos ellos. No deberían ser capaces de oírnos ni vernos, quienesquiera que sean.
Fuertes ruidos de forcejeos y arañazos, más el sonido de piedras y ramitas desalojadas, les indicaron que varias personas estaban trepando por la empinada y arbolada ladera que descendía hacia la angosta orilla donde habían montado la tienda. Sacaron las varitas y esperaron.
Los encantamientos que habían conjurado a su alrededor deberían ser suficientes, en la casi absoluta oscuridad, para escudarlos de la vista de muggles y magos y brujas normales. Si eran mortífagos, tal vez sus defensas estuvieran a punto de ser puestas a prueba por primera vez contra la Magia Oscura.
Cuando el grupo de hombres llegó a la orilla, las voces se hicieron más altas pero no más inteligibles. Harry estimaba que sus dueños debían estar a menos de seis metros de distancia, pero el río que caía en cascada hacía que fuera imposible asegurarlo. Hermione cogió su bolso de cuentas y empezó a registrarlo; después de un momento sacó tres Orejas Extensibles y tiró una a Harry y otra a Ron, que insertaron velozmente un extremo del cordón color piel en sus oídos y sacaron el otro extremo por la entrada de la tienda.
Segundos después Harry escuchó una cansada voz masculina.
—Debería haber algunos salmones por aquí, ¿o te parece que todavía no ha llegado la temporada? ¡Accio salmón!
Se oyeron varios ruidos de salpicaduras y luego ruidos distintivos del pescado debatiéndose contra la carne. Alguien gruñó con satisfación. Harry presionó más profundamente el extremo de la Oreja Extensible en la suya. Sobre el murmullo del río podía distinguir otras voces, pero no estaban hablando en su idioma ni en ningún otro lenguaje humano del que tuviera conocimiento. Era una lengua ruda y poco melodiosa, una sarta de repiqueteantes ruidos guturales, y parecía haber dos interlocutores, uno con un tono apenas un poco más bajo y pausado que el otro.
Un fuego cobró vida del otro lado de la lona; largas sombras pasaron entre la tienda y las llamas. El delicioso aroma del salmón asado flotó tentadoramente en su dirección. Luego llegó el tintinear de cubiertos sobre platos, y el primer hombre habló otra vez.
—Aquí, Griphook, Gornuk.
—¡Duendes! —articuló Hermione hacia Harry, quien asintió.
—Gracias —dijeron ambos duendes.
—Así que, ¿cuánto tiempo habéis estado huyendo, vosotros tres? —preguntó una nueva voz, melodiosa y agradable A Harry le sonó vagamente familiar, y se imaginó a un hombre de panza redonda, y cara alegre.
—Seis semanas… siete… lo olvidé —dijo el hombre cansado—. Me encontré con Griphook los primeros días y unimos fuerzas con Gornuk no mucho después. Es agradable tener algo de compañía. —Hubo una pausa, mientras los cuchillos arañaban los platos y pequeñas copas eran alzadas y vueltas a dejar en la tierra—. ¿Qué te hizo partir, Ted? —continuó el hombre.
—Sabía que vendrían a buscarme —contestó el de voz melodiosa, Ted, y de repente Harry supo quién era: el padre de Tonks—. La semana pasada oí que los mortífagos estaban por la zona y decidí que era mejor huir. Desde el principio me negué a registrarme como un nacido muggle, ya sabéis, así que sabía que solo era cuestión de tiempo, sabía que al final tendría que partir. Mi esposa debería estar bien, es de sangre pura. Y luego conocí a Dean aquí presente, ¿que hará, unos días, hijo?
—Sí —dijo otra voz, y Harry, Ron y Hermione se miraron unos a otros, en silencio pero, a pesar de sí mismos emocionados, seguros de haber reconocido la voz de Dean Thomas, su compañero de Gryffindor.
—Nacido muggle, ¿eh? —preguntó el primer hombre.
—No estoy seguro —dijo Dean—. Mi padre dejó a mi madre cuando yo era niño. Aunque no tengo pruebas de que haya sido mago.
Por un momento se hizo el silencio, salvo por los sonidos de masticación; luego Ted volvió a hablar.
—Tengo que decir, Dirk, que estoy sorprendido de haberme encontrado contigo. Contento, pero, sorprendido. Se corrió la voz de que te habían atrapado.
—Y así fue —dijo Dirk—. Estaba a medio camino de Azkaban cuando intenté fugarme. Lancé un hechizo Aturdidor sobre Dawlish y le robé la escoba. Fue más fácil de lo que puedas pensar; supongo que no debía estar muy bien en ese momento. Parecía Confundido. Si es así, me gustaría estrechar la mano de la bruja o mago que lo hizo, probablemente me salvó la vida.
Hubo otra pausa en la que el fuego crepitó y se pudieron escuchar las embestidas del río. Luego Ted dijo:
—¿Y cómo encajáis vosotros dos? Yo, eh, tenía la impresión de que los duendes estaban con Quien—tú—ya—sabes, todos ellos.
—Tenías una falsa impresión. —dijo el duende de voz más aguda—. No nos ponemos del lado de nadie. Esta es una guerra de magos.
—¿Entonces, cómo es que estáis escondiéndoos?
—Estimé que era lo más prudente —dijo el duende de voz más profunda—. Habiéndome negado a aceptar lo que yo consideré una demanda impertinente, me di cuenta que mi seguridad personal estaba en peligro.
—¿Qué te pidieron que hicieras? —preguntó Ted.
—Tareas impropias de la dignidad de mi raza —respondió el duende, empleando un tono de voz más rudo y menos humano al decirlo—. No soy un elfo doméstico.
—¿Y tú, Griphook?
—Razones similares —dijo el duende de voz más aguda—. Gringotts ya no está bajo el exclusivo control de los de mi raza. Yo no reconozco a ningún mago como Director.
Añadió algo más en voz baja, en una jerga incomprensible, y Gornuk se echó a reír.
—¿Cuál es el chiste? —preguntó Dean.
—Ha dicho —contestó Dirk—, que hay cosas que tampoco los magos reconocen.
Hubo una pequeña pausa.
—No lo entiendo. —dijo Dean.
—Me tomé mi pequeña venganza antes de partir —dijo Griphook.
—Buen hombre… duende, quise decir —enmendó Ted rápidamente—. ¿Supongo que no te las ingeniarías para encerrar a uno de los mortífagos en una de las viejas cámaras de alta seguridad?
—Si lo hubiera hecho, la espada no le habría ayudado a escapar de allí —replicó Griphook. Gornuk se rió otra vez y hasta Dirk soltó una risa seca.
—Todavía creo que aquí hay algo que Dean y yo nos hemos perdido —dijo Ted.
—También Severus Snape, sólo que todavía no lo sabe —dijo Griphook, y los dos duendes estallaron en risas malignas. Dentro de la tienda la respiración de Harry se había vuelto superficial por la excitación. Hermione y él se miraron fijamente el uno al otro, escuchando lo más atentamente posible.
—¿No te enteraste de eso, Ted? —preguntó Dirk—. ¿De lo de los chicos que intentaron robar la espada de Gryffindor de la oficina de Snape en Hogwarts?
Pareció como si a Harry le hubiera atravesado una corriente eléctrica, alterando cada uno de sus nervios mientras se quedaba anclado en el lugar como si hubiera echado raíces.
—No escuché ni una palabra —dijo Ted—. No salió en El Profeta, ¿verdad?
—Difícilmente —se rió Dirk entre dientes—. Griphook aquí presente me lo contó, se enteró del asunto por Bill Weasley que trabaja en el banco. Uno de los jóvenes que trató de llevarse la espada era la hermana pequeña de Bill.
Harry miró hacia donde se hallaban Hermione y Ron. Ambos aferraban las Orejas Extensibles tan firmemente como si fueran cuerdas de salvamento.
—Ella y un grupo de amigos entraron en la oficina de Snape y rompieron el cristal de la vitrina donde aparentemente se guardaba la espada. Snape los atrapó cuando bajaban la escalera tratando de pasarla de contrabando.
—Ah, Dios los bendiga —dijo Ted—. ¿Qué creían, que serían capaces de usar la espada contra Quien—tú—ya—sabes? ¿O contra el mismo Snape?
—Bien, fuera lo que fuera lo que pensaran hacer con ella, Snape decidió que la espada no estaba a salvo donde estaba —dijo Dirk—. Un par de días más tarde, me imagino que tras obtener el visto bueno de Quien—tú—ya—sabes, la mandó a Londres para que fuera guardada en Gringotts.
Los duendes se echaron a reir otra vez.
—Todavía no le encuentro la gracia —dijo Ted.
—Es una falsificación —graznó Griphook.
—¡La espada de Gryffindor!
—Oh sí. Es una copia… una copia excelente, en verdad… pero hecha por magos. La original fue forjada hace siglos por duendes y tenía ciertas propiedades que sólo las armas hechas por duendes poseen. Donde quiera que esté la genuina espada de Gryffindor, no es en una bóveda del Banco de Gringotts.
—Ya veo —dijo Ted—. Y presumo que no te molestaste en contar esto a los mortífagos.
—No vi ninguna razón para molestarles con esa información —dijo Griphook con mucha compostura, y ahora Ted y Dean se unieron a las risas que proferían Gornuk y Dirk.
Dentro de la tienda, Harry cerró los ojos, deseando que alguien hiciera la pregunta de la que necesitaba respuesta, y tras un minuto que parecieron diez, Dean le concedió el favor; después de todo (recordó Harry sintiendo una sacudida) también él era ex—novio de Ginny.
—¿Que ocurrió con Ginny y los demás? Los que trataron de robarla.
—Oh, fueron castigados, y cruelmente. —dijo Griphook con indiferencia.
—¿Pero aún así se encuentran bien? —preguntó Ted velozmente—. Quiero decir, que lo que menos necesitan los Weasley son más hijos heridos, ¿verdad?
—Por lo que sé, no sufrieron heridas serias. —dijo Griphook.
—Me alegro por ellos —dijo Ted—. Con los antecedentes que tiene Snape supongo que deberíamos alegrarnos de que aún sigan con vida.
—¿Entonces, crees esa historia es cierta, Ted? —preguntó Dirk—. ¿Crees que Snape mató a Dumbledore?
—Por supuesto que lo creo —dijo Ted—. ¿Te vas a quedar ahí sentado diciéndome que crees que Potter tuvo algo que ver con ello?
—Es difícil saber en qué creer en estos días —murmuró Dirk.
—Conozco a Harry Potter —dijo Dean—. Y considero que es el auténtico… el Elegido, o como sea que quieran llamarlo.
—Sí, hay muchos a los que les gustaría poder creer eso, hijo —dijo Dirk—, yo incluido. Pero, ¿dónde está? Por lo que parece, huyó para salvar vida. Se podría pensar que si supiera algo que nosotros no sabemos, o tuviera algo especial dentro de sí, estaría ahí fuera ahora, peleando, oponiendo resistencia, en vez de esconderse. Y sabes, El Profeta presentó un caso bastante bueno contra él…
—¿El Profeta? —se burló Ted—. Mereces que te mientan si aún continuas leyendo esa porquería, Dirk. Si quieres hechos, prueba con El Quisquilloso.
Hubo una súbita explosión de sofocos y arcadas además de gran cantidad de golpes. Por el ruido que hacían, Dirk se había tragado una espina de pescado. Al final balbuceó.
—¿El Quisquilloso? ¿Esa revista del lunático de Xeno Lovegood?
—No está tan lunático estos días —dijo Ted—. Deberías echarle una ojeada. Xeno está imprimiendo todas las cosas que El Profeta está ignorando, ni una sola mención acerca de snorkacks de cuernos arrugados en el último ejemplar. Lo que me preocupa es cuánto tiempo más le dejarán salirse con la suya, no lo sé. Pero Xeno dice, en la primera página de cada publicación, que todo mago que esté contra Quien—tú—ya—sabes debería tener como primera prioridad ayudar a Harry Potter.
—Es difícil ayudar a un muchacho que ha desaparecido de la faz de la tierra —dijo Dirk.
—Escucha, el hecho de que aún no le hayan atrapado es un tremendo logro —dijo Ted—. Gustosamente aceptaría sus consejos; eso es lo que estamos tratando de hacer, permanecer libres, ¿verdad?
—Sí, bueno, ahí tienes razón —dijo Dirk lentamente—. Con todo el Ministerio y todos sus informantes buscándolo yo habría supuesto que a estas alturas ya le habrían atrapado. Si lo piensas bien, ¿quién nos asegura que no le hayan capturado y matado sin haberle difundido?
—Ah, no digas eso, Dirk —murmuró Ted.
Hubo una larga pausa ocupada por otro alboroto de cuchillos y tenedores. Cuando volvieron a hablar fue para discutir si deberían dormir en la orilla o refugiarse en la ladera arbolada. Decidiendo que los árboles les darían una mejor cobertura, apagaron el fuego, y luego treparon nuevamente la pendiente, las voces perdiéndose en la distancia.
Harry, Ron y Hermione enrollaron las Orejas Extensibles. Harry, que durante todo el tiempo que estuvieron escuchando a escondidas, había encontrado cada vez más difícil permanecer en silencio, ahora fue incapaz de decir nada más que:
—Ginny… la espada…
—Lo sé —dijo Hermione, y se abalanzó sobre el pequeño bolso de cuentas, esta vez hundiendo el brazo dentro de él justo hasta la axila.
—Aquí… lo… tengo… —dijo con los dientes apretados, y tiró de algo que evidentemente estaba en el fondo del bolso.
Paulatinamente, pudo verse el borde del recargado marco de un cuadro. Harry se apresuró a ayudarla. Mientras levantaban el vacío retrato de Phineas Nigellus para sacarlo del bolso, lo estuvo apuntado todo el tiempo con la varita, lista para conjurar un hechizo en cualquier momento.
—Si alguien cambió la verdadera espada por la falsa mientras estaba en la oficina de Dumbledore —jadeó, mientras apoyaban la pintura contra un lado de la tienda—, ¡Phineas Nigellus debería haber sido testigo, está colgado justo junto a la vitrina!
—A menos que estuviera durmiendo —dijo Harry, pero aún así contuvo el aliento mientras Hermione se arrodillaba frente al lienzo vacío, con la varita apuntada hacia el centro. Se aclaró la garganta y luego dijo—: Er… ¿Phineas? ¿Phineas Nigellus?
Nada ocurrió.
—¿Phineas Nigellus? —dijo Hermione otra vez—. ¿Profesor Black? Por favor… ¿Podemos hablar con usted? ¿Por favor?
—Decir por favor siempre ayuda —dijo una fría y sarcástica voz, y Phineas Nigellus se deslizó dentro de su retrato. Al instante, Hermione gritó:
—¡Obscuro!
Una venda negra apareció sobre los inteligentes ojos oscuros de Phineas Nigellus, haciendo que se golpeara contra el marco y gritara de dolor.
—¿Qué… cómo te atreves… quién eres?
—Lo siento mucho, Profesor Black —dijo Hermione—. ¡Pero es una precaución necesaria!
—¡Remueve este tonto aditamento enseguida! ¡Quítalo, te he dicho! ¡Estás arruinando una gran obra de arte! ¿Dónde estoy? ¿Qué está ocurriendo?
—No importa donde estamos. —dijo Harry, y Phineas Nigellus se quedó congelado, abandonando los intentos de quitarse la venda pintada que le cubría el rostro.
—¿Será posible que esa sea la voz del huidizo señor Potter?
—Tal vez. —dijo Harry, sabiendo que esto mantendría a Phineas Nigellus interesado—. Tenemos un par de preguntas que hacerle… acerca de la espada de Gryffindor.
—Ah —dijo Phineas Nigellus, ahora volviendo la cabeza de un lado a otro en un esfuerzo por tratar de obtener un vistazo de Harry—. Si. Esa estúpida muchacha actuó muy imprudentemente…
—No hable así de mi hermana. —dijo Ron bruscamente. Phineas Nigellus enarcó las cejas de forma arrogante.
—¿Quién más está ahí? —preguntó, girando la cabeza de lado a lado—. ¡Su tono me resulta de lo más desagradable! La muchacha y sus amigos fueron extremadamente temerarios. ¡Robarle al Director!
—No estaban robando —dijo Harry—. La espada no es de Snape.
—Pertenece al colegio del Profesor Snape —dijo Phineas Nigellus—. ¿Qué derecho tiene exactamente la joven Weasley sobre ella? ¡Se merecía el castigo, tanto como el idiota de Longbottom y esa chica tan rara de Lovegood!
—¡Neville no es un idiota y Luna no es rara! —dijo Hermione.
—¿Dónde estoy? —repitió Phineas Nigellus, empezando nuevamente a forcejear con la venda—. ¿Dónde me habéis traído? ¿Por qué me habéis sacado de la casa de mis ancestros?
—¡En este momento eso no es importante! ¿Cómo castigó Snape a Ginny, Neville y Luna? —preguntó Harry con apremio.
—El Profesor Snape los mandó al Bosque Prohibido, a hacer algún trabajo para el idiota de Hagrid.
—¡Hagrid no es un idiota! —dijo Hermione estridentemente.
—Y seguro que Snape pensó que eso era un castigo —dijo Harry—. Pero Ginny, Neville y Luna probablemente pasaron un rato agradable con Hagrid. El Bosque Prohibido… han pasado por cosas mucho peores que el Bosque Prohibido, ¡vaya cosa!
Se sintió aliviado; se había estado imaginando horrores, la maldición Cruciatus, como poco.
—Lo que realmente queríamos saber, Profesor Black, es si, alguien más, um, por alguna razón, ha tocado la espada ¿Tal vez se la llevaron para limpiarla o… o algo así?
Phineas Nigellus hizo una pausa en los forcejeos con que intentaba liberarse los ojos y rió disimuladamente.
—Nacidos muggles —dijo—. Las armas hechas por duendes no necesitan limpieza, niña ingenua. La plata de los duendes repele el polvo mundano, absorbiendo solamente aquello que la fortalece.
—No llame ingenua a Hermione. —dijo Harry.
—Me estoy cansando de que me contradigáis. —dijo Phineas Nigellus—. ¿Tal vez sea hora de que regrese a la oficina del Director?
Aún vendado, comenzó a andar a tientas por el borde del marco, tratando de tantear su camino fuera de esta pintura y de regreso a la que estaba en Hogwarts. Harry tuvo una súbita inspiración.
—¡Dumbledore! ¿Puede traernos a Dumbledore?
—¿Perdón? —preguntó Phineas Nigellus.
—El retrato del Profesor Dumbledore… ¿no podría traerlo con usted, aquí, a su propio retrato?
Phineas Nigellus volvió el rostro en dirección a la voz de Harry.
—Evidentemente no solamente los nacidos de muggles son ignorantes, Potter. Los retratos de Hogwarts pueden comunicarse entre ellos, pero no pueden viajar fuera del castillo excepto para visitar pinturas de sí mismos colgadas en otros lugares. Dumbledore no puede venir conmigo aquí, y después del tratamiento que he recibido a vuestras manos, ¡os aseguro que no regresaré a visitaros!
Ligeramente cabizbajo, Harry observó cómo Phineas redoblaba sus esfuerzos para dejar el marco.
—Profesor Black —dijo Hermione—. ¿No podría decirnos, por favor, cuando fue la última vez que la espada fue sacada de la vitrina? ¿Me refiero a antes de que Ginny la cogiera?
Phineas bufó impacientemente.
—Creo que la última vez que vi la espada de Gryffindor fuera de la vitrina fue cuando el Profesor Dumbledore la usó para abrir un anillo de un golpe.
Hermione se giró vivamente para mirar a Harry. Ninguno de ellos se atrevía a decir nada más delante de Phineas Nigellus, que al fin se las había arreglado para encontrar la salida.
—Bien, buenas noches tengan ustedes. —dijo algo gruñón, y empezó a perderse otra vez de vista. Sólo el borde de su sombrero de ala ancha quedaba a la vista cuando Harry soltó un inesperado grito.
—¡Espere! ¿Le contó a Snape que había visto eso?
Phineas Nigellus metió la vendada cabeza nuevamente dentro del cuadro.
—El Profesor Snape tiene cosas más importantes en la cabeza que las muchas excentricidades de Albus Dumbledore. ¡Adiós, Potter!
Y dicho esto, se desvaneció por completo, dejando tras él nada más que el sombrío telón de fondo.
—¡Harry! —gritó Hermione.
—¡Lo sé! —gritó Harry. Incapaz de contenerse, dio un puñetazo al aire; era más de lo que se había atrevido a esperar. Caminó a zancadas por la tienda, de arriba abajo, sintiendo que podría correr un kilómetro entero; ya ni siquiera tenía hambre. Hermione comprimió el retrato de Phineas Nigellus metiéndolo nuevamente dentro del bolso de cuentas. Cuando hubo cerrado el cierre volvió a tirar el bolso a un lado y levantó la cara brillante hacia Harry.
—¡La espada puede destruir Horrocruxes! Las hojas fabricadas por duendes absorben sólo aquello que las fortalece… Harry, ¡esa espada está impregnada con veneno de basilisco!
—Y Dumbledore no me la entregó antes porque aún la necesitaba, quería usarla en el guardapelo…
—… y debe de haber comprendido que no te dejarían tenerla si te la dejaba en su testamento…
—… por lo que hizo una réplica…
—… y puso una falsificación en la vitrina…
—… y dejó la verdadera… ¿Dónde?
Se miraron el uno al otro; Harry sentía que la respuesta colgaba invisible en el aire que sobre ellos, tentadoramente cerca. ¿Por qué no se lo había dicho Dumbledore? ¿O, de hecho, se lo había dicho, pero Harry no se había dado cuenta en ese momento?
—¡Piensa! —susurró Hermione—. ¡Piensa! ¿Donde podría haberla dejado?
—No en Hogwarts. —dijo Harry, reanudando su paseo.
—¿En algún lugar de Hogsmeade? —sugirió Hermione.
—¿En la Casa de los Gritos? —dijo Harry—. Nunca va nadie por allí.
—Pero Snape sabe como llegar allí, ¿No sería eso un poco arriesgado?
—Dumbledore confiaba en Snape. —le recordó Harry.
—No lo suficiente como para decirle que había intercambiado las espadas. —dijo Hermione.
—¡Sí, tienes razón! —dijo Harry, y se sintió incluso más alegre ante la idea de que Dumbledore había tenido ciertas reservas, aunque fueran leves, sobre la honradez de Snape—. Por lo que habrá escondido la espada bien lejos de Hogsmeade ¿Tú que crees, Ron? ¿Ron?
Harry miró a su alrededor. Durante un desconcertante momento pensó que Ron había dejado la tienda, luego se dio cuenta que estaba tendido en una de las literas envuelto entre las sombras, inmóvil.
—Oh, os habéis acordado de mí, ¿eh? —dijo.
—¿Qué?
Ron bufó con la vista fija en la parte de abajo de la litera superior.
—Seguid. No dejéis que os estropee la diversión.
Perplejo, Harry miró a Hermione en busca de ayuda, pero ella sacudió la cabeza, aparentemente tan confusa como él.
—¿Cuál es el problema? —preguntó Harry.
—¿Problema? No hay ningún problema —dijo Ron aún negándose a mirar a Harry—. No en lo que a ti respecta, desde luego.
Se escucharon varios golpes sordos en la lona sobre sus cabezas. Había empezado a llover.
—Bueno, evidentemente tienes un problema —dijo Harry—. Escúpelo, ¿quieres?
Ron balanceó sus largas piernas fuera de la cama y se sentó. Se le veía sombrío, no parecía él mismo.
—Está bien, lo escupiré. No esperes que salte arriba y abajo por toda la tienda porque hay otra condenada cosa que debemos encontrar. Añádela a la lista de cosas que no sabes.
—¿Que no sé? —repitió Harry—. ¿Que no sé?
Plunk, plunk, plunk. La lluvia caía cada vez más fuerte y pesada, produciendo leves ruidos en la capa de hojas esparcidas alrededor de ellos y chapoteando en el río a través de la oscuridad. El temor apagó el júbilo de Harry. Ron estaba diciendo exactamente lo que había sospechado y temido que estuviera pensando.
—No es como si estuviera pasando el mejor momento de mi vida aquí —dijo Ron—. Sabes, con el brazo inutilizado y nada que comer y congelándome el trasero todas las noches. Sólo tenía la esperanza, sabes, de que después de haber estado dando vueltas durante semanas, hubiéramos logrado algo.
—Ron —dijo Hermione, pero con una voz tan baja que Ron pudo fingir no haberla oído sobre el ruidoso tamborileo de la lluvia que ahora golpeaba la tienda.
—Creí que sabías para lo que te habías ofrecido voluntario —dijo Harry.
—Si, yo también creía saberlo.
—Entonces, ¿qué parte de esto no está colmando tus expectativas? —preguntó Harry. El enfado venía ahora en su auxilio—. ¿Creías que nos alojaríamos en hoteles cinco estrellas? ¿Que encontraríamos un Horrocrux cada dos por tres? ¿Pensabas que volverías con tu mami por Navidad?
—¡Creíamos que sabías lo que estabas haciendo! —gritó Ron, poniéndose de pie, y sus palabras atravesaron a Harry como cuchillos ardientes—. ¡Creíamos que Dumbledore te había dicho qué hacer, creíamos que tenías un plan de verdad!
—¡Ron! —dijo Hermione, esta vez de forma claramente audible sobre la lluvia que retumbaba contra el techo de la tienda, pero otra vez la ignoró.
—Bueno, siento haberte desilusionado. —dijo Harry, con voz bastante serena aunque se sentía vacío, inadecuado—. Fui honesto contigo desde el principio. Te dije todo lo que Dumbledore me había dicho. Y por si no te has dado cuenta, encontramos un Horrocrux…
—Sí, y estamos casi tan cerca de librarnos de él como lo estamos de encontrar el resto de ellos… ¡En otras palabras, para nada cerca, maldición!
—Quítate el guardapelo, Ron —dijo Hermione, con la voz inusualmente alta—. Por favor quítatelo. No estarías hablando de esa forma si no hubieras estado llevándolo todo el día.
—Sí, lo haría —dijo Harry, que no quería que se buscara excusas a la actuación de Ron—. ¿En serio creéis que no he adivinado que pensabais estas cosas?
—Harry, nosotros no estábamos…
—¡No mientas! —le lanzó Ron—. Tú también lo dijiste, dijiste que estabas desilusionada, dijiste que habías creído que tenía algo más en lo que apoyarme, además de…
—No lo dije de esa forma… Harry, ¡no lo hice! —lloró.
La lluvia aporreaba la tienda, por el rostro de Hermione caían las lágrimas, y la emoción que había sentido hacía unos minutos se había desvanecido como si nunca la hubiera experimentado, un fuego artificial de corta vida que había brillado y muerto, dejándolo todo oscuro, mojado y frío. La espada de Gryffindor estaba escondida y no sabían dónde, y eran tres adolescentes en una tienda cuya única hazaña hasta el momento consistía en no estar muertos, aún.
—¿Entonces por qué estáis aquí aún? —le preguntó Harry a Ron.
—A mí que me registren.
—Iros a casa, entonces —dijo Harry.
—¡Sí, tal vez lo haga! —gritó Ron, y dio varios pasos hacia Harry, que no se echó atrás—. ¿No oíste lo que dijeron de mi hermana? Pero no te importa un bledo, no. Es sólo el Bosque Prohibido. Ha—enfrentado—cosas—peores, a Harry Potter no le importa lo que le pase a ella allí… bueno a mí sí, entiendes, arañas gigantes y la mente te juega malas pasadas…
—Lo que quise decir… es que estaba con los demás, estaban con Hagrid…
—Sí, lo entiendo, ¡No te importa! Y qué hay acerca del resto de mi familia, “los Weasley lo que menos necesitan son más hijos heridos” ¿oíste eso?
—Sí, yo…
—¿Sin embargo no te preocupó lo que quiso decir con eso?
—¡Ron! —dijo Hermione, forzando su camino para interponerse entre ellos—. No creo que signifique que haya pasado nada nuevo, nada de lo que no estemos enterados; piensa, Ron, Bill ya tiene una cicatriz, a estas alturas mucha gente debe haber visto que George perdió una oreja, y se supone que tú estás en tu lecho de muerte con Granulosis. Estoy segura que eso fue lo que quiso decir…
—Oh, estás segura, ¿verdad? Bueno, entonces, no me preocuparé por ellos. Para ti también está todo bien, ¿no es cierto? Con tus padres a salvo fuera del camino…
—¡Mis padres están muertos! —rugió Harry.
—¡Y los míos podrían estar en el mismo camino! —gritó Ron.
—Entonces ¡VETE! —rugió Harry—. Regresa con ellos, finge que te recuperaste de la granulosis y tu madre podrá alimentarte bien y…
Ron hizo un movimiento súbito. Harry reaccionó, pero antes de que cualquiera de las dos varitas estuviera fuera de los bolsillos de sus propietarios, Hermione había levantado la suya.
—¡Protego! —gritó, y un escudo invisible se extendió dejándoles a ella y a Harry de un lado y a Ron del otro. Todos se vieron forzados a retroceder unos pocos pasos por la fuerza del hechizo, y Harry y Ron se miraron insistentemente a cada lado de la transparente barrera como si se vieran claramente uno al otro por primera vez. Harry sentía un odio corrosivo contra Ron. Algo se había roto entre ellos.
—Deja el Horrocrux. —dijo Harry.
Ron se pasó la cadena sobre la cabeza y tiró el guardapelo sobre una silla cercana. Se giró hacia Hermione.
—¿Qué vas a hacer?
—¿A qué te refieres?
—¿Te quedas, o qué?
—Yo… —se la veía angustiada—. Sí… sí, me quedo. Ron, dijimos que iríamos con Harry. Dijimos que le ayudaríamos.
—Entiendo. Le eliges a él.
—Ron, no… por favor… regresa, ¡Regresa!
Se vio obstaculizada por su propio encantamiento escudo. Para cuando lo hubo levantado él ya había salido rabiando hacia la noche. Harry permaneció inmóvil y en silencio, escuchándola sollozar y gritar el nombre de Ron entre los árboles.
Después de unos pocos minutos regresó, con el cabello empapado pegado a la cara.
—¡Se ha i—i—ido! ¡Ha Desaparecido!
Se tiró sobre una silla, se acurrucó sobre sí misma, y empezó a llorar.Harry se sentía aturdido. Se detuvo, levantó el Horrocrux, y se lo colocó alrededor del cuello. Sacó las mantas de la litera de Ron y las tiró sobre Hermione. Luego trepó a su propia cama y miró al oscuro techo de lona, escuchando el repiqueteo de la lluvia.

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