jueves, 30 de agosto de 2007

Capítulo 25

SHELL COTTAGE

La casa de campo de Bill y Fleur se asentaba solitaria en una roca de cara al mar, sus paredes estaban incrustadas con conchas y cal. Era un solitario y hermoso lugar. En cualquier sitio al que Harry fuera dentro de la pequeña casa o de su jardín, podía oír el constante ir y venir del mar, como la respiración de alguna gran criatura dormida. Pasó gran parte de los siguientes días buscando excusas para escapar de la concurrida casa, sintiendo un deseo incontrolable de disfrutar de la vista desde las rocas, del cielo abierto y ancho, del mar vacío, y la sensación del viento frío y salado en su rostro.
La enormidad de su decisión, no competir con Voldemort por la varita todavía asustaba a Harry. No podía recordar que nunca antes hubiera escogido no actuar. Estaba lleno de dudas, dudas con las que Ron no ayudaba diciendo, dondequiera que fuesen juntos:
—¿Y si Dumbledore quería que averiguáramos lo del símbolo a tiempo de conseguir la varita? ¿Y si averiguar lo que el símbolo significaba te hacía merecedor de conseguir las reliquias? Harry, si esa es realmente la Varita de Saúco, ¿Cómo demonios se supone que vamos a terminar con Quien—tú—ya—sabes?
Harry no tenía respuestas. Hubo momentos en los que se preguntó si había sido una completa locura no tratar de impedir que Voldemort abriera la tumba. No podía siquiera explicar satisfactoriamente por qué había decidido no hacerlo. Cada vez que intentaba reconstruir los argumentos internos que le habían llevado a esa decisión, estos le sonaban más débiles.
Lo extraño es que el apoyo de Hermione le hacía sentirse tan confundido como las dudas de Ron. Ahora forzada a aceptar que la Varita de Saúco era real, sostenía que era un objeto diabólico, y que la forma en que Voldemort había tomado posesión de ella era repelente, imposible de considerar.
—Tú nunca podrías haber hecho eso, Harry –decía una y otra vez. —No podrías haber ultrajado la tumba de Dumbledore.
Pero la idea del cuerpo de Dumbledore asustaba a Harry mucho menos que la posibilidad de que pudiera haber malinterpretado las intenciones de Dumbledore mientras este vivía. Sentía que todavía andaba a tientas en la oscuridad. Había escogido su camino, pero seguía mirando hacia atrás, preguntándose si había leído mal las señales, si no debería haber tomado otro rumbo.
De cuando en cuando, la cólera contra Dumbledore se desataba otra vez en su interior, poderosa como las olas que golpeaban contra la roca bajo la casita de campo, furia por que Dumbledore no le hubiera explicado todo antes de morirse.
—Pero, ¿está muerto? —dijo Ron, tres días después de que hubieran llegado a la casa de campo.
Harry había estado mirando fijamente por encima de la pared que separaba el jardín de la casa de campo de la roca, cuando Ron y Hermione le encontraron. Lamentaba que lo hubiesen hecho, no tenía ningún deseo de participar en su discusión.
—Sí, lo está. ¡Ron, por favor, no empieces otra vez!
—Examina los hechos, Hermione —dijo Ron, hablando hacia Harry, que continuaba mirando fijamente al horizonte—. La cierva plateada. La espada. El ojo que Harry vio en el espejo...
—¡Harry admite que podría haber imaginado el ojo! ¿No, Harry?
—Podría haberlo hecho —dijo Harry sin mirarla.
—Pero no crees que lo hayas hecho, ¿verdad? —preguntó Ron.
—No, no lo creo —dijo Harry.
—Ahí lo tienes —dijo Ron rápidamente, antes de que Hermione pudiera terminar—. Si no fue Dumbledore, explica cómo sabía Dobby que estábamos en el sótano, Hermione.
—No puedo... pero ¿puedes explicar tú cómo nos lo pudo enviar Dumbledore si está metido en una tumba en Hogwarts?
—¡No sé, podría haber sido su fantasma!
—Dumbledore no volvería como un fantasma —dijo Harry. Había pocas cosas de las que estuviera seguro ahora sobre Dumbledore, pero de eso si lo estaba—. Él habría continuado.
—¿A qué te refieres con 'continuado'? —preguntó Ron, pero antes de que Harry pudiese decir más, una voz tras él dijo, “¿Aggy?”
Fleur había salido de la casa de campo, su largo cabello plateado volaba con la brisa.
—Aggy, a Griphook le gustagía hablag contigo. Está en la habitación más pequeña, dijo que no quegía ser escuchado a escondidas.
Su disgusto porque el duende la enviara a entregar mensajes era claro; se la notaba irritada mientras caminaba de vuelta a la casa.
Griphook les estaba esperando, como Fleur había dicho, en el más pequeño de los tres dormitorios de la casa, en el que Hermione y Luna dormían por la noche.
Había echado las cortinas rojas de algodón contra el luminoso y nublado cielo, lo que le daba al cuarto un resplandor ardiente que contrastaba con el resto de la aireada y luminosa casa.
—He tomado mi decisión, Harry Potter —dijo el duende, que estaba sentado con las piernas cruzadas en una silla baja, tamboriteando con sus largos y delgados dedos en los reposabrazos—. Aunque los duendes de Gringotts considerarán esto una traición, he decidido ayudarte...
—¡Eso es genial! —dijo Harry, una oleada de alivio le atravesó—. Griphook, gracias, le estamos realmente...
—...a cambio, —dijo el duende firmemente— de un precio.
Ligeramente desconcertado, Harry vaciló.
—¿Cuánto quieres? Tengo oro.
—Oro no —dijo Griphook. –Ya tengo oro.
Sus ojos negros resplandecieron; no tenía blanco en los ojos.
—Quiero la espada. La espada de Godric Gryffindor.
El ánimo de Harry se desplomó
—No puedes tenerla —dijo. —Lo siento.
—Entonces —dijo el duende suavemente— tenemos un problema.
—Podemos darte alguna otra cosa —dijo Ron con impaciencia— Apuesto a que los Lestrange tiene montones de cosas, puedes coger tu parte una vez estemos en la cámara.
Había dicho lo incorrecto. Griphook se sonrojó furioso.
—¡No soy un ladrón, niño! ¡No estoy tratando de conseguir tesoros a los que no tengo derecho!
—La espada es nuestra...
—No, no lo es —dijo el duende.
—Somos Gryffindor, y era de Godric Gryffindor...
—Y antes de que fuese de Gryffindor, ¿de quién era? —reclamó el duende, sentándose erguido.
—De nadie —dijo Ron—. Fue hecha para él, ¿no?
—¡No! —gritó el duende, erizándose de rabia mientras apuntaba un largo dedo hacia Ron—. ¡La arrogancia de los magos otra vez! ¡Esa espada fue primero de Ragnuk, al que se la robó Godric Gryffindor! ¡Es un tesoro perdido, una pieza maestra de artesanía duende! Pertenece a los duendes. ¡La espada es el precio a mis servicios, tómalo o déjalo! —Griphook les miraba fijamente.
Harry miró a los otros dos, y luego dijo:
—Tenemos que discutir esto, Griphook, si le parece bien. ¿Podría darnos unos minutos?
El duende asintió, con aspecto enfadado.
Abajo, en el vacío salón, Harry caminó hacia la chimenea con el ceño fruncido, intentando pensar qué hacer. Detrás de él, Ron dijo,
—Está bromeando. No podemos darle esa espada.
—¿Es cierto? –preguntó Harry a Hermione—. ¿ Gryffindor robó la espada?
—No lo sé —dijo ella desesperanzadamente—. La historia de los magos a menudo evita lo que estos han hecho a otras razas mágicas, pero no hay ningún informe que yo conozca que diga que Gryffindor robó la espada.
—Será una de esas historias de duendes —dijo Ron— sobre como los magos estamos siempre tratando de terminar sobre ellos. Supongo que deberíamos alegrarnos de que no nos haya pedido una de nuestras varitas.
—Los duendes tienen buenas razones para que no les gusten los magos, Ron.— dijo Hermione. — Han sido tratados brutalmente en el pasado.
—Los duendes no son conejillos mullidos y suaves, ¿no? — dijo Ron—. Han matado a muchos de los nuestros. Han peleado sucio también.
—Pero discutir con Griphook sobre qué raza es la más misteriosa y violenta no va a hacer que desee más de ayudarnos, ¿no?
Hubo una pausa mientras intentaban pensar en una solución al problema. Harry miró hacia la tumba de Dobby. Luna estaba colocando lavanda de mar en un tarro de mermelada junto a la piedra principal.
—Muy bien —dijo Ron, y Harry se volvió para mirarle.
—¿Qué?
—Le decimos a Griphook que necesitamos la espada hasta que estemos dentro de la cámara y que luego podrá tenerla. Hay una falsa dentro, ¿no? Las cambiamos, y le damos la falsa.
—¡Ron, notará la diferencia mejor que nosotros!— dijo Hermione. —¡Él fue el único que notó que se había producido un cambio!
—Si, pero podríamos escapar antes que se de cuenta...
Se acobardó ante la mirada que le lanzó Hermione.
—Eso —dijo ella silenciosamente—, es despreciable. ¿Pedir su ayuda, y luego traicionarle? ¿Y tú te preguntas por qué a los duendes no les gustan los magos, Ron?
Las orejas de Ron se pusieron rojas.
—¡Esta bien, esta bien! ¡Era lo único que se me ocurría! ¿Cuál es tu solución, entonces?
—Tenemos que ofrecerle algo más, algo igual de valioso.
—Genial, iré a traeré una de nuestras antiguas espadas fabricadas por duendes y tú puedes envolverla en papel de regalo.
El silencio se hizo entre ellos otra vez. Harry estaba seguro de que el duende no aceptaría nada más que la espada, aunque ellos tuvieran algo igual de valioso que ofrecerle. Pero la espada era su única, su arma indispensable contra los Horrocruxes.
Cerró los ojos durante un minuto o dos y escuchó la intensidad del mar. La idea de que Gryffindor hubiera robado la espada le resultaba desagradable: Siempre había estado orgulloso de ser un Gryffindor. Gryffindor había sido el campeón de los nacidos muggle, el mago que había chocado con el amante de la sangre pura, Slytherin...
—A lo mejor está mintiendo —dijo Harry, abriendo los ojos otra vez—. Griphook. Tal vez Gryffindor no robó la espada. ¿Como sabemos que su versión de la historia es la buena?
—¿Hay alguna diferencia? –preguntó Hermione.
—Cambia lo que siento al respecto —dijo Harry. Tomó una profunda inspiración—. Le diremos que le entregaremos la espada después de que nos ayude a entrar en la cámara... pero nos cuidaremos de decirle cuando exactamente podrá tenerla.
Una amplia sonrisa se extendió lentamente por la cara de Ron. Hermione, sin embargo, parecía alarmada.
—Harry, no podemos...
—Podrá tenerla –continuó Harry—, cuando la hallamos usado con todos los Horrocruxes. Me aseguraré de que la tenga entonces. Mantendré mi palabra.
—¡Pero eso podrían ser años!— dijo Hermione.
—Si, lo sé, pero él no la necesita. No estaré mintiendo... realmente.
Harry encontró su mirada con una mezcla de desafío y vergüenza. Recordó las palabras que habían sido grabadas sobre la entrada de Nurmengard: POR EL BIEN MAYOR. Apartó la idea. ¿Qué opción tenían?
—No me gusta —dijo Hermione.
—A mí tampoco mucho —admitió Harry.
—Bueno, pues yo creo que es genial —dijo Ron, poniéndose en pie otra vez. —Vamos a decírselo.
De vuelta en la pequeña habitación, Harry hizo la oferta, cuidándose de formularla sin dar una fecha definitiva para la entrega de la espada. Hermione miraba al suelo con el ceño fruncido mientras él hablaba. Se sintió irritado con ella, temiendo que pudiera estropearlo. Sin embargo, Griphook no tenía ojos para nadie excepto para Harry.
—¿Tengo tu palabra, Harry Potter, de que me darás la espada de Gryffindor si te ayudo?
—Si —dijo Harry.
—Entonces estrecha mi mano —dijo el duende, levantando su mano.
Harry la tomó y sacudió. Se preguntó si esos ojos negros veían algún recelo en los suyos. Luego Griphook lo soltó, unió rápidamente sus manos, y dijo,
—¡Entonces comencemos!
Fue como volver a planear entrar en el Ministerio. Acordaron trabajar en la habitación más pequeña, la cual se mantenía, de acuerdo a las preferencias de Griphook, en semioscuridad.
—He visitado la cámara de los Lestrange sólo una vez –les dijo Griphook—. La vez que me mandaron a dejar dentro la falsa espada. Es una de las cámaras más antiguas. Las familias de magos más antiguas guardan sus tesoros en el nivel más bajo, donde las cámaras son más grandes y están mejor protegidas...
Permanecían callados en la despensa convertida en habitación durante horas cada vez. Lentamente los días se convirtieron en semanas. Había un problema tras otro que resolver, y por si eso no fuera suficiente, su reserva de Poción Multijugos estaba considerablemente mermada.
—En realidad sólo hay suficiente para uno de nosotros —dijo Hermione, inclinando la poción espesa como fango contra la luz de la lámpara.
—Será suficiente —dijo Harry, que estaba examinando el mapa hecho a mano de Griphook de los más profundos caminos.
Los demás habitantes de la casa de campo no podían evitar notar que algo estaba pasando ahora que Harry, Ron y Hermione solo salían a las horas de las comidas. Nadie hacía preguntas, aunque Harry sentía constantemente en la mesa los ojos de Bill posados en los tres, pensativo, preocupado.
Cuanto más tiempo pasaban juntos, más se daba cuenta Harry de que no le gustaba mucho el duende. Griphook era inesperadamente sangriento, se reía de la idea de causar dolor a criaturas menores y parecía agradarle la posibilidad de que tuvieran que herir a otros magos para llegar a la cámara de los Lestrange. Harry podía asegurar que su aversión era compartida por los otros dos, pero no hablaron de ello. Necesitaban a Griphook.
El duende solo comía con los demás de mala gana. Incluso después de que sus piernas estuvieran recuperadas, continuó pidiendo bandejas de comida en su cuarto, como el todavía frágil Ollivander, hasta que Bill (tras un furioso arrebato de Fleur) subió a decirle que la situación no podía continuar. Después de eso Griphook se les unió en la atestada mesa, aunque rehusó comer la misma comida, insistiendo, en cambio, en pedir trozos de carne cruda, raíces, y varios tipos de hongos.
Harry se sentía responsable. Después de todo era él quien había insistido en que el duende debía permanecer en la casa para poder interrogarlo. Era culpa suya que toda la familia Weasley hubiese sido forzada a esconderse; que Bill, Fred, George, y el Señor Weasley ya no pudiesen ir a trabajar.
—Lo siento —le dijo a Fleur, una tempestuosa tarde de abril mientras la ayudaba a preparar la cena—. Nunca quise que tuvieras que lidiar con todo esto.
Ella acababa de poner algunos cuchillos a trabajar cortando en pedacitos filetes para Griphook y Bill, que prefería la carne sangrienta desde que había sido atacado por Greyback. Mientras los cuchillos cortaban tras ella, la expresión de su cara se suavizó.
—Aggy, tu salvaste la vida de mi hegmana, yo no olvido.
No era, estrictamente hablando, cierto, pero Harry decidió no recordarle que Gabrielle nunca había estado en auténtico peligro.
—De todas fogmas –continuó Fleur, señalando a un pote de salsa en el fuego, que comenzó a burbujear inmediatamente— El Señog. Ollivandeg se va a casa de Mugiel esta noche. Eso hagá las cosas más fáciles. El duende —frunció el ceño un poco al mencionarlo— puede trasladagse abajo, y tú, Ron, y Dean podéis usag esa habitación.
—No nos importa dormir en el salón —dijo Harry, que sabía lo que pensaría Griphook de tener que dormir en el sofá. Mantener a Griphook contento era esencial para sus planes—. No te preocupes por nosotros. —Y cuando ella intentó protestar se fue—. Pronto Ron, Hermione y yo dejaremos de ser tu problema. No necesitaremos quedarnos aquí mucho más.
—Pego, ¿a qué te gefieges? –dijo ella, frunciendo el ceño, su varita apuntaba al fondo de la cacerola ahora suspendida en el aire.— Clago que no debes igte, ¡estas a salvo aquí! —Se pareció más que nunca a la Señora Weasley al decirlo, y Harry agradeció que la puerta trasera se abriese en ese momento. Luna y Dean entraron, con el cabello húmedo por la lluvia de afuera y los brazos llenos de madera que llegaba flotaban con el mar.
—... y orejas pequeñas –estaba diciendo Luna—, un poco como los hippos, decía papá, pero morado y peludo. Y si quieres llamarlos, tienes que tararear; prefieren un vals, nada muy rápido...
Sintiéndose incómodo, Dean encogió los hombros cuando pasó frente a Harry, siguiendo a Luna a la sala que servía de comedor y sala de estar donde Ron y Hermione ponían la mesa.
Aprovechando la oportunidad de escapar a las preguntas de Fleur, Harry cogió dos jarras de jugo de calabaza y les siguió.
—...y si alguna vez vienes a nuestra casa podré mostrarte el cuerno, papá me escribió hablándome de él pero no lo he visto aún, porque los mortífagos me capturaron en el expreso de Hogwarts y no fui a casa en Navidad –estaba diciendo Luna, mientras ella y Dean avivaban el fuego.
—Luna, ya te lo dijimos –le dijo Hermione— Ese cuerno explotó. Era de un Humpert, no de un Snorkack de Cuerno Arrugado...
—No, era definitivamente un cuerno de Snorkack,— dijo Luna serenamente, —Papá me lo dijo. Probablemente ya esté arreglado, se curan a sí mismos, ¿sabes?
Hermione sacudió la cabeza y continuó colocando los tenedores mientras Bill aparecía, conduciendo al Señor Ollivander por las escaleras. El fabricante de varitas todavía parecía excepcionalmente débil, y se aferró al brazo de Bill mientras éste lo sostenía, cargando una gran maleta.
—Voy a echarle de menos, Señor Ollivander —dijo Luna, acercándose al viejo.
—Y yo a ti, querida —dijo Ollivander, dándole palmaditas en el hombro—. Fuiste un inexpresable alivio para mí en ese terrible lugar.
—Entonces, au revoir, Señog Ollivandeg —dijo Fleur, besándole en ambas mejillas— Y me pgegunto si podría hacegme el favog de entregag un paquete a Muriel la tía de Bill. No le he devuelto su tiaga.
—Será un honor —dijo Ollivander con una pequeña reverencia—. Es lo mínimo que puedo hacer en agradecimiento a su generosa hospitalidad.
Fleur sacó un gastado maletín de terciopelo, el cual abrió para mostrársele su contenido al fabricante de varitas. La tiara brillaba y centelleaba a la luz de la baja lámpara colgante.
—Piedras de luna y diamantes —dijo Griphook, que había entrado furtivamente en la habitación sin que Harry lo notara—. Fabricada por duendes, ¿verdad?
—Y pagada por magos —dijo Bill seriamente, y el duende le lanzó una mirada que era tanto furtiva como desafiante.
Un viento fuerte golpeó contra las ventanas de la casa mientras Bill y Ollivander se adentraban en la oscuridad. El resto de ellos se colocó con dificultad alrededor de la mesa. Codo con codo y con apenas suficiente espacio para moverse, comenzaron a comer. El fuego crujió y saltaba en el hogar a su lado. Harry notó que Fleur simplemente jugaba con su comida y echaba un vistazo por la ventana cada pocos minutos; sin embargo, Bill regresó antes de que hubiesen terminado el primer plato, con el largo cabello enredado por el viento.
—Todo va bien —le dijo a Fleur— Ollivander está instalado, Mamá y Papá mandan saludos. Ginny te envía todo su amor, Fred y George están sacando a Muriel de sus casillas, siguen con su negocio de pedidos por lechuza en el cuarto trasero. Creo que la animó recuperar su tiara. Dijo que ya creía que se la habíamos robado.
—Ah, es charmante (encantadora) tu tía —dijo Fleur irritada, agitando su varita y haciendo que los platos sucios se elevaran y formaran un montón en el aire. Los cogió y salió del cuarto.
—Mi padre me hizo una tiara —dijo Luna con voz aguda—. Bueno, mas bien una corona, en realidad.
Ron miró a Harry y sonrió. Harry sabía que se estaba acordando del absurdo tocado que habían visto durante su visita a Xenophilius.
—Sí, está tratando de recrear la diadema perdida de Ravenclaw. Cree que ya ha identificado la mayoría de los elementos fundamentales. Añadir las alas billywig realmente fue un avance...
Se oyó un golpe en la puerta principal. Todo el mundo se giró hacia allí. Fleur salió corriendo de la cocina con aspecto aterrado. Bill se levantó rápidamente, con su varita apuntando a la puerta. Harry, Ron, y Hermione hicieron lo mismo. Griphook se deslizó silenciosamente bajo de la mesa, fuera de la vista.
—¿Quién es?— dijo Bill.
—Soy yo, ¡Remus John Lupin! —dijo una voz sobre el aullante viento. Harry experimentó un estremecimiento de miedo. ¿Qué habría pasado?— Soy un hombre lobo, casado con Nymphadora Tonks, y tú, Guardián Secreto de Shell Cottage, me diste la dirección y me ordenaste venir en caso de emergencia.
—Lupin —susurró Bill, y corrió a abrir la puerta.
Lupin atravesó sobre el umbral. Estaba pálido, abrigado con una capa de viaje, su pelo grisáceo azotado por el viento. Se enderezó, miró alrededor, asegurándose de quien estaba allí, y luego gritó con fuerza,
—¡Es un niño! ¡Lo hemos llamado Ted, por el padre de Dora!
Hermione chilló.
—¿Qué..? ¿Tonks... Tonks ha tenido al bebé?
—Si, si, ¡ha tenido al bebé!— gritó Lupin.
Todos alrededor de la mesa gritaron de placer y soltaron suspiros de alivio. Hermione y Fleur chillaron, “¡Felicidades!” y Ron dijo, “¡Dios, un bebé!” como si nunca antes hubiese escuchado nada parecido.
—Si... si... un niño,— dijo Lupin otra vez, que parecía aturdido por su propia felicidad. Rodeó a zancadas la mesa y abrazó a Harry. La escena en el sótano en Grimmauld parecía no haber sucedido nunca.
—¿Serás su padrino?— dijo mientras miraba a Harry.
—¿Cómo...yo?— tartamudeó Harry.
—Tú, si, claro... Dora esta de acuerdo, quién mejor...
—Yo... si... Dios...
Harry se sentía abrumado, atónito, encantado. Bill se apuraba buscando el vino, y Fleur estaba intentando persuadir a Lupin para que se les uniera a tomar un trago.
—No puedo quedarme más, debo volver,— dijo Lupin, sonriendo radiante entre ellos. Parecía varios años más joven de lo que Harry le había visto nunca.
—Gracias, gracias, Bill
Pronto Bill había llenado todas sus copas, se pusieron en pie y las levantaron en alto en un brindis.
—Por Teddy Remus Lupin,— dijo Lupin, —¡un gran mago en ciernes!
—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Fleur.
—Yo creo que se parece a Dora, pero ella cree que se parece a mí. Poco pelo. Parecía negro cuando nació, pero juraría que cambió a turquesa una hora después. Probablemente rubio cuando vuelva. Andrómeda dijo que el cabello de Tonks había comenzado a cambiar el día en que nació.— Vació su copa. —Oh, venga entonces, solo una más, —añadió, sonriendo radiante, mientras Bill la llenaba la copa otra vez.
El viento azotaba continuamente la casita y el fuego saltaba y crujía, y Bill pronto estaba abriendo otra botella de vino. Las noticias de Lupin parecían haberlos hecho dejar de pensar en sí mismos, sacándolos durante un rato de su estado de sitio. La noticia del nacimiento de una nueva vida era estimulante. Sólo el duende parecía impasible en medio de la atmósfera repentinamente festiva, y tras un rato se escabulló de vuelta a la habitación que ahora ocupaba solo. Harry creyó haber sido el único que lo había notado, hasta que vio como los ojos de Bill seguían al duende escaleras arriba.
—No... no... De verdad que tengo que volver, —dijo Lupin al final, declinando otra copa de vino. Se levantó y se echó de nuevo la capa de viaje sobre los hombros— Adiós, adiós... intentaré de traer algunas fotos en unos días... todos se alegrarán mucho de saber que os he visto...
Se sujetó la capa y se despidió, abrazando a las mujeres y apretando las manos de los hombres, luego, todavía con una radiante sonrisa, regresó a la salvaje noche.
—¡Padrino, Harry! —dijo Bill mientras caminaban hasta la cocina juntos, ayudando a recoger la mesa. —¡Un verdadero honor! ¡Felicidades!
Mientras Harry dejaba las copas vacías que traía, Bill cerró la puerta tras él, acallando las voces aún audibles de los demás, que continuaban con la celebración incluso en la ausencia de Lupin.
—Quería tener una conversación privada contigo, Harry. No ha sido fácil buscar una oportunidad con la casa llena de gente. —dijo Bill indeciso— Harry, estas planeando algo con Griphook.
Era una declaración, no una pregunta, y Harry no se molestó en negarlo. Simplemente miró a Bill, esperando.
—Conozco a los duendes, —dijo Bill—. He trabajado para Gringotts desde que deje Hogwarts. Hasta el punto en que magos y duendes pueden ser amigos, tengo amigos duendes… o al menos, duendes a los que conozco bien y me gustan —dijo, otra vez indeciso—. ¿Harry, qué quieres de Griphook, y que has prometido en recompensa?
—No puedo decírtelo —dijo Harry— Lo siento, Bill.
La puerta de la cocina se abrió tras ellos; Fleur estaba intentando traer más copas vacías.
—Espera –le dijo Bill— Solo un momento.
Ella se dio la vuelta y cerró la puerta otra vez.
—Entonces tengo que decirte esto —continúo Bill— Si has cerrado cualquier clase de trato con Griphook, y particularmente si ese negocio se refiere a un tesoro, debes ser excepcionalmente cuidadoso. Las nociones de los duendes sobre propiedad, pagos, y reembolso no son las mismas que las humanas.
Harry sintió un ligero retortijón de incomodidad, como si una pequeña serpiente se hubiese agitado en su interior.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
—Estamos hablando de una manera diferente de ser —dijo Bill—. Los negocios entre magos y duendes han estado llenos de problemas durante siglos... pero ya sabrás todo eso por Historia de la Magia. Ha habido faltas por ambos lados, nunca alegaría que los magos han sido inocentes. Sin embargo, existe la creencia entre algunos duendes, y los de Gringotts son quizás son más propensos a ella, de que los magos no son de fiar en lo que concierne a oro y tesoros, que no sienten respeto por las posesiones de los duendes.
—Yo respeto... –comenzó Harry, pero Bill sacudió la cabeza.
—No lo entiendes, Harry, nadie puede entenderlo a menos que hayan vivido con duendes. Para un duende, el legítimo y verdadero dueño de cualquier objeto es el creador, no el comprador. Todos los objetos fabricados por duendes son, a sus ojos, legítimamente suyos.
—Pero si fue comprado...
—...entonces lo consideraran alquilado a cambio del pago. Tienen serias dificultades para aceptar la idea de objetos fabricados por duendes que se hereden de mago en mago. Ya viste la cara de Griphook cuando la tiara pasó ante sus ojos. Lo desaprueba. Creo que piensa, como los más violentos de su especie, que esas cosas deberían ser devueltas a los duendes a la muerte del comprador origina. Ellos consideran nuestro hábito de quedarnos con objetos fabricados por duendes, pasándolos en herencia de mago a mago sin un pago adicional, poco más que un robo.
Harry tuvo la sensación de que algo inoportuno acababa de pasar. Se preguntó si Bill adivinaba más de lo que estaba diciendo.
—Todo lo que te digo, —dijo Bill, poniendo su mano en la puerta que daba a la sala de estar— es que hay que ser muy cuidadoso con lo que le prometes a los duendes, Harry. Sería menos peligroso forzar la entrada en Gringotts que renegar de una promesa a un duende.
—Está bien —dijo Harry mientras Bill abría la puerta— Gracias. Lo tendré en cuenta.
Mientras él continuaba allí, Bill volvió con los demás. Un irónico pensamiento acudió a él, sin duda por el vino que había bebido. Parecía ya en proceso de convertirse en un padrino tan imprudente para Teddy Lupin como Sirius Black lo había sido para él.

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