jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 24

EL FABRICANTE DE VARITAS

Fue como hundirse en una vieja pesadilla. Por un instante Harry estuvo otra vez arrodillado junto al cuerpo de Dumbledore al pie de la torre más alta de Hogwarts, pero en realidad estaba mirando a un pequeño cuerpo acurrucado sobre la hierba, perforado por el cuchillo plateado de Bellatrix. La voz de Harry todavía estaba diciendo, “Dobby... Dobby...” a pesar que sabía que el elfo se había ido a donde ya no podía llamarle de regreso.
Después de un minuto o algo así se dio cuenta de que, después de todo, habían llegado al lugar correcto, allí estaban Bill y Fleur, Dean y Luna, reuniéndose alrededor de él mientras se arrodillaban sobre el elfo.
—Hermione, —dijo de pronto—. ¿Dónde está?
—Ron la ha llevado adentro, —dijo Bill—. Se pondrá bien.
Harry bajó la mirada hacia Dobby. Extendió una mano y tiró de la afilada hoja arrancándola del cuerpo del elfo, luego tomó su propia chaqueta y cubrió a Dobby con ella como si fuera una manta.
El mar se precipitaba sobre las rocas en algún lugar cercano; Harry lo escuchaba mientras los demás hablaban, discutiendo temas en los que él no podía interesarse, tomando decisiones. Dean llevó al herido Griphook dentro de la casa, Fleur se precipitó tras ellos. Ahora Bill entendía perfectamente lo que Harry decía. Y mientras lo decía, miraba fijamente al diminuto cuerpo, su cicatriz punzaba y ardía, y en una parte de su mente, visto como a través del extremo equivocado de un largo telescopio, vio a Voldemort castigando a aquellos que habían quedado atrás en la Malfoy Manor. Su rabia era terrible y aunque el dolor de Harry por Dobby parecía atenuarla, se convirtió en una tormenta distante que le alcanzó a través del vasto y silencioso océano.
—Quiero hacerlo como es debido —Fueron las primeras palabras que Harry fue consciente de haber pronunciado— No con magia. ¿Tenéis una pala?
Y poco después se había puesto a trabajar, solo, excavando la tierra en el lugar que Bill le había mostrado al final del jardín, entre los arbustos. Cavó con cierta furia, disfrutando del trabajo manual, glorificándose en la falta de magia que había en aquello, cada gota de su sudor y cada ampolla los sentía como un regalo para el elfo que había salvado sus vidas.
Su cicatriz ardía, pero era dueño del dolor, lo sentía y a la vez era ajeno a él. Había aprendido a controlarlo al fin, aprendido a cerrar su mente a Voldemort, la única cosa que Dumbledore había querido que aprendiera de Snape. Al igual que Voldemort no había podido poseer a Harry cuando Harry estaba consumido de dolor por Sirius, tampoco sus pensamientos no podían penetrar la mente de Harry ahora que velaba a Dobby. La tristeza, al parecer, expulsaba a Voldemort... aunque Dumbledore hubiera dicho que era el amor.
Harry cavaba, cada vez más profundamente en la dura y fría tierra, ahogando su desconsuelo en sudor, negando el dolor de su cicatriz. En la oscuridad, con nada más que el sonido de su propia respiración y el agitado mar por compañía, las cosas que habían pasado en la casa de los Malfoy volvían a él, las cosas que había escuchado volvían a él, y la comprensión floreció en la oscuridad...
El constante ritmo de sus brazos batía al ritmo de sus pensamientos. Reliquias…Horrocruxes…Reliquias…Horrocruxes… pero ya no ardía con ese extraño y obsesivo anhelo. La pérdida y el miedo lo habían extinguido. Se sentía como si le hubieran despertado de nuevo.
Harry profundizaba más y más la tumba, y mientras, sabía dónde había estado Voldemort esta noche, y a quién había matado en la celda más alta de Nurmengard, y porque.
Y pensaba en Colagusano, muerto a causa del pequeño e inconsciente impulso de piedad... ¿Dumbledore había previsto eso?... ¿Cuánto mas había sabido?
Harry perdió el sentido del tiempo. Sólo notó que la oscuridad se había aligerado algunos grados cuando se le unieron Ron y Dean.
—¿Cómo está Hermione?
—Mejor —dijo Ron—. Fleur se está ocupando de ella.
Harry tenía su réplica preparada para cuando preguntaran por qué no había creado simplemente un sepulcro perfecto con su varita, pero no la necesitó. Bajaron al agujero que había hecho con la pala y comenzaron a trabajar juntos en silencio, hasta que el agujero pareció lo bastante profundo.
Harry envolvió al elfo más cómodamente en su chaqueta. Ron se sentó en la orilla del sepulcro y se quitó los zapatos y calcetines que colocó en los pies desnudos del elfo. Dean produjo un sombrero de lana que Harry colocó cuidadosamente en la cabeza de Dobby, cubriendo sus orejas de murciélago.
—Deberíamos cerrarle los ojos.
Harry no había oído a los otros aproximarse en la oscuridad. Bill vestía un abrigo de viaje, Fleur un largo delantal blanco, de uno de sus bolsillos sobresalía una botella que Harry reconoció como Poción Crece—Huesos. Hermione estaba envuelta en un vestido prestado, pálida e inestable sobre sus pies. Ron la rodeó con un brazo cuando ella le alcanzó. Luna, vestida con uno de los abrigos de Fleur, se agachó y posó los dedos tiernamente sobre cada uno de los párpados, bajándolos sobre la mirada cristalina.
—Ya está —dijo suavemente—. Ahora podría estar durmiendo.
Harry colocó al elfo en el sepulcro, acomodó sus pequeños miembros como si estuviera descansando, luego salió y lanzó una última mirada al pequeño cuerpo. Se obligó a sí mismo a no desmoronarse mientras recordaba el funeral de Dumbledore, y las filas y filas de sillas doradas, y al Ministro de Magia en la fila principal, la enumeración de los logros de Dumbledore, la magnificencia de la blanca tumba de mármol. Sentía que Dobby se merecía un funeral tan grandioso como ése, y el elfo yacería en cambio entre los arbustos en un agujero precariamente cavado.
—Creo que deberíamos decir algo, —dijo Luna—. Yo lo haré primero, ¿puedo?
Y puesto que todos se limitaron a mirarla, dirigió su discurso a los pies de la tumba del elfo muerto.
—Muchas gracias Dobby por rescatarnos de ese sótano. Es injusto que tuvieras que morir cuando eras tan bueno y tan valiente. Siempre recordaré lo que hiciste por nosotros. Espero que ahora seas feliz.
Se dio vuelta y miró expectante a Ron, que se aclaró la garganta y dijo con voz ronca:
—Sí... gracias Dobby.
—Gracias —murmuró Dean.
Harry tragó.
—Adiós Dobby —dijo, era todo lo que podía hacer, ya que Luna lo había dicho todo por él. Bill alzó su varita y la pila de tierra que había junto al sepulcro se elevó en el aire y cayó limpiamente en un pequeño montón rojizo—. ¿Os importa si me quedo aquí un momento? — preguntó a los demás.
Murmuraron palabras que no alcanzó a oír; sintió gentiles palmadas en la espalda, y luego todos volvieron a la casa, dejando a Harry solo junto al elfo.
Miró alrededor. Había un buen número de grandes piedras blancas, pulidas por el mar, que marcaban el linde de los lechos de flores. Tomó una de las más grandes y la colocó como si fuera una almohada sobre el lugar donde ahora descansaba la cabeza de Dobby. Luego tanteó en su bolsillo en busca de una varita. Tenía dos allí. Lo había olvidado; ahora no podía recordar de quién eran esas varitas; podía recordar arrancarlas de la mano de alguien. Eligió la más corta, la que sentía más cómoda en su mano, y apuntó a la roca.
Lentamente, bajo su susurrada instrucción, profundos cortes aparecieron en la superficie de la roca. Sabía que Hermione podía haberlo hecho más limpia, y probablemente más rápidamente, pero quería marcar él la piedra como había querido cavar el sepulcro. Cuando se detuvo de nuevo, leyó en la piedra: AQUÍ YACE DOBBY, UN ELFO LIBRE.
Examinó su trabajo un par de segundos más, luego se alejó, la cicatriz todavía le dolía un poco, y su mente estaba llena de todo lo que habían llegado a él en el sepulcro; ideas que habían tomado forma en la oscuridad, ideas tan fascinantes como terribles.
Estaban todos sentados en la sala de estar cuando entró al pequeño salón. Su atención se concentró en Bill, que estaba hablando. El cuarto estaba pintado luminosamente, bonito, con un pequeño fuego de madera ardiendo brillantemente en la chimenea. Harry no quería dejar barro en la alfombra, así que se quedó en la puerta, escuchando.
—... por suerte Ginny estaba de vacaciones. Si hubiera estado en Hogwarts, podrían haberla cogido antes de que la alcanzáramos. Ahora sabemos que también está a salvo. —Miró alrededor y vio a Harry allí de pie—. Los he estado sacando a todos de la Madriguera —explicó—. Los he trasladado a la casa de Muriel. Los mortífagos saben ahora que Ron está contigo, se limitaron a marcar a la familia… no te disculpes —añadió al ver la expresión de Harry—. Siempre fue una cuestión de tiempo, Papá lleva meses diciéndolo. Somos la mayor familia de traidores de sangre que ha habido jamás.
—¿Cómo se les ha protegido? —preguntó Harry.
—Encantamiento Fidelius. El Guardián Secreto es Papá. Y nosotros lo hemos hecho aquí también, yo soy el Guardián Secreto aquí. Ninguno de nosotros puede ir al trabajo, pero eso no tiene mucha importancia. Una vez Ollivander y Griphook estén lo suficientemente bien, nos mudaremos a la casa de Muriel también. No hay mucho espacio aquí, pero ella tiene de sobra. Estamos curando las piernas de Griphook. Fleur le ha dado Poción Crece—Huesos, así que probablemente podamos moverlo en una hora o…
—No —dijo Harry y Bill pareció asustarse—. Los necesito a ambos aquí. Necesito hablarles. Es importante. —Oyó la autoridad en su propia voz, la convicción, la voz de la determinación que había llegado a él mientras cavaba la tumba de Dobby. Todos los rostros se giraron hacia él con aspecto confundido.
—Voy a bañarme —dijo Harry a Bill mirándose las manos todavía cubiertas de fango y de la sangre de Dobby–. Después necesitaré verles, inmediatamente. Caminó hacia la pequeña cocina, el fregadero que había bajo la ventana tenía vistas al océano. El ocaso se perdía en el horizonte, un color entre rosa y dorado. Mientras se lavaba, seguía otra vez el tren de pensamientos que había llegado a él en el oscuro jardín.
Dobby ya nunca podría decirles quién le había enviado al sótano, pero Harry sabía lo que había visto. Un penetrante ojo azul le había mirado a través del fragmento de espejo, y entonces la ayuda había llegado. Hogwarts siempre ayudará a aquellos que lo pidan.
Harry se secó las manos, indiferente a la belleza de la escena que se desplegaba al otro lado de la ventana y a los murmullos de los demás en la sala. Miró hacia fuera, más allá del océano y sintió más cerca este atardecer, mas que ningún otra, más cerca al corazón de todo.
Y la cicatriz todavía le dolía, y sabía que Voldemort venía hacia aquí también. Harry lo entendía pero no lo entendía. Su instinto le decía una cosa, su cerebro otra. El Dumbledore de su cabeza sonreía, examinando a Harry sobre la punta de sus dedos unidos en un ademán de rezo.
Le diste a Ron el Desiluminador... le entendías... le proporcionaste una salida...
Y entendías a Colagusano también... sabías que había un atisbo de remordimiento allí, en alguna parte...
Y si los conocías a ellos... ¿Qué sabías acerca de mí, Dumbledore?
¿Estoy destinado a buscar pero no a saber? ¿Sabías lo que sentiría al respecto? ¿Por eso me lo pusiste tan difícil? ¿Para que tuviera tiempo de pensarlo?
Harry estaba inmóvil, sus ojos congelados, observando el lugar donde un brillante rayo de luz dorada del sol se alzaba en el horizonte. Luego miró sus manos limpias y quedó momentáneamente sorprendido al ver el aspecto que tenían. Las bajó y regresó al salón, y mientras lo hacía, sintió la cicatriz palpitar furiosamente, y luego como recorría rápidamente su mente, veloz como el reflejo del vuelo de un dragón sobre el agua, el contorno de un edificio que conocía extremadamente bien.
Bill y Fleur estaban a los pies de las escaleras.
—Necesito hablar con Griphook y Ollivander —dijo Harry.
—No —dijo Fleur—. Vas a teneg que espegag Harry. Ambos están muy cansados…
—Lo siento —dijo él calmadamente, —pero no puedo esperar. Necesito hablarles ahora. En privado… y por separado. Es urgente.
—Harry, ¿qué demonios está pasando?— preguntó Bill—. Llegaste aquí con un elfo doméstico muerto y un duende semi—inconsciente, Hermione está como si la hubieran torturado, y Ron acaba de negarse a contarme nada…
—No podemos decirte lo que estamos haciendo —dijo Harry llanamente—. Estás en la Orden, Bill, tú sabes que Dumbledore nos encomendó una misión. Se supone que no podemos hablar de esto con nadie más.
Fleur dejó escapar un ruido de impaciencia, pero Bill no la miró; estaba mirando a Harry. Su rostro profundamente asustado era difícil de descifrar. Finalmente dijo
—Está bien. ¿Con quién deseas hablar primero?
Harry dudó. Sabía lo que se jugaba con su decisión. No había tiempo; era el momento de decidir; ¿Horrocruxes o Reliquias?
—Griphook —dijo Harry—. Hablaré con Griphook primero.
El corazón le latía como si hubiera hecho una carrera y acabado de evitar un enorme obstáculo.
—Aquí arriba— dijo Bill, mostrándole el camino.
Harry había subido varios escalones cuando se detuvo y miró atrás.
—¡Os necesito a vosotros dos también! —les dijo a Ron y Hermione, quienes se habían estado escondiendo, medio cubiertos, en el camino a la puerta de la sala de estar.
Ambos se movieron hacia la luz, muy aliviados.
—¿Como estás? — preguntó Harry a Hermione—. Estuviste sorprendente… contando esa historia mientras te estaba torturando de esa manera.
Hermione esbozó una débil sonrisa mientras Ron le daba un apretón en una mano.
—¿Que vamos a hacer ahora Harry? —preguntó.
—Ya verás. Ven.
Harry, Ron y Hermione siguieron a Bill escaleras arriba hasta un pequeño rellano que daba a tres puertas.
—Aquí —dijo Bill, abriendo la puerta que daba al cuarto que compartía con Fleur. También tenía vistas al mar, ahora la puesta de sol era de un vivo dorado. Harry se dirigió hacia la ventana, dio la espalda a la espectacular vista, y esperó con los brazos cruzados, y la cicatriz punzando. Hermione se sentó en una silla junto al vestidor; Ron se sentó en el reposabrazos de la misma.
Bill reapareció, trayendo el pequeño duende, a quien sentó cuidadosamente sobre la cama. Griphook gruñó un gracias, y Bill se fue, cerrando la puerta tras él.
—Lamento sacarle de su cama —dijo Harry—. ¿Como están sus piernas?
—Doloridas —replicó el duende—. Pero sanando.
Todavía sujetaba la espada de Gryffindor y tenía un aspecto extraño: medio enfadado, medio intrigado. Harry se fijó en la piel enfermiza del duende, sus largos dedos delgados, sus oscuros ojos. Fleur le había quitado los zapatos: sus grandes pies estaban sucios. Era mas grande que un elfo domestico, pero no por mucho. Su curvada cabeza era mucho más grande que la de un humano.
—Probablemente no recuerde… —comenzó Harry.
—¿…que yo fui el duende que te guió a tu cámara la primera vez que visitaste Gringotts? —dijo Griphook—. Lo recuerdo Harry Potter. Incluso entre los duendes eres muy famoso.
Harry y el duende se miraron, examinándose el uno al otro. La cicatriz de Harry todavía punzaba. Quería terminar la entrevista con Griphook rápidamente, y al mismo tiempo temía hacer un movimiento en falso. Mientras trataba de pensar la mejor manera de formular su petición, el duende rompió el silencio.
—Enterraste al elfo —dijo, sonando inesperadamente rencoroso—. Te vi desde la ventana del cuarto que está junto a este.
—Sí— dijo Harry.
Griphook le miró por el rabillo del ojo.
—Eres un mago inusual, Harry Potter.
—¿En qué sentido? —preguntó Harry, rascándose la cicatriz inconscientemente.
—Cavaste el sepulcro.
—¿Y?
Griphook no respondió. Harry creyó que estaba siendo despreciado por actuar como un muggle, pero no le importaba si Griphook aprobaba el sepulcro de Dobby o no. Se decidió a pasar a la ofensiva.
—Griphook, necesito preguntarle…
—También rescataste a un duende...
—¿Qué?
—Me trajiste aquí, me salvaste.
—Bueno, ¿le debo una disculpa por ello? —dijo Harry un poco impaciente.
—No, Harry Potter— dijo Griphook, y con un dedo se retorció la delgada barba negra—, pero eres un mago muy extraño.
—Bien —dijo Harry—. Necesito algo de ayuda, Griphook, y usted puede proporcionármela
El duende no dio ninguna señal de perturbación, pero continuó mirando con el ceño fruncido hacia Harry como si nunca hubiera visto nada como él.
—Necesito abrir una cámara de Gringotts
Harry no había tenido intención de decirlo así. Las palabras salieron disparadas como un golpe de dolor a través de la cicatriz y vio, otra vez, el contorno de Hogwarts. Cerró su mente firmemente. Necesitaba cerrar el trato con Griphook primero. Ron y Hermione miraban a Harry como si se hubiera vuelto loco.
—Harry… —dijo Hermione, pero fue interrumpida por Griphook.
—¿Abrir una cámara de Gringotts? —repitió el duende, haciendo una mueca mientras se acomodaba en la cama—. Eso es imposible.
—No, no lo es —dijo Ron—. Ya lo han hecho
—Sí —dijo Harry—. El mismo día en el que le conocí, Griphook. Mi cumpleaños, hace siete años.
—La cámara en cuestión estaba vacía en ese momento —repuso el duende y Harry entendió que aunque Griphook hubiera abandonado Gringotts, se sentía ofendido con la idea de que sus defensas fueran violadas—. Su protección era mínima.
—Bueno, la cámara a la que queremos llegar no está vacía, y adivino que su protección debe ser muy poderosa —dijo Harry—. Pertenece a los Lestrange.
Vio a Ron y Hermione mirarse el uno al otro, asombrados, pero ya habría tiempo para explicárselo cuando Griphook hubiera dado su respuesta.
—No tienes ninguna posibilidad —dijo Griphook llanamente—. Ninguna posibilidad en absoluto. Si buscas bajo nuestros suelos, un tesoro que nunca fue tuyo…—
—Mago, has sido advertido, cuidado…sí, lo sé, lo recuerdo —dijo Harry—. Pero no estoy intentando llevarme ningún tesoro, no estoy intentando llevarme ninguna ganancia personal. ¿Puede creerme?
El duende miró a Harry, y la cicatriz en forma de rayo en la frente de Harry ardió, pero la ignoró, negándose a reconocer el dolor o su invitación.
—Si hay un mago del que creería que no busca una ganancia personal —dijo Griphook finalmente—, ese serías tú, Harry Potter. Los elfos y los duendes no suelen ser tratados con la deferencia o el respeto que tú has mostrado esta noche. No por parte de gente con varitas.
—Gente con varitas —repitió Harry: la frase sonó extraña a sus oídos mientras la cicatriz ardía, mientras Voldemort dirigía sus pensamientos hacia el norte, y Harry ardía de curiosidad por preguntarle a Ollivander, que estaba en la puerta de al lado.
—El derecho a llevar una varita —dijo el duende tranquilamente—, ha sido una larga discusión entre duendes y magos.
—Bueno, los duendes pueden hacer magia sin varitas —dijo Ron.
—¡Eso es irrelevante! Los magos se niegan compartir los secretos de la sabiduría de las varitas con otros seres mágicos, nos niegan la posibilidad de extender nuestros poderes.
—Bueno, los duendes tampoco comparten nada de su magia —dijo Ron—. No van a contarnos cómo hacer espadas y armaduras como las que hacen. Los duendes saben trabajar el metal de una forma que un mago nunca…
—No importa —dijo Harry, notando que la cara de Griphook cambiaba de color—. Esto no se trata acerca de magos contra duendes, o ningún otro tipo de criatura mágica…
Griphook lanzó una risa maliciosa.
—¡Pero es eso! ¡Es precisamente eso! Cuanto más crece el poder del Señor Tenebroso, más firmemente se impone vuestra raza sobre la. Gringotts cae bajo el imperio de los magos, los elfos domésticos son asesinados, ¿y quién entre los que llevan varita protesta?
—¡Nosotros lo hacemos! —dijo Hermione. Se había sentado erguida, sus ojos brillaban—. Nosotros protestamos. ¡Estoy tan asustada como cualquier duende o elfo, Griphook! ¡Soy una Sangre sucia!
—No te llames así… —murmuró Ron.
—¿Porqué no puedo hacerlo? —dijo Hermione—. ¡Sangre sucia, y orgullosa de serlo! ¡No tengo una posición más alta que tú bajo este nuevo orden, Griphook! ¡Es a mí a quien eligieron torturar en casa de los Malfoy!
Mientras hablaba, echó a un lado el cuello del vestido para revelar el pequeño corte que Bellatrix le había hecho, rojo en contraste con su garganta.
—¿Sabía que fue Harry quien liberó a Dobby? –preguntó—. ¿Sabía que hemos luchado por la libertad de los elfos durante años? —(Ron se removió incómodo en el brazo del sillón de Hermione)— ¡Usted no puede desear que Quién—usted—ya—sabe sea derrotado más que nosotros, Griphook!
El duende miró a Hermione con la misma curiosidad que había mostrado por Harry.
—¿Qué buscáis en la cámara de los Lestrange? —preguntó bruscamente—. La espada que se encuentra en el interior es una falsa copia. Esta es la real —Examinó a cada uno de ellos—. Pero creo que eso ya lo sabéis. Me pediste que mintiera por ti allí.
—Pero la falsa espada no es lo único que hay en la cámara, ¿verdad? —preguntó Harry—. A lo mejor ha visto otras cosas allí.
Su corazón latía más fuerte que nunca. Redobló sus esfuerzos por ignorar el ardor de su cicatriz.
El duende se retorció la barba alrededor del dedo nuevamente.
—Va contra nuestro código revelar los secretos de Gringotts. Somos los guardianes de fabulosos tesoros. Tenemos un deber para con los objetos puestos bajo nuestro cuidado, el cual ha sido, muy a menudo, escrito con nuestras propias manos.
El duende movió la espada, y sus negros ojos vagaron de Harry a Hermione y a Ron y luego de vuelta.
—Tan jóvenes —dijo finalmente— para pelear contra tantos.
—¿Nos ayudará? —dijo Harry—. No tenemos esperanzas de entrar ahí sin la ayuda de un duende. Usted es nuestra única posibilidad.
—Yo… lo pensaré —dijo Griphook exasperadamente.
—Pero… —comenzó Ron furiosamente; pero Hermione le dio un golpe en las costillas.
—Gracias —dijo Harry.
El duende arqueó su gran cabeza curva en reconocimiento, luego flexionó sus cortas piernas.
—Creo —dijo, acomodándose a sí mismo ostentosamente sobre la cama de Bill y Fleur— que la poción Crece—Huesos ha terminado su trabajo. Por fin podré dormir. Si me disculpáis...
—Sí, claro —dijo Harry, pero antes de abandonar el cuarto se inclinó hacia delante y cogió la espada de Gryffindor del lado del duende. Griphook no la reclamó, pero Harry creyó ver resentimiento en los ojos del duende mientras cerraba la puerta tras él.
—Pequeño tonto —murmuró Ron—. Disfruta haciéndonos esperar.
—Harry —musitó Hermione, llevándolos a ambos lejos de la puerta, al centro del rellano medio iluminado— ¿estás diciendo lo que creo que estás diciendo? Estás diciendo que hay un Horrocrux en la cámara de los Lestrange.
—Sí —dijo Harry—. Bellatrix se quedó espantada cuando creyó que podríamos haber estado allí, estaba fuera de sí. ¿Por qué? ¿Qué creía que habíamos visto? ¿Que más pensó que podíamos haber cogido? Algo que de Quien—vosotros—ya—sabéis que temía haber perdido
—Pero yo creía que estábamos buscando lugares donde Quien—tú—ya—sabes había estado, lugares donde hubiera hecho algo importante —dijo Ron, que parecía anonadado—. ¿Alguna vez estuvo dentro de la cámara de los Lestrange?
—No sé siquiera si ha estado alguna vez en Gringotts —dijo Harry—. Nunca tuvo oro que guardar allí cuando era joven, porque nadie le dejó nada. Quizás viera el banco desde fuera la primera vez que fue al callejón Diagon.
La cicatriz de Harry palpitó, pero él la ignoró; quería que Hermione y Ron entendieran lo de Gringotts antes de ir a hablar con Ollivander.
—Creo que debe haber recurrido a cualquiera que tuviera una cámara en Gringotts. Debe haberlo visto como un símbolo de se pertenencia al mundo mágico. Y no olvidéis que confiaba en Bellatrix y su marido, eran sus sirvientes más devotos antes de que cayera, y fueron en su busca cuando desapareció. Lo dijo la noche en que regresó, yo le oí.
Harry se frotó la cicatriz.
—Aunque no creo que le haya dicho a Bellatrix que era un Horrocrux. Nunca contó la verdad sobre el diario a Lucius Malfoy. Quizás le dijo que era una posesión valiosa y le pidió que la guardara en su cámara. El lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que quieras esconder, me dijo Hagrid... excepto quizás Hogwarts.
Cuando Harry terminó de hablar, Ron sacudió su cabeza.
—Tú le entiendes realmente.
—En parte —dijo Harry—. En parte... me gustaría haber entendido a Dumbledore tanto como a él. Pero ya veremos. Vamos…Ahora Ollivander.
Ron y Hermione se sentían desconcertados aunque muy impresionados a medida que le seguían a través del pequeño rellano y le veían golpear la puerta que se encontraba en dirección opuesta a la de Bill y Fleur. Un débil “Pasen” les respondió.
El fabricante de varitas estaba tendido en la cama más alejada de la ventana. Había estado prisionero en aquel sótano durante más de un año y había sido torturado, Harry lo sabía, en al menos una ocasión. Estaba muy delgado, los huesos de su cara sobresalían notoriamente contra su amarillenta piel. Sus grandes ojos plateados parecían divagar entre sus párpados. Las manos que yacían sobre la manta podían haber pertenecido a un esqueleto. Harry se sentó en la cama vacía, junto a Ron y Hermione. El sol naciente no se veía desde allí. El cuarto daba al jardín sobre el acantilado y la tierra fresca del sepulcro.
—Señor Ollivander, siento molestarlo —dijo Harry.
—Mi querido muchacho —la voz de Ollivander era débil—. Tú nos rescataste. Pensé que moriría en ese lugar, nunca podré agradecerte... nunca podré agradecerte... lo suficiente.
—Nos alegramos de poder hacerlo.
La cicatriz de Harry palpitó. Sabía, estaba seguro, de que no llegarían a tiempo para apartar a Voldemort de su meta, o siquiera para intentar frustrar su plan. Sintió un brote de pánico... pero había tomado una decisión al hablar con Griphook primero. Fingiendo una calma que no sentía, tomó a tientas la bolsa que llevaba alrededor de su cuello y tomó las dos mitades de su varita rota.
—Señor Ollivander, necesito ayuda.
—Lo que sea, lo que sea,— dijo el fabricante de varitas débilmente.
—¿Puede repararla? ¿Es posible?
Ollivander alzó una temblorosa mano, y Harry colocó las dos mitades apenas conectadas en su palma.
—Acebo y pluma de fénix —dijo Ollivander con voz trémula. —Once pulgadas. Agradable y flexible.
—Sí —dijo Harry—. ¿Puede…?
—No —susurró Ollivander—. Lo siento, de verdad lo siento, pero una varita que ha sufrido este grado de daño no puede ser reparada de ninguna manera que conozca.
Harry había esperado escuchar eso, pero fue un golpe de todos modos. Volvió a coger las mitades de la varita y las volvió a colocar en la bolsa alrededor de su cuello. Ollivander se quedo mirando el lugar donde la varita rota había desaparecido y no dejó de mirar hasta que Harry tomó de su bolsillo las dos varitas que había traído de la casa de Malfoy.
—¿Puede identificar estas? —preguntó Harry.
El fabricante tomó la primera de las varitas y la sostuvo cerca de sus pálidos ojos, girándola entre sus dedos, flexionándola suavemente.
—Nogal y nervio de dragón –dijo—. Doce pulgadas y tres cuartos. Inflexible. Esta varita pertenecía a Bellatrix Lestrange.
—¿Y ésta?
Ollivander la examinó de la misma forma.
—Espino y pelo de unicornio. Diez pulgadas justas. Moderadamente flexible. Esta era la varita de Draco Malfoy.
—¿Era? —repitió Harry—. ¿Acaso no sigue siendo suya?
—Quizás no. Si tú la tomaste…
—Lo hice
—…entonces puede que sea tuya. Claro, la forma de ver las cosas depende mucho también de la varita en sí misma. En general, si una varita ha sido ganada, su lealtad cambiará.
Se hizo un silencio en el cuarto, excepto por el distante rugir de las olas.
—Habla de las varitas como si tuvieran sentimientos —dijo Harry—. Como si pudieran pensar por sí mismas.
—La varita elige al mago —dijo Ollivander—. Eso siempre ha sido obvio para los que hemos estudiado la sabiduría de las varitas.
—¿Pero una persona puede usar una varita que no le ha elegido? —preguntó Harry.
—Oh sí, si eres mago puedes acceder a tu magia a través de casi cualquier objeto. Pero los mejores resultados siempre aparecen cuanto mayor es la afinidad entre varita y mago. Estas conexiones son complejas. Una atracción inicial, y luego un mutuo deseo debido a la experiencia, la varita aprende del mago, el mago de la varita.
El mar golpeaba adelante y atrás; era un triste sonido.
—Tomé esta varita de Draco Malfoy por la fuerza —dijo Harry—. ¿Es seguro usarla?
—Así lo creo. Las leyes que gobiernan a propietario y varita son sutiles, pero la varita conquistada tiende a ir hacia su nuevo maestro.
—¿Así que yo debería usar esta? —dijo Ron, sacando la varita de Colagusano de su bolsillo y pasándosela a Ollivander.
—Castaño y nervio de dragón. Nueve pulgadas y un cuarto. Frágil. Me forzaron a hacer esta tras mi secuestro, para Peter Pettigrew. Sí, si la ganas, es más que probable que acceda tus peticiones, y que lo haga bien, mejor que otra varita.
—¿Y esto es cierto para todas las varitas?— preguntó Harry.
—Así lo creo —replicó Ollivander, sus protuberantes ojos estaban fijos en el rostro de Harry—. Hace preguntas profundas, Señor Potter. La sabiduría sobre las varitas es una parte compleja y misteriosa de la magia.
—¿Así que no es necesario matar al anterior propietario para tomar posesión de una varita?— preguntó Harry.
Ollivander tragó.
—¿Necesario? No, no puede decirse que sea necesario matar.
—Aunque hay leyendas —dijo Harry, y las palpitaciones de su corazón se aceleraron, el dolor de su cicatriz se hacía más intenso; estaba seguro de que Voldemort iba a poner su idea en acción—, leyendas sobre una varita…o varitas…que han ido pasando de mano en mano por medio del asesinato.
Ollivander se puso pálido. Contra la blanca almohada su tono era gris, y sus ojos enormes, rojos se llenaron de lo que parecía ser temor.
—Sólo una varita, creo —susurró.
—Y Quien—usted—ya—sabe está interesado en ella, ¿no es así? —preguntó Harry.
—Yo… ¿cómo? —graznó Ollivander, y se volvió hacia Ron y Hermione en busca de ayuda—. ¿Cómo sabéis eso?
—Él quería que usted le dijera como superar la conexión entre nuestras varitas —dijo Harry.
Ollivander parecía aterrorizado.
—¡Me torturó, debes entenderlo! Usó la Maldición Cruciatus, yo... ¡no tuve más opción que decirle lo que sabía, lo que creía!
—Lo entiendo —dijo Harry—. ¿Le dijo algo acerca de los núcleos gemelos? ¿Le dijo que tenía que utilizar la varita de otro mago?
Ollivander parecía horrorizado, transfigurado, por la cantidad de información que tenía Harry. Asintió lentamente.
—Pero no funcionó –continuó Harry—. Mi varita todavía vencía a la varita prestada. ¿Sabe por qué ocurrió eso?
Ollivander sacudió su cabeza lentamente tal como había asentido.
—Yo nunca... había escuchado tal cosa. Tu varita hizo algo único esa noche. La conexión de varitas gemelas es increíblemente rara, pero por qué tu varita venció a la varita prestada, no lo sé...
—Estábamos hablando acerca de la otra varita, la varita que cambia de manos por medio del asesinato. Cuando Quien—usted—ya—sabe se dio cuenta de que mi varita había hecho algo extraño, volvió y le preguntó por la otra varita, ¿cierto?
—¿Como sabes eso?
Harry no respondió.
—Sí, lo preguntó —susurró Ollivander—. Quería saber todo lo que pudiera decirle acerca de la varita también conocida como La Varita Mortífera, La Varita del Destino, o la Varita de Saúco.
Harry miró de soslayo a Hermione. Parecía horrorizada.
—El Señor Tenebroso —murmuró Ollivander con un tono silencioso y temeroso— siempre se había sentido satisfecho con la varita que le construí… Sí, pluma de fénix, trece pulgadas y media… hasta que descubrió la conexión de los núcleos gemelos. Ahora busca otra, una varita más poderosa, como la única forma de derrotarte.
—Pero sabrá pronto, si es que todavía no lo sabe, que la mía esta dañada más allá de toda reparación —dijo Harry tranquilamente.
—¡No! —dijo Hermione, que pareció asustada—. No podría saber eso, Harry, ¿Cómo podría…?
—Priori Incantatem —dijo Harry—. Dejamos tu varita y la varita de espino en casa de Malfoy, Hermione. Si las examinan adecuadamente, haciéndolas recrear los hechizos que han hecho previamente, podrían ver que la tuya rompió la mía, verán que fallaste tratando de repararla, y se darán cuenta que he estado utilizando la varita de espino desde entonces.
El poco color que había ganado desde su llegada abandonó su rostro. Ron le lanzó a Harry una mirada reprobadora, y dijo:
—No nos preocupemos por eso ahora…
Pero el Señor Ollivander intervino.
—El Señor Tenebroso ya no busca la Varita de Saúco solo para destruirle, Señor Potter. Está decidido a poseerla porque cree que le hará realmente invulnerable.
—¿Y lo hará?
—El propietario de la Varita de Saúco siempre debe temer el ataque —dijo Ollivander— pero la idea del Señor Tenebroso en posesión de la Varita Mortífera es, debo admitirlo… formidable.
Harry recordó de pronto cuan inseguro había estado, cuando se conocieron, de si le gustaba o no Ollivander. Incluso ahora, habiendo siendo torturado y encarcelado por Voldemort, la idea de ver al Mago Oscuro en posesión de la varita parecía cautivarle tanto como le causaba repulsión.
—Usted… ¿Usted realmente cree que esa varita existe entonces, Señor Ollivander?— preguntó Hermione.
—Oh sí —dijo Ollivander—, sí, es perfectamente posible seguir su curso a través de la historia. Hay espacios en blanco, por supuesto, y muy largos, donde desaparece de la vista, temporalmente perdida o escondida; pero siempre vuelve a salir a la superficie. Tiene características indudablemente identificables que aquellos instruidos en la sabiduría de las varitas reconocen. Se han escrito tratados, algunos de ellos oscuros, que yo y otros fabricantes hemos hecho objeto de estudio. Tiene el sello de la autenticidad.
—Así que… ¿usted no cree que pueda ser un mito o un cuento de hadas? —preguntó Hermione esperanzadamente.
—No —dijo Ollivander—. Si es necesario que pase de manos mediante un asesinato, eso no lo sé. Su historia es sangrienta, pero eso puede deberse simplemente al hecho de que es un objeto muy deseable y despierta pasiones entre los magos. Inmensamente poderosa, peligrosa en las manos equivocadas, y un objeto increíblemente fascinante para todos aquellos que estudiamos el poder de las varitas.
—Señor Ollivander —dijo Harry— Le contó al El—que—no—debe—ser—nombrado que Gregorovitch tenía la Varita de Saúco, ¿verdad?
Ollivander se puso, si era posible, todavía más pálido. Se le veía fantasmagórico mientras tragaba saliva.
—¿Pero cómo… cómo…?
—No presté atención a cómo lo sé —dijo Harry, cerrando los ojos momentáneamente porque la cicatriz le quemaba, y vio, durante unos segundos, una visión de la calle principal de Hogsmeade, todavía oscura, porque estaba mucho más al norte—. ¿Le contó a El—que—no—debe—ser—nombrado que Gregorovitch tenía la varita?
—Era un rumor, —susurró Ollivander—. Un rumor de hace muchísimos años, mucho antes de que ustedes nacieran, creo que el mismo Gregorovitch lo inició. Pueden ver cuan bueno sería eso para el negocio; ¡que estaba estudiando y reproduciendo las cualidades de la Varita de Saúco!
—Sí, puedo verlo —dijo Harry. Se levantó—. Señor Ollivander, una última cosa y luego le dejaremos descansar un poco. ¿Qué sabe usted sobre las Reliquias de la Muerte?
—Las… ¿las qué? –preguntó el fabricante de varitas, pareciendo completamente desconcertado.
—Las Reliquias de la Muerte.
—Lo siento no sé de que me está hablando. ¿Es algo que se hace con las varitas?
Harry examinó la cara hundida y creyó ver que Ollivander no estaba actuando. No sabía nada sobre las Reliquias.
—Gracias —dijo Harry—. Muchas gracias. Nos marcharemos ahora para dejarle descansar un poco.
Ollivander parecía afligido.
—¡Me torturó! –jadeó—. La Maldición Cruciatus… no tenéis ni idea…
—La tengo —dijo Harry—, ciertamente la tengo. Por favor descanse un poco. Gracias por contarme todo esto.
Encabezó a Ron y a Hermione escaleras abajo. Harry echó un fugaz vistazo a Bill, Fleur, Luna y Dean sentados a la mesa de la cocina, con tazas de té frente a ellos. Todos alzaron la mirada hacia Harry cuando apareció en la puerta, pero él simplemente hizo una inclinó de cabeza y continuó hacia el jardín, con Ron y Hermione detrás de él. Harry caminó hasta el montículo de tierra rojiza que cubría el lugar de reposo de Dobby, mientras el dolor en su cabeza se hacía más y más poderoso. Ahora era un esfuerzo enorme bloquear las visiones que se le imponían, pero sabía que debería resistir solamente un poco más. Se rendiría muy pronto, porque necesitaba asegurarse de que su teoría era correcta. Debía hacer sólo un pequeño esfuerzo más, para poder explicarles todo a Ron y Hermione.
—Gregorovitch tuvo la Varita de Saúco mucho tiempo atrás —dijo—. Vi a El—que—no—debe—ser—nombrado tratando de encontrarla. Cuando la localizó, se encontró con que Gregorovitch ya no la tenía, le fue robada por Grindelwald. Cómo Grindelwald averiguó que Gregorovitch la tenía, no lo sé… pero si Gregorovitch fue tan estúpido como para difundir el rumor no pudo haber sido tan difícil.
Voldemort estaba a las puertas de Hogwarts. Harry podía verlo allí de pie, y veía también la luz oscilante del amanecer, acercándose más y más.
—Y Grindelwald utilizó la Varita de Saúco para hacerse más poderoso. Y en la cima de su poder, cuando Dumbledore supo que era el único que podía detenerlo, se batió en duelo con Grindelwald y le ganó, tomando la Varita de Saúco.
—¿Dumbledore tenía la Varita de Saúco? –dijo Ron—. Pero entonces… ¿dónde está ahora?
—En Hogwarts —dijo Harry, luchando por permanecer con ellos al borde del acantilado del jardín.
—¡Pues entonces, vamos! –dijo Ron con urgencia—. ¡Harry, vamos y la cogeremos antes de que él lo haga!
—Es demasiado tarde para eso —dijo Harry. No podía controlarse, pero podía agarrarse la cabeza, intentado resistir—. Él sabe dónde está. Está allí ahora.
—¡Harry! –dijo Ron furiosamente—. ¿Hace cuánto que lo sabes… por qué hemos estado perdiendo el tiempo? ¿Por qué hablaste con Griphook primero? Podíamos habernos ido… podríamos irnos todavía…
—No —dijo Harry, hincándose de rodillas en la hierba—. Hermione está en lo cierto. Dumbledore no quería que la tuviera. No quería que la tomara. Quería que consiguiera los Horrocruxes.
—¡La varita invencible, Harry! –gimió Ron.
—No, se supone que yo... se supone que debo destruir los Horrocruxes...
Y ahora todo era frío y oscuro. El sol era apenas visible sobre el horizonte mientras planeaba sobre Snape, sobrevolando los jardines hacia el lago.
—Me reuniré en el castillo contigo en breve —dijo en voz alta y fría—. Déjame ahora.
Snape se inclinó respetuosamente y rehizo el camino de regreso, la capa negra ondulaba tras él.
Harry caminaba lentamente, esperando a que la figura de Snape desapareciera. No quería que Snape, ni ningún otro, viera adónde iba. Pero no había luces en las ventanas del castillo, y podía ocultarse… y en un segundo había lanzado sobre sí mismo un Encantamiento Desilusionador que le ocultaba incluso a sus propios ojos.
Y siguió andando, alrededor de la orilla del lago, asimilando los contornos del amado castillo, su primer reino, su legado…
Y aquí estaba, junto al lago, reflejada en las oscuras aguas. La tumba de mármol blanco, una mancha innecesaria en el paisaje familiar. Le hizo sentir de nuevo esa corriente de euforia controlada, ese embriagador sentido de deliberada destrucción. Alzó la vieja varita de tejo: cómo encajaría que esta fuera su última gran acción.
La tumba se abrió de pies a cabeza. La figura envuelta era tan larga como delgada había sido en vida. Alzó la varita otra vez.
Los sudarios cayeron. La cara estaba traslúcida, pálida, hundida, todavía conservada casi perfectamente. Habían dejado las gafas en la nariz torcida. Se sintió ridículamente divertido. Las manos de Dumbledore estaban dobladas sobre el pecho, allí yacía, aferrada entre ellas, enterrada con él.
¿Se había imaginado ese viejo tonto que el mármol o la muerte protegerían la varita? ¿Había creído que al Señor Tenebroso le asustaría violar su tumba? La mano arácnida bajó en picado y sacó la varita de entre los dedos de Dumbledore, y cuando la tuvo, una lluvia de chispas voló de su punta, centelleando sobre el cadáver de su último dueño, preparada por fin para servir al nuevo amo.

No hay comentarios: